Prefacio
Advirtiendo que la entrada original de nuestro blog, titulada «Roma vs Judea: atrapando al criptoariosofo», ha devenido en un monumento escritural de vastas et densas proporciones, et constatando las flagrantes limitaciones de arte (técne) de la plataforma Blogspot —cuya infraestructura es ad todas luces incapaz de cargar tamaña extensión sin incurrir en colapsos de memoria, ralentizaciones et graves problemas de visualización—, nos hemos visto en la imperiosa necesidad de fracturar esta exhaustiva refutación. Lo que nasció como un único cuerpo apologético ha debido separarse, por pura probidad et logística digital, en dos volúmenes distintos, presuponiendo incluso la futura necesidad de un despliegue aún más extenso.
He aquí, por tanto, el segundo volumen de esta carga de caballería memorial. Que la diva Sapiencia rigurosa et la lucidez del Verbo venzan de una vez por todas ad la fe demencial, vindicando ad los nuestros mayores del milenario daño, la suplantación et la distorsión perpetrados por los mosaístas. Pues es el Verbo —la mención viva del Ente et la soberanía de la ascesis gentil— qui nos dará la victoria definitiva contra los nigromantes del muerto en la cruz. Que traiga, pues, el madero, non pora el fetiche morboso de los captivos, sino pora empalar otra vez con él ad la escurridiza serpiente de Judea, Jesús de Nazaret, de mor que Tifón, el monstro anticosmista, et el desierto, Tervagante que siembra la discordia et la confusión en las mentes como la demencia que non es más que el olvido et la negación de la Verdad, sea pisado et sepultado pora siempre so el peso de la Verdad inmutable.
Obviamente con ciertas revisiones... Ahora sí:
Roma contra Judea, atrapando al criptoariosofo… (III)
[Europa Ancestral:] Más adelante, el blogero ocultista Nordic, se dedica a alabar a varios reyes godos como Odoacro o Teodorico, como si fueran anticristianos, falseando la historia una vez más, cuando estos eran cristianos arrianos como hemos visto, y para colmo dice que las invasiones germánicas salvaron la cultura romana, siendo éstos los que saquearon Roma y destruyeron parcialmente el patrimonio romano, el cual fue precisamente conservado tanto por el Imperio Bizantino que fue una continuación sin pausa del Imperio Romano en Oriente (los propios bizantinos se hacían llamar romanos y se consideraban una vez caído el Imperio de Occidente, como los únicos y verdaderos herederos del Imperio Romano), como por los romanos de occidente que también eran cristianos (católicos) desde hacía más de un siglo y además fue gracias a éstos por los que el legado cultural y filosófico greco-romano se conservó y ha llegado a nuestros dias.
La hipocresía papista alcanza aquí niveles de comedia dignos de una sátira de Juvenal. Europa Ancestral, en la su cruzada por defender “el verdadero cristianismo”, primo nos dice que solo los católicos son los veros cristianos, que los neopaganos critican un “cristianismo fantasmal” que nunca existió, que Celso, Porfirio et Hierocles eran unos fanáticos que atacaban una caricatura doctrinal… pero luego, sin pestañear, nos dice que los arrianos eran cristianos ¿Cómo es eso? ¿Non que el vero cristianismo es el cefaísmo et después non hay más? ¿Ahora resulta que los “falsos cristianos” también son cristianos cuando conviene, así como los monopatristas, nombrados ad mesmos pretenciosamente "ortodoxos"?
Es el clásico juego de manos doctrinal, ahora los arrianos que saquean Roma, son "cristianos"; cuando antes decía que las críticas neopaganas ad las sectas jesísticas, están atacando una versión “falsa” del cristianismo et solo el cefaísmo es el vero cristianismo... Todo depende de si el resultado favorece la narrativa. Arrio se vuelven canon... cuando hay que contradecir por contradecir.
En 493, Teodorico el Grande, un rey germano, asume el control de Italia. Admirador de la Roma clásica que él nunca conoció, intenta preservar lo que queda de la arquitectura, de la escultura y del aparato estatal, poniendo fin a las destrucciones cristianas. Europa Soberana: Roma contra Judea, Judea contra Roma (III) —el cristianismo y la caída del Imperio.
En 476, Odoacro, caudillo visigodo de una unión de tribus germanas, es proclamado rey de Roma, ya bajo un sistema pseudo-feudal que reemplaza los decadentes restos de una Roma destrozada desde dentro. Europa Soberana: Roma contra Judea, Judea contra Roma (III) —el cristianismo y la caída del Imperio.
