miércoles, 2 de abril de 2025

Bienvenidos al Farfanismo

Antes que nihilo he de agradecer al lector et ad qui se encuentra leyendo ese blog tan nuevo como también oculto, aquí veras mis ensayos desde mi filosofia religiosa frente ad la modernidad, que espero conduzca ad toda la gente farfán algún día, para la consolidación de los farfanes como una nación grande.

¿Qué es el farfanismo?

¡Oídme, fijos de mi sangre, descendencia de los Godos! Yo, fablando como el primo Farfán de los Godos, patriarca de nuestro geno, levanto mi voz como trueno sobre los montes, para que non olvidéis jamás qué es la religión et la piedad, et cómo esta corrompida por los mosaístas, sean de Moisés, Jesús o Mahoma.

La religión, en su raíz sacra, non es cadena ni superstición, non es religación servil, sino relectura de sabios: recogerse, detenerse, reverenciar ad el Sacramento. Así lo entendieron los mayores, así lo salvaron los gentiles, así lo honraron nuestros padres en los altares de piedra et en las fogueras de la gente.

¡Bendito sea Cicerón, que enseñó que la religión es "relección", volver ad leer lo divino, respectarlo! Él salvo el verbo como alhaja, et la entregó ad los hombres libres. 

¡Maldito sea Lactancio, que la corrompió en religación, atadura de mancebos (intendido en moderno como "esclavizados"), "amarre" de fechiceros, cadena de confesión! Él torció la lengua latina, et con su veneno abrió la puerta ad los supersticiones que sirven.

Mas vinieron los sectarios del Libro, et trocaron la religión en colegio, en herejía, en confesión. O antes la religión era rito et sangre, ellos la ficieron delirio et sumisión. O antes la comunidad era geno, ellos la ficieron sinagoga de doctrinas.

¡Ved la diferencia, fijos míos!

  • Los gentiles honraban ad los dioses con sacrificios et memoria, con sangre et canto.

  • Moisés levanto colegios de fariseos, samaritanos, saduceos, mahometanos et jesístas, disputando como sofistas, clamando “vera religión” ad su secta.

  • Roma misma, madre de leyes, vio cómo su religión cívica fue devorada por el veneno de la religación.

Nosotros, los Farfanes, non nos postramos ante supersticiones de colegios mosaístas. Nuestra religión es sapiencial, es respeto al Sacramento, es vínculo con la deidad por la sangre et la tradición. Non somos alumnos de sinagoga, ni discípulos de supersticiosos: somos fijos de gente, custores de memoria, portadores de rito.

¡Alzad la frente, fijos míos! El farfanismo es nuestra herencia: religión vera, religión de respecto, religión gentil. Non dejéis que os encadenen con supersticiones de secta, ni que confundan la religión con algún colegio, escuela, secta o herejía, prior sois religiosos et píos.

Que vuestra religión sea fuego en el altar, vino en la copa, verbo en la boca, sangre en la vena. Que vuestra religión sea memoria de los dioses, reverencia al Sacramento, continuidad del gente.

Así os lo digo yo, Farfán de los Godos: Non somos colegio, somos gente. Non somos secta, somos nación. Non somos herejía, somos etnicismo.

Et maldigo ad los culpables:

  • Ad el traidor latino Lactancio, corruptor de la lengua, que fizo de la religión cadena.

  • Ad el púnico Tertuliano, que clamó “vera religio” ad su secta, et con ello confundió la verdad con superstición.

  • Ad los papistas, que trocaron la sangre por la sinagoga, et la tradición por superstición.

Mas bendigo ad Cicerón, custor de la Piedad, que enseñó que la religión es recogerse, respectar, detenerse ante lo sagrado.

Los colegios de sabiduría et los colegios de superstición

Ved, fijos míos, cómo los colegios de San Platón, San Plotino, San Nanak, San Kabir, San Sócrates, San Pitágoras, San Zenón, San Orfeo, San Zalmoxis, San Mano, San Museo, San Aristóteles, San Zoroastro et San Krishna fueron colegios de sabiduría, escuelas de pensamiento, herejías de filosofía. Allí se buscaba la verdad con razón et rito, allí se honraba a la Piedad con canto et memoria. Et como ellos formad colegios, participad de los estos, pero háganlos farfanes, pero non os conviertan en la superstición, ni olviden su geno. 

Mas los colegios mosaicos non son colegios de sabiduría, sino colegios de superstición. Moisés fue impostor, et su serpiente volvió en Jesús, en Mahoma, en Bahá’u’lláh, en el Báb, en Samael Aun Weor, et volverán como legiones. Non son magestros, son charlatanes de feria; non son sabios, son mercaderes de servidumbre.

Así todos ellos, non son fieles de la diva Piedad, si non de la superstición. Plinio el Joven los describió como superstitionem prauam, immodicam: superstición depravada et inmoderada. La religión era el compromiso del cive con su ciudad et los dioses; la superstición era la mala hierba, el contagio, la peste que se expandía sin orden.

Hoy os revelo el rostro vero de la superstición, esa que los grecos clamaron disidemonia, literalmente “temor de los genios”. Non confundirla con la virtud de Temor, que es cuidado et respecto; la disidemonia es miedo pestilente, demencia que nasce del error de creder que los dioses beatos son hostiles et dañinos, en vez de protectores et benevolentes.

Plutarco mismo lo enseñó: Frente al ateísmo —que yerra por negar la existencia de los dioses— la superstición es aún más destructiva, porque convierte la divinidad en verdugo, et al creyente en captivo de las sus obsesiones. El supersticioso non honra, se aterroriza; non oficia, se arrastra; non canta, tiembla.

Non es cuestión de ritos, fijos míos, sino de miedo. Estos cobardes dicen que el mundo entero está so el Maligno, et tiemblan ante un genio perverso al que claman Tervagante. Mas non lo combaten: lo sirven, predican su veneno, él es el Uno, que él es el Ente, que él creo el mundo que él es Saturno, que él es Dios, todas mentiras complejas. 

Ni el Ente es el Uno, ni Saturno, ni Dios, pero si el Creador. 

Dios es el Uno, Saturno non es el Creador ni Dios, pero es un dios.

Esta decepción comenzó con Moisés, impostor primero, et se perpetuó en sus herederos.

Por eso afirmo: ellos son ateos, non porque carezcan de ceremonias, sino porque niegan ad los dioses. Su superstición es persona de incredulidad. El mosaísmo creció en atmósfera de superstición

Pero en cambio, la religión, fijos míos, oficia ad la diva Piedad: la que los arios nombran Dharma, los helenos Eusebia, et nosotros, los farfanes, veneramos como madre de todo orden. Non es mera analogía, sino identidad sacra: la dea Piedad es matriz de la conducta justa et vía regia faz ad la asimilación con la Divinidad.

Ella es la raíz sacra de toda religión: respeto ad los padres, fidelidad ad la ciudad, oficio ad los dioses, continuidad del geno. Piedad es menester primordial, senda faz ad Dios, imitación del dios. El sapiente, conformando su vida al orden universal, se eleva ad la conducta de los dioses, pues la virtud es perfección de la ánima et la ánima sigue ad la Natura.