He enumerado hechos que señalaron el fin de la antigüedad clásica con toda su sabiduría, y el principio de una edad oscura. Esta edad oscura, que utilizó como herramienta a los germanos, y de la cual los germanos no fueron culpables (sólo dieron el toque de gracia a un monstruo decadente, y precisamente fueron ellos los que preservaron obras de arte romanas de la destrucción cristiana cuando tomaron el poder —ver el caso del rey Teodorico), duraría en Europa hasta la época del catarismo, de los vikingos y de las cruzadas en el Siglo XI, cuando los caballeros europeos descubrieron la tradición que Oriente había guardado y algunos frailes se dedicaron a recopilar conocimientos naturales como la medicina o la botánica. El legado mesopotámico, egipcio, persa y hasta cierto punto el griego y el hindú, fue conservado por la civilización islámica que, a diferencia del cristianismo, no sólo no destruyó el legado pagano, sino que lo conservó. Europa Soberana: Roma contra Judea, Judea contra Roma (III) —el cristianismo y la caída del Imperio.
Aceptemos el punto con claridad: sí, los suevos, escitas, alanos, sármatas, godos —visigodos et ostrogodos—, francos et demás pueblos bárbaros saquearon la Romania. Nihilo lo niega. Pero reducirlos ad simples destructores es una caricatura papista. En realidad, fueron la fuerza viril et virtuosa que, con sus valores caballerescos pre‑cefeos, dieron origen ad una nueva prosapia de nobles et reyes que lucharon por la romanidad posterior. El saqueo, lejos de eser un fin en sí mesmo, sirvió como base financiera para sostener ese geno pujante que heredó et transformó el legado romano.
¡Más qué gracia causa veer ad los modernos captivos de Cefas, esos loros que claman a gritos que su Biblia es «palabra de Dios» mientras son incapaces de leer una sola de sus líneas, balbucir sobre una supuesta «Luz Medieval»! Es menester antes explicar este suceso con esta analogía con el pasaje joánico, ad esos que pretenden eser teólogos, empero son ignorantes que atribuyen como “milagros” de la fe lo que non fue sino el captiverio forzado de la razón gentil so la asfixia de jeques.
«A principios del siglo XVIII, Montesquieu lo expresó de manera célebre en sus Consideraciones sobre las causas de la grandeza de los romanos y su decadencia. Montesquieu emula al historiador romano Salustio al enfatizar la «corrupción» (aunque analizó factores económicos al reflejarla en la decadencia de España en el siglo XVII). Gibbon conocía bien su obra y su influencia en él está bien documentada. 44
Es importante señalar en este contexto la periodización histórica de la «Edad Oscura», que enfatiza el deterioro cultural y económico en Europa tras la supuesta decadencia y caída del Imperio Romano. La denominación emplea la imaginería maniquea de luz contra oscuridad para contrastar la oscuridad de ese período con épocas anteriores y posteriores de luz, en lo que respecta a su cultura y valores civilizados. 45 El término en sí deriva principalmente del latín saeculum obscurum, aplicado por César Baronio en 1602 a un período tumultuoso entre los siglos IX y XI tras la caída del Imperio Carolingio. 46 Hoy en día, los historiadores rara vez lo utilizan debido al juicio de valor que implica; si bien a veces se usa para sugerir que se sabía poco del período, lo que lo hacía «oscuro» y oculto para los historiadores, su uso más común y peyorativo es para denotar un período de oscuridad intelectual y barbarie. 47 También refleja un desdén por el mundo medieval y —como es especialmente importante señalar— la necesidad de enfatizar y explicar la decadencia romana que lo precedió y lo posibilitó. Robert Bartlett describe cómo «el desdén por el pasado medieval era especialmente franco entre los pensadores críticos y racionalistas de la Ilustración. Para ellos, la Edad Media personificaba el mundo bárbaro y dominado por sacerdotes que intentaban transformar». 48 Gibbon expresó desprecio por la «basura de la Edad Media». 49 Por el contrario, desde finales del siglo XVII en adelante, las ideas de la Ilustración consolidaron la creencia de que la civilización finalmente progresaba más allá de los logros del mundo clásico. 50 Esto permitió concebir la historia como un proceso teleológico de progreso que comenzó tras el colapso de la Antigüedad, continuó durante la Edad Media, cobró impulso en el Renacimiento y alcanzó su apogeo en la Ilustración y la Era de la Razón. Por lo tanto, el problema de qué llevó al mundo antiguo a la ruina atormentó a muchos filósofos e historiadores de la Ilustración. 51 Las naciones imperiales de los siglos XVIII y XIX en adelante se vieron impulsadas a un autoexamen social y cultural porque, a su juicio, parecía difícil culpar a alguien más que a los propios romanos del colapso de su gran imperio y civilización.». Theodore, J. (2016). The Modern Cultural Myth of the Decline and Fall of the Roman Empire.