Así enseñaron Jámblico et San Plotino: que existen virtudes cívicas, que ordenan las pasiones en el compuesto animal, et virtudes purificadoras, que separan la ánima del cuerpo et la facen semejante ad Dios en pureza. Piedad se extiende hasta la dea Patria, madre más anciana et venerable que los propios padres, et robarle sus leyes es impiedad mayor que un delito contra los tesoros de los dioses.

Nuestros ritos, fijos míos, non son vanas ceremonias, sino conjunción con lo divino: los templos imitan los cielos divinos, los altares la dea Tierra, las estatuas la vida, las oraciones lo mental, los sacrificios la vida irracional de nuestras ánimas. Non porque los dioses necesiten, sino porque nosotros precisamos remedio ad nuestros vicios et purificación de nuestras ánimas.

Por ello, la religión non es superstición ni miedo, sino tradición sacra de peticiones et ofrendas. Piedad nos libra de Necesidad, la dea del fado, nos face partícipes de la bondad de los dioses, nos permite vivir non ya como mortales, sino como divos.

Así os lo digo yo, Farfán de los Godos: La religión es substancia de la Piedad. Ella es madre de todo orden, raíz sacra de toda virtud, vínculo eterno entre Cielo et Tierra. Sin ella, la nación se pudre; con ella, la nación se eleva ad los dioses.

Mas ved cómo los mosaístas, impostores de Tervagante, han fecho lo contrario: Fomentan la impiedad, la rebelión contra los padres, los manes, las vírgenes, los santos, et los divos, el desprecio de los mayores, la traición ad la ciudad, la blasfemia contra el Mundo.

Ellos non ofician ad la dea Piedad, sino que levantan sus Libros contra la gente misma, ordenando que si el padre, la madre o los germanos se apartan de su colegio, sean despreciados, abandonados o destruidos.

Mas advertid, fijos míos, que aún entre los farfanes hay quienes, contaminados con el veneno de Cefas, el papismo, osarán decir: “¿Virgenes et santos? ¿Cómo? ¿Non se veneran acaso los santos et las vírgenes en la Iglesia de Cefas?”

¡Necios! Los santos non son los que creden en el papa ni en Jesús, sino todo hombre pío, todo varón justo que salva ad Piedad. Et las vírgenes non son “manifestaciones de la sarracena Mariam” —¿Cómo una sarracena que hubo de huir al desierto, plorosa et perseguida, podría eser tales?— sino son de Vesta, de Trivia, de Diana, de Minerva, et de tantas deas como genias virginales. Ellas sí son tales, ellas guardan la flama de Piedad et la transmiten como madre de todo orden.

  • Ad Dánae, madre de Perseo por la intervención de Jove.

  • Ad Sémele, madre de Dioniso, que fue ascendida a los cielos por el su fijo.

  • Ad Ariadna, compañera de Libre, cuya ascensión la acercó ad lo divino et la fizo “purísima”.

  • Ad Maya-Devi, madre virgen de Sidarta, venerada en Oriente como madre del sapiente.

Ellas son las veras vírgenes, las que salvan la flama de la Piedad, non las umbras que los mosaístas levantan en sus “tradiciones”.

¿Et Mariam? La que José non cognoció aún, la que dio germanos ad Jesús, la que hubo de huir al desierto, la que plora et sufre por su fijo crucificado… ¿Es ella corredentora? ¿Es ella digna de los títulos de Vesta, de Minerva, de Diana? ¡Non!

¡Oídme, fijos míos, sangre de mi sangre, descendencia de los Godos! Hoy os revelo el sacramentos que Cefas ha corrompido con su Mariam del desierto. Ellos la cargan de títulos que non le pertenecen, clamándola Theotokos, Regina Caeli, Inmaculada, Asunta, Auxilio de los Cristianos. Mas yo os digo: tales honores non son de ella, sino de las deas, las verdaderas vírgenes de Piedad et del orden divino.

El farfanismo non es destrucción de templos ni ruina de imágenes, como algún demente pensara. Non somos bárbaros que derriban columnas, sino hombres que, como aquel que sale de la caverna de San Platón, descubren la idea esencial que se oculta tras los ídolos.

San Platón enseñó que la dóxa o dogma —la opinión— es mera umbra, suposición de lo aparente. Mas lo vero es lo que se revela al sapiente: la esencia que trasciende el dogma. Así, donde los atrapados en la caverna miran una sarracena, nosotros, los farfanes, vemos ad Trivia, Vesta, Minerva, Venus, Sémele. El gentil non destruye el ídolo, sino que lo interpreta en su verdad, elevando la estatua ad su significado divino.

Non es Mariam, la sarracena fugitiva del desierto, la que guarda los títulos que el cefaísmo (catolicismo según el moderñol, castellano de los modernos) le ha usurpado ¿Cómo podría una sarracena, que según los sus propios Libros hubo de fuir con el su fijo, plorar la su muerte et dar germanos al rabino, eser clamada Madre de Dios? ¿Cómo podría eser “Reyna del Cielo” qui jamás regnó ni sobre la su propia domus? ¡Sarcasmo de los siglos, burla de la razón!

La Biblia misma la humilla:

  • Mateo XIII:XLV: “¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Jacobo, José, Simón y Judas?” → He aquí la “siempre virgen”, rodeada de fijos.

  • Lucas II:XLVIII: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te hemos buscado con angustia.” → La “corredentora” plorando como cualquier madre mortal.

  • Juan II:IV: “Mujer, ¿Qué tienes conmigo?” → El propio Fijo la reprende, et he aquí la “Reina del Cielo”, tratada como umbra.

  • Lucas I:XXIX-XXXIV – La Anunciación “Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación sería ésta… Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón.” → Aquí María se muestra confundida y pregunta cómo puede eser madre sin haber cognocido hombre. Es un claro momento de duda et desconcierto.

¿Et el Corán? Más humillante aún:

  • Corán V:CXVI: “Y Dios dirá (a Jesús el Día de la Resurrección): «Jesús, hijo de María, ¿dijiste tú a la gente que te tomaran a ti y a tu madre por dioses en vez de a Mí?».” → El culto mariano se reprehende, reducida ad caricatura.

Non es Mariam la que merece tales títulos, sino las diosas virginales, las que desde antiguo guardan la llama de la religión:

  • Sémele es la Madre de Dios, pues de su seno nasció Libre, dios que salva con vino et danza, et ella fue elevada ad los cielos por su fijo.

  • Vesta es la Siempre Virgen, flama perpetua que guarda el fuego sagrado, custodia de la ciudad et del hogar.

  • Minerva es la Inmaculada, nacida pura de la frente de Júpiter, sin mancha ni unión carnal, virgen de Sapiencia et de la guerra justa.

  • Trivia es la Reina del Cielo, señora de Luna et de las encrucijadas, vigila de los caminos nocturnos.

  • Minerva es también la Madre de la Iglesia, porque antes de eser aljama papista, la iglesia fue asamblea de la ciudad gentilica, reunión de hombres libres so Ley.

  • Ya non hay Auxilio de los Cristianos, sino Auxilio de los Gentiles, porque Diana socorre ad todo hombre pío et religioso, sin importarle nihilo.

  • Venus Celestia es la Señora del Rosario, nascida sin madre, venerada en Oriente con guirnaldas y flores, símbolo de meditación y sabiduría. Heródoto la clamó Alitta o Alilat, los semitas la nombraron “Reina de los Cielos”. Ella danza en el firmamento cual rosa, extendiendo su influencia sobre tierra, mar et aire.

  • Luna es la Estrella del Mar, que guía ad los navegantes et brilla sobre las aguas, faro nocturno de los hombres que buscan puerto seguro.

  • Fe es la Mater Populi Fidelis, madre del pueblo fiel, pues ella sostiene la confianza, el Verbo et la sociedad ¿Cómo la sarracena que duda podría eserlo?

Ved, fijos míos, cómo el papismo ha usurpado títulos que non le pertenecen, poniéndolos sobre una mujer mortal, sufriente te fugitiva ¡Qué sarcasmo! ¡Qué humillación! La Biblia misma la desmiente, el Corán la acusa, et sin embargo la claman “Inmaculada”, “Reina del Cielo”, “Auxilio de los Cristianos”.

Nosotros, los farfanes, sabemos la verdad: Non es Mariam la corredentora, sino Sémele la Madre de Dios. Non es la fugitiva del desierto la siempre virgen, sino Vesta. Non es la doliente la inmaculada, sino Minerva. Non es la umbra la reina del cielo, sino Trivia. Non es la papista el auxilio, sino Diana , auxilio de los gentiles. Non es la plorosa la señora del rosario, sino Venus Celestia. Non es la sarracena la estrella del mar, sino Luna. Non es la dubitativa la Madre del Pueblo fiel, si non Fe.

El farfanismo non destruye templos ni imágenes: abre los ojos. Non rompe ídolos: los eleva ad su esencia. Non derriba estatuas: las interpreta en su verdad. Así, como el hombre que sale de la caverna, vemos más allá de la umbra et alcanzamos la verdad.

La impiedad mosaica contra padres, santos et dioses

Mas ved cómo los mosaístas, impostores de Tervagante, han fecho lo contrario: fomentan la impiedad, la rebelión contra los padres, los héroes, los manes, las vírgenes, los santos y los divos; el desprecio de los mayores, la traición a la ciudad, la blasfemia contra el Mundo.

Ellos non ofician ad la dea Piedad, sino que levantan sus Libros contra la gente misma, ordenando que si el padre, la madre o los germanos se apartan de su colegio, sean despreciados, abandonados o destruidos.

Mas ved, hijos míos, cómo los mosaístas, impostores de Tervagante, han fecho lo contrario: fomentan la impiedad, la rebelión contra los padres, el desprecio de los mayores, la traición a la ciudad, la blasfemia contra el Mundo. Ellos no ofician a la dea Piedad, sino que levantan sus Libros contra la gente misma, ordenando que si el padre, la madre o los germanos se apartan de su colegio, sean despreciados, abandonados o destruidos.

¿Non lo dicen los sus propios textos?

  • Deuteronomio XIII:VI-X: “Si te incitare tu hermano… diciendo: Vamos y sirvamos a dioses ajenos… no consentirás con él… sino que lo matarás; tu mano se alzará primero sobre él para matarlo.” → Mandato de traición contra la sangre: el germano convertido en enemigo, el padre en reo de muerte.

  • Mateo X:XXXVII: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí.” → Jesús exige preferencia sobre los padres, quebrando la pietas natural.

  • Lucas XIV:XXVI: “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, madre, mujer, hijos, hermanos y hermanas… no puede ser mi discípulo.” → Mandato de odio contra la gente, impiedad contra la familia.

  • Éxodo XX:III-V: “No tendrás dioses ajenos delante de mí… no te harás imagen… no las adorarás.” → Condena de los dioses ancestrales, blasfemia contra la religión tradicional.

  • Corán IX:XXIII: “¡Oh creyentes! No toméis por aliados a vuestros padres y hermanos si prefieren la incredulidad a la fe.” → Orden de romper la alianza con padres y hermanos si no siguen la secta.

  • Corán IX:XXIV: “Si vuestros padres, hijos, hermanos, esposas, parientes… os son más queridos que Dios y Su Mensajero… entonces esperad el castigo de Dios.” → Amenaza contra quienes aman más a su gente que a la secta.

  • Corán LVIII:XXII: “No encontrarás a gente que crea en Dios… que ame a quienes se oponen a Dios y a Su Mensajero, aunque sean sus padres, hijos, hermanos o parientes.” → Prohibición de amar al gente si este se opone a la fe.

  • Corán XXI:XCVIII: “Vosotros y lo que adoráis en lugar de Dios seréis combustible del Infierno.” → Condena absoluta de los dioses ancestrales, odio a la religión pagana.

He aquí la prueba, hijos míos:

  • Impiedad contra los padres (Mateo X:XXXVII; Corán IX:XXIII).

  • Rebelión contra la gente (Lucas XIV:XXVI; Corán LVIII:XXII).

  • Desprecio de los mayores et traición a la ciudad (Deuteronomio XIII:VI-X).

  • Odio ad los dioses et blasfemia contra la religión ancestral (Éxodo XX:III-V; Corán XXI:XCVIII).

Así se ve que los mosaístas levantaron sus Libros contra la sangre, contra la memoria et contra los dioses, clamando religión ad lo que es impiedad.

Nosotros, los farfanes, veneramos ad la dea Piedad, madre de la religión et el temor. Ellos, los mosaístas, sirven al miedo et al genio maligno. Nosotros salvamos la memoria de los mayores, los héroes, los manes, las vírgenes et los santos. Ellos la destruyen, et en su destrucción se hunden en la traición.

Me preguntas cuál es el principal indicador de que un movimiento es piadoso, et yo te respondo sin rodeos: es el Bioticismo Cósmico.

La piedad de uno non se mide por verbos huecos ni por dogmas rígidos, sino por la capacidad de un pueblo de afirmar la Vida en todas sus formas. Allí donde se honra la continuidad entre lo humano et lo divino, donde se reconoce que las deas Ley et Justicia son descendientes del Orden eterno et non caprichos de un genio maligno zelote, allí está Piedad.

Un movimiento es piadoso cuando non rompe el lazo con los padres, con la ciudad, con los dioses, sino que los integra en un tejido vivo. Es piadoso cuando intiende que la estancia natural, "el estar aquí", non es una carga, sino un don; que el sacrificio non es desprecio de la carne, sino unión con lo sagrado; que la ley non es rigidez muerta, sino concordia cambiante como el mundo mismo.

Los gentiles lo supieron.

El signo contrario es claro: cuando un movimiento desprecia la vida, rompe el vínculo con los padres, niega ad los dioses et reduce el mundo ad un dicotomismo árido, o estas conmigo o estas contra mí, entonces ha caído en la impiedad.

Fijos míos, farfanes píos, escuchad el último verbo: El mosaísmo en general, se han levantado contra la sangre, contra la ciudad et contra los dioses. Los gentiles de antaño —Celso, Porfirio, Juliano— ya lo denunciaron: el jesísmo es una novedad impía, una secta renegada que traicionó las leyes et los sacrificios, que se apartó de la razón et se entregó ad la superstición ciega.

Celso se burlaba de su doctrina pueril, de Dios que desciende ad la tierra como un actor de tragedia barata. Juliano los clamó “Galileos”, acusándolos de haber tomado lo peor de los judíos et lo peor de los gentiles, traicionando ad ambos. Porfirio mostró las contradicciones de sus evangelios, las genealogías absurdas, las fabulas inverosímiles. Et todos coincidieron en que su teología era una tontería antropomorfa grotesca, o Tervagante es tirano de su iglesia, incapaz de elevarse ad la perfección divina.