Si se dice con propiedad que la Edad Media fue un «Siglo Obscuro» —et saeculum obscurum lo baptizó el su propio cardenal Caesar Baronius en 1602, espantado por la pestilencia de la su propia Sede (Theodore, 2016, p. 106)— non es porque haya faltado la arte de las ferramientas, ni los molinos, ni los astrolabios que con tanta ternura rescatan hoy los modernos divulgadores como Seb Falk (2020) o James Hannam (2009) en el Medioevo ¡Non! Había dianoia et praxis, por supuesto, mas esa luz verbal que brillaba en los talleres et claustros pertenecía al gentil, ad la pervivencia de la inteligencia humana que resistía pagana, oculta et baptizada ad la fuerza por la aljama pora non eser extinguida, sirviendo como ancila o fámula de la falsa teología por culpa de la mala consciencia que sostiene la mentira que refutamos otrora de que Platón es Moisés.
«Nunca existió un helenismo o cristianismo unificado [pora dolor de Europa Ancestral et cualquiera que alucina un cristianismo perfecto, verdadero, simple aut ortodoxo desde los suyos inicios], ni siquiera entre sus principales exponentes. Dentro del helenismo, por ejemplo, el legado de Platón siempre estuvo en conflicto con la tradición de la retórica antigua, mientras que, por otro lado, la mortificación corporal y el oscurantismo de los anacoretas del desierto eran admirados, pero no necesariamente imitados por los Padres de la Iglesia, más cultos y eruditos. En la Antigüedad tardía, a pesar de los diversos y fructíferos encuentros entre estas diferentes corrientes, movimientos e individuos, el conflicto generó confusión y tormento interior, lo que condujo, en Bizancio, a una profunda mala conciencia. Nadie cuya fe fuera verdaderamente ortodoxa compartía nuestra creencia de que fuera posible una simbiosis armoniosa entre las exigencias éticas del cristianismo y los encantos del legado griego. El helenismo [con ello la pedia, es decir la disciplina como la esciencia grecorromana] siempre fue un «ajeno» y su historia en Bizancio estuvo determinada por el grado en que los hombres de letras pudieron superar, ignorar o aceptar su alteridad.». Kaldellis, A. (2011). Hellenism in Byzantium: The Transformations of Greek Identity.
Aunque sin negar que Hannam peca al decir que es perfectamente aceptable, cuando claramente non tiene nada de perfecto decir “non tienen derecho ad ella” como el moro Agustín sostiene (pues delata que esta justificando un “robo” et insuinando que non es suyo tal cosa et non “hay problema”, et que non es “perfectamente” aceptable, delatando que el cristianismo non es original et non es superior ad los gentiles et depende de ellos, et que como él dijo posteriormente es “controvertido”, delatando que esa perfección de la su aceptabilidad es falaz), empero en fin, el tufo cefeo en él se nota, pues es “cefeo”.
«Para utilizar con éxito sus obras, los dominicos debían conocer a Aristóteles a la perfección, por lo que era necesario que sus obras siguieran siendo una parte fundamental del programa universitario. Pero, ¿qué hacer ante los evidentes peligros de sus opiniones heterodoxas? Por suerte, los cristianos contaban con siglos de experiencia en el trato con la filosofía pagana. En la iglesia primitiva se debatía si era lícito leer a Platón. Algunos extremistas abogaban por ignorar por completo la filosofía griega e insistían en que todo lo necesario se encontraba en la Biblia. San Agustín de Hipona no estaba de acuerdo [cual parasito que necesita la sangre de los otros]. Escribió: «Cualquier afirmación de quienes se hacen llamar filósofos, especialmente de los platónicos, que resulte ser verdadera y coherente con nuestra fe, no debería alarmarnos, sino que deberíamos apropiarnos de ella, por así decirlo, de quienes no tienen derecho a ella».30 En otras palabras, era perfectamente [como cual perversión] aceptable seleccionar los elementos más agradables del pensamiento pagano. Incluso si algunas partes de Aristóteles eran peligrosas, eso no justificaba abandonar sus obras por completo. Más bien, los cristianos debían apropiarse de las partes de su filosofía que pudieran servir al cristianismo. Todos coincidían en que la teología seguía siendo la rama más importante del conocimiento, pero la filosofía natural [memoremos que también se le clamaba la física] ahora desempeñaba un papel secundario, como servidora de la teología, o la «fámula», como se la denominaba en la Edad Media.<sup>31</sup> Ser fámula tenía algunas ventajas prácticas, especialmente al servir a la reina de las ciencias. Significaba que la filosofía natural gozaba de un estatus protegido en las universidades, ya que era un requisito previo para el estudio de la teología. En cualquier caso, esa era la teoría. Sin embargo, a pesar de que el Papa levantó la prohibición en 1231, la controversia sobre Aristóteles persistió durante todo el siglo XIII. Incluso con la analogía de la fámula, filósofos [físicos realmente] y teólogos seguían sin ponerse de acuerdo sobre dónde estaba la línea divisoria entre sus disciplinas, ni hasta qué punto la razón debía criticar o enmendar la doctrina sagrada. Lo que todos necesitaban ahora eran límites claros entre las disciplinas. Inevitablemente, sería difícil ponerse de acuerdo sobre dónde debían estar.». Hannam, J. (2009). God's Philosophers: How the Medieval World Laid the Foundations of Modern Science.