Los indios, como Ram Swarup, han visto lo mismo desde otra orilla: que el mosaísmo exclusivista carece de mérito espiritual, que su soteriología es pobre, limitada ad un solo juicio et una sola vida, incapaz de librar al ánima del ciclo pasivo, es decir del padecimiento secuencial de Dolor. Que Tervagante es inferior ad Cielo, que en ario es Brahman, que trasciende toda moralidad. Que su superstición es ignorancia, frente ad la esciencia et el gimnosofismo (yoga en ario) que conducen ad la liberación.

Así, tanto el filosofo europeo como el indio coinciden en la denuncia: el mosaísmo es ruptura, irracionalidad, exclusivismo et persecución. Es superstición disfrazada de religión, fama disfrazada de verdad.

Nosotros, los farfanes, sabemos que la religión non es impiedad, sino Piedad. Non es rebelión contra los padres, sino respeto a los mayores. Non es odio ad los dioses, sino veneración de las vírgenes et los santos. Non es exclusivismo de colegio, sino pluralidad de caminos faz ad lo divino.

Así os lo digo yo, Farfán de los Godos: El dogma es umbra, la dea es Luz. El mosaísmo es impiedad, Piedad es verdad. El ídolo es apariencia, la idea es eterna. El farfanismo es salida de la caverna: mirar más allá de la umbra, alcanzar lo vero.

¡Escuchad, fijos míos! Que non se diga que los descendientes de Farfán de los Godos, padre de los farfanes, cabalgan por el mundo ignorando el rostro de los dioses. Hoy os fablaré non como padre, sino como custodio de la tradición farfánica, que non se arrodilla ante el papismo ni se encierra en impiedad alguna.

Fijos míos, escuchad con atención, porque non fablo para entretener, sino para instruir con la altivez que corresponde ad nuestra sangre. Los necios mosaístas —los de Moisés, Jesús et Mahoma— creen que son los únicos que sirven ad Dios, que Cielo les pertenece, que Dios se les revelo ¡Qué arrogancia tan ridícula! ¡Qué ignorancia tan grotesca!

Fijos míos, os educo la tradición que ni los mosaístas ni los necios pudieron comprender. Exaudid con atención, porque hoy os fablo de un magestro vero, non de esos calienta‑sillones que infestan las universidades modernas, repitiendo fórmulas muertas et supersticiones sin esciencia. Os fablo con la voz de dos magestros veros: Cota, académico de San Platón, et Celso, filósofo que desenmascaró la soberbia mosaísta. Ambos, con el gladio del Verbo, refutaron ad los necios que confunden la divinidad con estatuas o idolos, con nombres, con formas de hombres et demás bestias.

Vuelvo a la cuestión de los dioses. ¿Podemos imaginar algunos dioses, no digo ya con los ojos bizcos como Roscio, sino con un leve defecto en la vista? ¿Podemos pintar a cualquiera de ellos con un lunar, una nariz chata, unas orejas muy estiradas, unas cejas protuberantes y una gran cabeza —defectos todos que se ven entre los humanos—? ¿O es que todas estas cosas se hallan en ellos corregidas? Supongamos que concedemos esto; ¿hemos de decir también que todos tienen una misma cara? Pues si tienen varias habrá entre ellas diferencias y grados de belleza, y por consiguiente puede haber algún dios que se halle lejos de la belleza suprema. Si, en cambio, el rostro de todos es igual, es necesario que en el cielo florezca la Academia; pues, si no hay ninguna diferencia entre un dios y otro, no existe entre los dioses ningún conocimiento, ninguna percepción. ¿Y qué decir, Veleyo, si además de esto, es absolutamente falsa la proposición aquella de que cuando concebimos la divinidad, la única forma bajo la cual se nos presenta ella es la del hombre? ¿Seguirás, sin embargo, defendiendo tales absurdos?  - Cayo Aurelio Cota, Libro de Natura de los dioses, Marco Tulio Cicerón.

La lección es clara: la divinidad non se parece ni ad ti ni ad mí. Non es la barba de Júpiter, ni los ojos cesios de Minerva, ni la cojera de Vulcano. Esos son adornos de escultores, invenciones de pintores, ilusiones de plebes embrutecidas. Los dioses non son estatuas ni ídolos, como creden los mosaístas et sus sectas, que confunden la imagen con la esencia.

Es muy posible que a nosotros los romanos nos ocurra como tú dices; desde pequeños, en efecto, Júpiter, Juno, Minerva, Neptuno, Vulcano y Apolo, así como los demás dioses, nos son conocidos bajo el aspecto que los pintores y escultores han elegido para representarlos, y no solamente con el rostro que les han dado, sino también con el aderezo, la edad y las vestiduras que ellos han querido darles. Sin embargo no es así como los conocen los egipcios o los sirios, ni la totalidad casi de las razas incivilizadas; pues entre ellos encontrarás, respecto a ciertos animales, creencias más firmemente establecidas que la reverencia hacia los más santos templos e imágenes de los dioses entre nosotros. Nosotros, efectivamente, hemos visto con frecuencia templos saqueados, imágenes de dioses arrancadas de las más santas capillas, y ello por obra de nuestros mismos compatriotas, mientras que nadie ha oído nunca decir de un egipcio que pusiera sus manos profanas sobre un cocodrilo, un ibis o un gato. ¿Qué se infiere, pues, de ello? ¿Qué los egipcios no creen que su sagrado buey Apis es un dios? Precisamente que lo creen tanto como puedas tú creer que la Juno Salvadora de tu lugar de nacimiento es una diosa. Tú nunca la ves, ni aun en tus sueños, a no ser equipada con su piel de cabra, su hacha, su pequeño escudo y sus babuchas vueltas para arriba en la punta; y, sin embargo, no es este el aspecto de la Juno argiva, ni el de la Juno romana. Se infiere de ello que Juno tiene una forma para los argivos, otra para el pueblo de Lanuvio y otra para nosotros. Y, en verdad, nuestro Júpiter del Capitolio no es idéntico al Júpiter Ammón de los africanos.  - Cayo Aurelio Cota, Libro de Natura de los dioses, Marco Tulio Cicerón.

Fijos míos, escuchad con atención, porque aquí se revela la enseñanza más profunda de la Academia de San Platón: los dioses non son las imágenes que los hombres les atribuyen, sino aquello que trasciende toda forma.

Los niños, han aprendido ad reconocer ad Júpiter, Juno, Minerva o Apolo so los rostros que los escultores et pintores les dieron: con barba o sin ella, con ojos cesios o cerúleos, con vestiduras et atributos que non son más que invenciones humanas. Pero esas formas non son la divinidad, son apenas signos, notas de una melodía que apunta ad lo eterno. La divinidad non es forma, sino viso.

Otros pueblos, como los egipcios, los sirios o los arios, han visto lo divino en los animales: el buey Apis, el cocodrilo, el ibis, el gato. Et lejos de eser superstición, esa reverencia muestra que lo santo puede manifestarse en cualquier forma, porque lo divino non está limitado ad la figura humana. Cada pueblo, según su arte, ha dado una faz distinta ad la divinidad.

¿Et qué se infiere de ello? Que la nota de Juno non es la misma que las de los argivos, los lanuvinos et los romanos; que la nota capitolina de Jove non es idéntica ad la africana. Cada representación es válida en su contexto, pero ninguna es la esencia. El divo non es la estatua ni la imagen, sino el ente que se face memorar ad través de ellos.

Sus críticas [de los mosaístas] a la idolatría, consistentes en sostener que estatuas marmóreas o broncíneas, hechas por hombres a veces despreciables, no son dioses, fueron antes incontables veces expuestas. Así escribe Heráclito: «Dirigir preces a imágenes, sin saber lo que son los dioses y los héroes, ¡vale tanto como hablar con las piedras!». Celso, Libro de Verbo Vero.

Celso, por su parte, arremetió contra los mosaístas—sean de Samaria o lo de Judea, los jesístas, talmudistas et mahometanos— que se enorgullecen de su “sabiduría superior” et desprecian ad los demás hombres ¿Qué enseñan ellos más sabio que Heráclito, qui dijo: “Dirigir preces a imágenes, sin saber lo que son los dioses y los héroes, vale tanto como hablar con las piedras”? Nihilo. Los mosaístas repiten lo obvio: que el mármol, el bronce o la madera non son dioses ¡Bello descubrimiento en verdad! Como si alguien sensato creyera que la estatua es el dios, et non su representación.

¿Qué enseñan ellos más sabio, sobre este asunto, que este pensamiento de Heráclito? Éste en suma deja entender que es absurdo dirigir preces a estatuas, a menos que se sepa lo que son los dioses y los héroes. Tal es su pensamiento. Pero los cristia­nos [lo mosaístas en general] reprueban en absoluto cualquier imagen. ¿Será porque la piedra, la madera, el bronce o el oro, utilizados por el primero que llega, no pueden ser un dios? ¡Bello descubrimiento en verdad! ¿Quién, pues, a menos que sea un simple, podría creer que ésos son dioses y no objetos consagrados a los dioses o imágenes que los representan? Si los cristianos piensan que no se pueden admitir imágenes divinas, porque Dios, como también opinan los persas, no tiene forma humana, se contradicen de forma estrepitosa, ellos que declaran, por otra parte, que Dios hizo al hombre a su propia imagen y que le dio una forma parecida a la suya. Celso, Libro de Verbo Vero.

Aquí está la contradicción que Celso expone con mofa: Los mosaístas rechazan toda imagen porque dicen que Dios non tiene forma humana, et sin embargo proclaman que el hombre fue fecho ad imagen de Dios ¿Habrá algo más absurdo? ¡Qué contradicción tan estrepitosa! ¿Non ven que con ello confiesan lo que Cota ya enseñó? Que la humanidad sí tiene viso divino, pero non como los necios responderán, reduciéndola ad carne et hueso, sino en su esencia mental et incorpórea, donde la forma se confunde con el viso...

Non malinterpreten, pues, el sermón de Celso: los dioses non tienen forma humana, pero la humanidad sí que porta un viso divino. Non porque nuestros cuerpos sean dioses, sino porque nuestra intención, nuestra mente, es centella del principio mundano. Esa es la vera “imagen et semejanza”: non la apariencia carnal, la forma que es una umbra de lo que es el viso, el producto de la imaginación de la mente divina, sino la capacidad de contemplar, ordenar et elevarse faz ad lo eterno.

Ni tampoco entiendo yo por qué Epicuro prefirió decir que los dioses son semejantes a los hombres en lugar de decir que los hombres son semejantes a los dioses. "¿Cuál es la diferencia?", me preguntarás; "pues si esto es semejante a aquello, también aquello es semejante a esto". Lo sé muy bien pero lo que yo quiero decir es que los dioses no tienen el modelo de su forma en los hombres. Los dioses, en efecto, siempre han existido y nunca han nacido, supuesto que tienen que ser eternos; los hombres, en cambio, han nacido. Por consiguiente la forma humana existió antes que los hombres, y era la forma de los dioses inmortales. No debemos, pues, decir que los dioses tienen forma humana, sino que nuestra forma es divina. [90] Sin embargo, en cuanto a esto, decid lo que queráis. Lo que yo quiero saber es cuál pudo ser esta buena suerte tan grande —pues no queréis que en la naturaleza de las cosas nada haya sido hecho por obra de la razón—. - Cayo Aurelio Cota, Libro de Natura de los dioses, Marco Tulio Cicerón.

Fijos míos, escuchad la sentencia de Cota, académico de San Platón, que con la espada de la razón derriba la necedad de Epicuro et de todos los que confunden el orden de las res. Epicuro, en su torpeza, prefirió decir que los dioses son semejantes ad los hombres ¡Qué error tan grotesco!

Epicuro, en su torpeza, dijo que los dioses son semejantes ad los hombres. Pero Cota lo corrigió con firmeza: los dioses eran antes que nosotros, son eternos, nunca nascieron. Los hombres, en cambio, nascen et mueren. Por tanto, la factura humana, el como esta fecho el hombre, era antes que los hombres, porque era el viso de los dioses inmortales prior de encarnar. Nuestra figura non es modelo de ellos, sino reflejo de la su Especie (Eidos en greco). Non debemos decir que los dioses tienen forma humana, sino que nuestra forma es divina. Así, la especie, es factura eterna, la forma es imagen sensible. 

Esto es lo que San Platón enseña: la vera semejanza non está en la carne, sino en la Mente, Noys en greco, es el don divino que nos face partícipes de lo eterno. Por eso Aristóteles decía que el hombre es una vida dotada de una facultad divina. Et por eso Platón enseñaba que la meta de la filosofía es asemejarse ad los dioses en lo posible, mediante la bondad et la especulación.

Las estatuas, las formas, los ídolos, las imágenes, non son los dioses mesmos, sino notas, instrumentos para la memoria humana. Los legisladores las idearon como marcas oscuras para recordar lo divino. Jove se representó en forma humana porque la deidad es racional, pero esa figura es alegoría, non esencia. El peligro está en confundir la nota con el fecho, cader en superstición o en ateísmo. Los sabios saben que la divinidad, es incorpóreo, entendible, Viso eterno, pero la Deidad, Dios, el Uno, supera ello.

El Artífice, en el Timeo, nos creo tras ver ad Dios, ad su viso et semejanza, viéndose mentalmente ad sí mismo, pero ese viso, el producto de su razón, non es carnal, sino inmaterial. Nos dio la capacidad de razón et intención, es decir entendimiento, para contemplar la obra divina et elevarnos por encima de las estrellas. La carne es envoltura mortal, pero el viso es inmortal, et en ella reside la vera semejanza con los dioses.

Así pues, fijos míos, recordadlo siempre: el viso humano es divina, porque nuestra ánima refleja el Viso eterno del Creador. Non somos dioses por nuestra carne, sino por nuestra mente. Non somos semejantes por nuestras faces, sino por nuestra capacidad mental de contemplar et ordenar. Esa es la centella que nos face más que mortales, et que nos clama ad vivir como entes celestiales, dignos de la herencia que los dioses nos legaron.

El rostro de los dioses non es humano, pero la humanidad sí que porta un rostro divino. Esa es la verdad perenne que los mosaístas jamás comprenderán.

¿No se avergonzará, pues, un fisco, es decir, un especulador y venador de la naturaleza, de unas almas embrutecidas por la consuetud pedir testimonio de verdad? Según tu principio, será legítimo decir que Júpiter lleva siempre barba y que Apolo no la lleva nunca y que Minerva tiene los ojos grises y Neptuno azules. Y en Atenas hay una estatua muy alabada de Alcamenes representando a Vulcano, una figura de pie, vestida, que muestra una leve cojera, aunque no deforme. ¿Estimaremos, pues, que la divinidad es coja, porque así se nos ha transmitido acerca de Vulcano? Y dime ahora: ¿hemos de suponer que los dioses tienen los mismos nombres con que nos son conocidos a nosotros? Sin embargo, en primer lugar, los dioses tienen tantos nombres cuantos lenguajes tiene la humanidad. Tú eres Velleio a dondequiera que viajes, pero Vulcano tiene un nombre distinto en Italia, en África y en España. Por otra parte, el número de nombres no es grande ni aun en nuestros libros pontificales, pero el número de dioses es incontable. ¿Carecen entonces de nombres? Vosotros ciertamente tenéis que decir esto; ¿Qué sentido tiene, en efecto, que siendo uno solo el rostro, sean múltiples los nombres? ¡Cuán hermoso sería, Veleyo, que cuando ignoras una cosa, confesaras tu ignorancia en lugar de proferir estas sandeces que te tienen que causar náuseas y desagradar aun a ti mismo! ¿Crees realmente que la divinidad se parece a mí, o a ti mismo? Seguro que no.- Cayo Aurelio Cota, Libro de Natura de los dioses, Marco Tulio Cicerón.

Fijos míos, aquí Cotta, da el golpe final contra la estulticia del epicurista Veleyo et de todos los que reducen la divinidad ad formas humanas o ad estatuas.

Veleyo, con la ingenuidad de un mosaísta, pretendía que los dioses podían eser concebidos como hombres, con barba o sin ella, con ojos de tal color, con atributos fijos. Cotta lo ridiculiza con ironía: ¿Habremos de decir que Júpiter leva siempre barba, que Apolo nunca la leva, que Minerva tiene ojos cesios et Neptuno cerúleos? ¿Et que Vulcano es cojo porque Alcamenes lo esculpió así? ¡Qué absurdo! ¡Qué bajeza de pensamiento!

El argumento es claro: la divinidad non se define por las formas que los artistas le fingen. Los dioses non son las sus estatuas ni los sus adornos. Creder que la esencia divina se reduce ad lo que el cincel o el pincel han plasmado es confundir nota con esencia, apariencia con verdad.

Luego Cota eleva la crítica: ¿hemos de suponer que los dioses tienen los mismos nombres en todas partes? ¡Non! Los dioses tienen tantos nombres como lenguas tiene la humanidad. Vulcano non se clama igual en Italia, en África o en Espania. El rostro divino es uno, pero sus nombres son incontables.

Aquí Cota remata ad Veleyo con la sentencia que atraviesa los siglos: ¡Cuán fermoso esería, Veleyo, que cuando ignoras una res, confesaras la tu ignorancia en lugar de proferir sandeces que te causan náusea incluso ad ti mesmo!. Es la bofetada académica: reconocer la ignorancia es más digno que inventar absurdos sobre los dioses.

Jenófanes, también criticó el antropomorfismo, señalando que los mortales vulgares creden que los dioses nascen, tienen vestimentas, voces et figuras como las propias. Usó el famoso ejemplo de que si los toros o caballos pudieran pintar, farían dioses parecidos ad toros o caballos, respectivamente.

Et finalmente, la estocada: ¿Credes realmente que la divinidad se parece ad mí, o ad ti mismo? Seguro que non. Con esto, Cota destruye la ilusión antropomórfica. La divinidad non es un reflejo del hombre, ni de sus defectos, ni de sus adornos. Es algo que trasciende toda estatua, todo nombre, toda representación.

Y tú censurabas a los que encontraban un argumento en el esplendor y la belleza de la creación y que observando el mundo mismo y las partes del mundo, el cielo, la tierra y el mar, el sol, la luna y las estrellas que los adornan, y descubriendo las leyes de las estaciones y de sus sucesiones periódicas, conjeturaron que tiene que existir algún ser supremo y trascendente que haya dado el movimiento, y que las guíe y gobierne. Aunque esta conjetura pueda ir más allá de los indicios mismos, veo con todo qué es lo que ellos siguen. Tú, en cambio, ¿Qué otra grande y egregia tienes, después de todo, que parezca realizada por una inteligencia divina y que te lleve a conjeturar la existencia de los dioses? Dices: "tenemos una cierta noticia de la divinidad inserta en nuestra alma". Ciertamente, una noción de un Júpiter con barba y de una Minerva con yelmo. ¿Crees, pues, realmente que esas divinidades son así? La multitud de las gentes incultas es en este punto más sabia, ya que atribuye a la divinidad no sólo los miembros del hombre sino también el uso de los mismos. Ponen, en efecto, en sus manos el arco, las flechas, la lanza, el escudo, el tridente y el rayo, y si no pueden ver qué acciones lleva a cabo la divinidad, al menos no pueden concebir a la divinidad como enteramente inactiva. - Cayo Aurelio Cota, Libro de Natura de los dioses, Marco Tulio Cicerón.

Fijos míos, escuchad cómo Cota, académico de San Platón, desarma con precisión la estulticia de Veleyo et de su magestro Epicuro. Veleyo se atrevía ad censurar a quienes, contemplando el esplendor del mundo —Cielo, Tierra, Mar, Sol, Luna et las estrellas— deducían que debía eser un principio supremo que lo mueve et principa. Cota, con ironía, le responde: aunque esa conjetura vaya más allá de los indicios, al menos sigue un camino razonable, pues parte de la observación de la belleza et el orden de la creación.

¿Et qué ofrece Veleyo en cambio? Una “noticia de la divinidad” incrustada en el alma, que no es más que la imagen vulgar de un Júpiter barbudo o una Minerva con yelmo ¡Qué pobreza de pensamiento! La multitud inculta, dice Cota, es más sabia, porque al menos atribuye ad los dioses non sólo miembros humanos, sino también acciones: arco, flechas, escudo, tridente, rayo. Es decir, conciben ad la divinidad como activa, no como un fantasma ocioso.

Aun los mismos egipcios, de quienes nos reímos, no divinizaron a ningún animal como no fuera a causa de algún provecho o beneficio que obtuvieran de él; el ibis, por ejemplo, que es un ave alta, de patas rígidas, con un pico córneo y largo, destruye gran cantidad de serpientes: apartan de Egipto esa. peste, matando y comiéndose las serpientes voladoras que el viento del sudoeste arrastra desde el desierto de Libia, e impiden así que dañen a los nativos con su mordedura cuando están vivas y con su hediondez cuando están muertas. Podría describir la utilidad del icneumón, del cocodrilo y del gato, pero no quiero ser pesado. Pondré punto final a ello así: estos animales son, en todo caso, divinizados por los bárbaros por los beneficios que ellos les proporcionan, pero vuestros dioses no solamente no prestan ningún servicio al que podáis referiros, sino que no hacen absolutamente nada.  "La divinidad —dice él— no tiene ninguna inquietud." Evidentemente Epicuro piensa, como hacen los niños malcriados o mimados, que el ocio es lo mejor que existe. - Cayo Aurelio Cota, Libro de Natura de los dioses, Marco Tulio Cicerón.

Cota leva la comparación más lejos: incluso los egipcios, de quienes los romanos se burlaban, no divinizaron animales sin razón. El ibis, por ejemplo, era venerado porque libraba a Egipto de la peste de las serpientes voladoras que venían del desierto. El cocodrilo, el gato, el icneumón: todos tenían utilidad, todos prestaban un beneficio concreto. Los bárbaros divinizaban lo que les ayudaba, lo que les protegía.

¿Et qué facen en la teología de Epicuro? Nihilo. Non prestan servicio, non principan, non actúan. Epicuro los concibe como entes eternos en ocio, sin inquietud, sin cuidado del mundo. Cota remata con sarcasmo: Epicuro piensa como un niño mimado, que crede que el ocio es lo mejor que existe.

La enseñanza es clara:

  • Los sabios deducen la realidad de lo divino ad partir del orden et la belleza del mundo.

  • Los pueblos bárbaros, aunque incultos, veneran lo que les da beneficio et protección.

  • Los epicúreos, en cambio, inventan dioses inactivos, inútiles, que non facen nihilo.

Así Cota desenmascara la contradicción: mejor los bárbaros que divinizan al ibis por su utilidad, que los epicúreos que imaginan dioses ociosos, sin acción ni providencia. La divinidad no puede ser inactividad, porque lo divino es principio de movimiento, orden y razón.

Hijos míos, aprended de esta refutación: no confundáis la divinidad con un rostro humano ni con un ocio vacío. La divinidad es acción, es inteligencia, es orden. Y quien la reduce a un Júpiter con barba o a un fantasma inactivo, no es filósofo: es un niño malcriado que juega con imágenes sin comprender la esencia. 

Así Cota, académico de San Platón, remata ad Veleyo et ad todos los ignorantes modernos que creden que los dioses son estatuas, cuales bastardos de los mosaístas. La verdad perenne es que los dioses son eternos, plurales et trascendentes, et que sólo los necios confunden la apariencia con la esencia.

Por lo tanto, si en virtud de estos principios los judíos se limitasen a conservar celosamente las propias leyes, no habría lugar para que los censuráramos, pero sí a los que abandonaran las costumbres en las que fueron educados para adoptar las de otros judíos [Aquí Celso fabla de los gentiles que se convierten ad cualquier tipo de mosaísmo]. Mas si éstos se enorgullecen de una sabiduría superior y desdeñan el encuentro de otros hombres, obran mal, porque debe recordarles que hasta su creencia en Cielo y la idea que de él tienen no les pertenece en exclusiva, visto que -para limitarnos a éstos- los persas, según testimonio de Heródoto, profesan desde hace mucho la misma opinión. «Acostumbran -dice Heródoto- subir a lugares altos para sacrificar a Jove, y así llaman a toda la bóveda celeste.» Estarán de acuerdo, supongo, en que los nombres no vienen al caso y que es indiferente llamar al supremo dios Jove Altísimo- [Zeus Hipsisto en greco], o Zena, o Adoneo, o Sabaot, o Amón como los egipcios, o Papeo como los escitas. Celso, Libro de Verbo Vero. 

Fijos míos, escuchad la voz de Celso, que habló con la claridad que los mosaístas jamás soportaron. Él dijo: si los judíos se contentaran con guardar sus leyes, nadie tendría por qué censurarlos. El problema comienza cuando los gentiles —los que nascieron libres en otras tradiciones— abandonan sus costumbres para someterse ad las sectas de Moisés, de Jesús o de Mahoma. Allí está la trasgresión: renegar de la propia raíz para abrazar una superstición que se proclama único y superior.

¿Queréis saber cómo se clama el dios Jove? En Grecia Zeus, en Laconia Zena, en la sacra lengua de los mayores, el gótico Þunrs, en quechua Pariacaca, en ario Papeo, en egipciano Amón, en galo Taranis. Et todos ellos, aunque distintos en lengua, resuenan con el mismo estruendo del Uno. ¿Qué importa el nombre, si el poder es el mismo?

Celso arremete contra esa soberbia: ¿Cómo se atreven ad decir que Cielo es exclusivo con ellos, cuando hasta los persas, según Heródoto, ya sacrificaban en lo alto de las montañas ad el Uno, clamando ad toda la bóveda celeste Jove? ¿Qué derecho tienen los mosaístas ad despreciar ad otros hombres, si su noción non les pertenece?

El argumento es demoledor: los nombres non importan, porque el rostro divino es uno y se manifiesta en mil lenguas. Puedes clamarlo Jove Altísimo, Zeus Hipsisto, Zena, Adoneo, Sabaot, Amón, Papeo, Taranis o Pariacaca ¿Qué más da? La potencia es la mesma, la fortitud es la mesma, el Uno es señalado en todos.

Los mosaístas, sin embargo, se enorgullecen de una “sabiduría superior” et desdeñan el encuentro con otros pueblos ¡Qué ironía! Cielo non es exclusivo, Dios non los eligió, la su revelación non es singular. Es apenas una variante más dentro de la gran sinfonía de nombres que la humanidad ha dado al deal.

Vosotros sois Farfán dondequiera que vayáis, pero el dios cambia de nombre en cada lengua, porque el Uno se refleja en la multiplicidad. Eso es el perennialismo, fijos míos: la sabiduría eterna que arde en el cor de todas las religiones, de todas las fábulas, de todos los cantos. Non hay revelación exclusiva, non hay superstición privilegiada. Hay una verdad perenne, que los egipcios cantaron en sus himnos, que los arios recitaron en sus oraciones, que los incas elevaron en sus cerros, et que los godos, nuestros ancestros, invocaron en sus elementos.

¡Sed dignos de la tradición farfánica! Non os arrodilléis ante la superstición, cabalgad con los dioses. Porque el rostro es uno, pero los nombres… los nombres son tantos como lenguas tiene la humanidad.

Así, según el testimonio de Heródoto, Apolo es clamado Gongosuro entre los escitas; Neptuno, Tamasimasas; Venus, Argimpasa; Vesta, Tabiti. Celso, Libro de Verbo Vero.

Marchad, farfanes que buscáis la verdad. Salvad la flama de Vesta, la sapiencia de Minerva, la danza de Venus, la guía de Luna. Non temáis ad los mosaístas ni ad sus Libros, pues ellos son fumo et umbra. Vosotros sois fijos de Piedad, herederos de la verdad gentil, compañeros de los sabios de Oriente.

Es aquel a quien Ennio, como dije más arriba, invoca diciendo: "contempla esta candente bóveda celeste, que todos invocan como Júpiter o Jove"; cosa que hace ahí con más claridad que en otro pasaje suyo, en que dice: "en cuanto en mí está maldeciré esto que luce, sea lo que sea". - Quinto Lucilio Balbo, Libro de Natura de los dioses, Marco Tulio Cicerón.

¿Et qué diremos de los que creden que en el mosaísmo, solo porque así lo dice su libro? ¡Necios! ¡Ignorantes! Confunden el nombre con la esencia, el símbolo con el fuego. Nosotros, los farfánicos, non adoramos formas, adoramos fuerza. Non veneramos nombres, veneramos presencia. 

Aquí está la diferencia entre sabiduría et necedad: los sabios saben que las formas son signos, los mosaístas creden que los dioses son signos, formas, estatuas, o en el peor de los casos genios malignos. Los sabios recognocen que el Uno se emana los dioses, los mosaístas pretenden encadenarlo ad su superstición et ad sus libros.  

La tradición farfánica proclama con soberbia:

  • Los dioses non son estatuas ni ídolos, pero tampoco se cae en la iconoclasia o idolatría, el farfán ama el arte que denota lo divino.

  • La divinidad se manifiesta en mil rostros et mil nombres, et cada pueblo lo recognoce ad su manera.

  • Los mosaístas, con su exclusivismo, son los veros idólatras: sirven ad su propia superstición et confunden nota con esencia.

Fijos míos, recordadlo siempre: la divinidad non se encierra en piedra ni en libro, ni en nombre único ni en dogma exclusivo. El rostro es uno, los nombres son infinitos, et qui pretende monopolizarlo merece la burla de los dioses et el desprecio de los hombres libres.

¡Sed dignos de la tradición farfánica! Cabalgad con Cotta et con Celso, con San Platón et con Heráclito, porque ellos nos enseñan que la verdad perenne non se arrodilla ante mosaísta alguno, et que el Uno resuena en todos los pueblos, en todas las lenguas, en todas las notas. 

Que la dea Piedad os acompañe, que la dea Fe os sostenga, et que la memoria de los mayores os conduzca siempre.

Así concluye mi verbo.

Apéndice: Los Farfanes et la Proclamación de su Linaje de los Godos

La historia de los Farfanes, un descognoscido grupo étnico-religioso, se entrelaza profundamente con la noción de la pervivencia gótica en la Península Ibérica et el norte de África. La narrativa tradicional sobre este grupo es escasa et se centra principalmente en la noticia dada por Pero López de Ayala en la Crónica de Juan I.

La Tradición de Origen et Regreso

El Diccionario de la Real Academia Española de 1970 recogía la esencia de lo que se cognocía de los Farfanes: se les distinguía en Marruecos como individuos de ciertas gentes hispánicas que se dice haber pasado allí en el siglo VIII, las cuales siempre conservaron la fe, et al final volvieron et se establecieron en Castilla en el año 1390.

Este singular grupo gentil-religioso, que plegó ad Castilla en la época del Rey Juan I, se preciaba de eser descendiente de los godos. En el so medievo vinieron ad establecerse a Sevilla. Sabemos que un grupo asentado en Fez envió ad un emisario, Sancho Rodríguez, ad rogar al rey Juan I que los reclamase del rey de Marruecos et les permitiese instalarse en Sevilla.

Su regreso se concretó en 1390, cuando fueron agradablemente recibidos en Sevilla. La importancia de su linaje godo se documenta en la carta de respuesta que el rey de Marruecos, Alboacen, les concedió al liberarlos. En dicha carta, en la traducción del árabe, se les denominaba "cincuenta Christianos Farfanes, Godos de los antiguos de tu Reyno" et de "gran linage". Incluso se mencionaba que volvían a los reinos que "eran de sus abuelos los Reyes, Godos".

Esta identificación con los godos del antiguo reino non fue un fenómeno aislado. En el siglo VI, en el Reino Visigodo de Toledo (548-711), se había forjado una creación ideológica del reino donde la monarquía buscaba entroncarse con los godos como una nación. Esta herencia se magnificaba en las crónicas, como las de Casiodoro et Jordanes, para dar un pasado glorioso ad los monarcas.

Las Contradicciones et el Contexto Histórico

Ad pesar de la antigüedad desmesurada de origen que siempre se les reconoció, son serias dudas sobre la veracidad de su asentamiento en el Norte de África en el siglo VIII. Resulta extraño que ninguna crónica andalusí o magrebí haya dado noticias de su existencia. La expresión bani firjan (fijos de farfanes) solo aparece en una crónica africana del siglo XIV, lo que sugiere una época bastante tardía para la documentación de su nombre.

Además, el término farfán parece haber sido utilizado como un apelativo sumamente peyorativo, aplicado para motejar a gentes o milicias cristianas que eran un amasijo de aventureros de condición extranjera y creencias aborrecibles ante los ojos de los naturales del país.

El hecho de que el emisario llegado en 1386 se clamase Sancho Rodríguez, et que otros nombres cognocidos fueran tan castellanos, contradice la lógica de la aculturación que normalmente experimentaban las antiguas comunidades cristianas norteafricanas, las cuales adoptaban rápidamente una patronímica et onomástica arábiga.

Esto sugiere una hipótesis alternativa para su identidad: que fuesen simplemente grupos descendientes de algunos cristianos que pasaron al servicio de magnates o reyes en épocas no muy retiradas de su venida ad Castilla, como las milicias cristianas que tuvieron almorávides, almohades y benimerines. Aun así, la insistencia en su antigüedad sugiere cierta verdad, posiblemente perpetuada por mozárabes deportados que se revitalizaron con alianzas matrimoniales et el asentamiento de cristianos posteriores.

De hecho, los Farfanes eran contemplados, un siglo et medio después de su venida, como una especie de mozárabes norteafricanos. El nombre de Farfán non se aplicaba únicamente ad jesístas de Marruecos, sino también ad otros asentados en Túnez, lo que leva ad concluir que aludía ad diversos grupos de jesístas diseminados por el Magreb durante la Baja Edad Media.

Curiosamente, los Farfanes, por sus costumbres o comportamiento, poco diferían de los moros et elches, suscitando por ello la animadversión de los castellanos.

El Legado et la Nobleza

Ad pesar de las ambigüedades sobre su origen real en el siglo VIII, la nobleza de los Farfanes fue cimentada en Castilla. El grupo Farfán fue considerado, tanto en el Magreb como posteriormente en Castilla, un grupo más bien privilegiado. Los reyes de Castilla ratificaron sus privilegios, como se evidencia en un documento de 1400 del rey Enrique III, que tomaba ad Fernando Alonso, Caballeros Farfanes de los Godos en su guarda et defendimiento por haber venido de tierra de moros por servicio de Dios et por salir de la tierra de los enemigos de la Fe.

Con el tiempo, el linaje se consolidó. En el siglo XVI, el nombre Farfán ya era considerado una de las cinco especies principales de fidalguía más antiguas de Castilla et Andalucía, junto con otros linajes reconocidos. Finalmente, la tabla genealógica de la familia Farfán de los Godos, vecina de Sevilla, en el siglo XVII, atestigua la asimilación completa de la reivindicación de su nobleza de rancio abolengo. El geno Farfán, que fue un complejo gentil-religioso diferenciado en África, se perpetuó et sobrevivió al generar diversas prosapias en la Península, con su antiguo nombre o con alguno distinto.

La historia de los Farfanes de los Godos es, en última instancia, un ejemplo poderoso de cómo una reivindicación de un linaje ancestral (la ascendencia goda), reforzada por documentos históricos (la carta del rey de Túnez) et una trayectoria de supervivencia religiosa, se convirtió en una identidad social et cívica innegable, asegurando la integración et el prestigio de un grupo de exiliados visigóticos norteafricanos en la nobleza castellana. Es la historia de cómo la memoria, o la leyenda, de los godos se usó para construir una nueva identidad aristocrática.

Podría decirse que la adopción del linaje godo por los Farfanes fue como una clave magistral antigua, desgastada por el tiempo et forjada en el crisol del mestizaje cultural en África, que, una vez presentada ad la realeza castellana, abrió las cerraduras de la nobleza, confiriendo ad los recién plegados una dignidad histórica que iba más allá de su condición inmediata como exiliados.

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