La tiniebla de la aljama de Cefas, ese semen maligno que crecía en la tierra, non trajo luz ninguna; lo que fizo fue censurar la vitalidad clásica, operando como un vampiro que chupaba la sangre de la cultura antigua pora alimentar la su demencia supersticiosa.
Pora que lo intienda el cefeo que repite pasajes que non “comprehende”, conviene facer cirugía ontológica con las escripturas que tanto “diviniza”, como un troglodita adorando una piedra con forma extraña, et desvelar el prólogo de Juan:
«Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.». Juan I:V. (Biblia de Navarra)
El texto original usa el término κατέλαβεν, del verbo καταλαμβάνω, que es mejor traducido como “deprehender”, et los muy necios creen que allí se intiende simplemente «recibieron» o que «hacia abajo tomó» ¡Qué agudeza la suya! Ignoran en la su amnesia que el vocablo greco abarca una panoplia de sentidos mucho más físicos et carcelarios: significa en primer lugar asir, agarrar, retener, así como atrapar, alcanzar, hallar, registrar, et incluso ocurrir, suceder, acaecer, empleado por lo común pora las magnas desgracias, la derrota o la mesma muerte. Como el que nos interesa "concebir con la mente: comprehender".
Así explicando ese versículo, continua nuestra analogía, la Tiniebla (Skotia) —que representa ad la aljama mosaica, la de Jesús como la del resto de Judea— intentó figurativamente "prender", esto es, deprehender, asaltar, facer prisionera la luz del Verbo (la Razón, que obviamente non es fe, ni aljama, ni biblia, ni Jesús, ni creencias pedorras) con la su mente morbosa et encerrar el Genio gentil en las mazmorras del dogma, lo que es del mundo sensible (cosmo esteto) que Platón advierte et que la Fe (pistis) es uno de los sus elementos de esas suposiciones (hipótesis) supersticiosas.
Si bien Nordic Thunder dijo «esta edad obscura», él matiza luego, pues nuestro hombre prudente sabe que la obscuridad nunca es absoluta et depende de la luz, como qui dice nosotros podemos vivir sin ellos, empero ellos non sin nosotros, res que olvida el cefeo Europa Ancestral, Nordic con razón, et fabla de un medioevo donde la luz todavía se divisaba, es menester sostener que lo face porque el morbo, Muerte (Tánato) que estos cefeos claman Diablo, todavía non maduraba por completo en un leño que diese el su fructo definitivo de disolución absoluta, que esería la reforma et contrareforma, Lutero fijo de Agustín el Moro fijo de Manes fijo de Saulo fijo de Cefas fijo de Jesús fijo de Fares fijo de Moisés, et esta claro que esta filiación, esta genealogía de la tradición de la insipiencia, busca explicar claramente la epístrofe, como si fuéramos el divo Proclo, el regreso ad la decepción de Moisés, todos las vías basadas en los escriptos mosaístas tarde o temprano regresan ad el impostor Moisés.
Hubo esciencia et resistencia porque la tiniebla fracasó en el su intento de asfixiar del todo el genio; la luz pervivió, la vida continuo, forzada ad nombrarse como cristiano (judío discípulo de Jesús) et ad sufrir el fraude demencial de las escrituras eclesiásticas, aguardando pacientemente en las umbras el momento de la su transvaloración definitiva et la caída del yugo de los jeques.
En realidad, fue la propia Roma la que concedió carta de naturaleza a unos godos que, a partir del foedus del 332, comenzarán a instituirse como intermediarios entre las distintas gentes, a uno y otro lado del limes, y Roma. Estas gentes formaban parte de una realidad étnica muy compleja que la actual historiografía –desdeñados ya los principios esencialistas que acompañaron la ciencia histórica en épocas pasadas– nos muestra cada vez con más claridad como híbrida, fruto de un intenso mestizaje tanto interno como externo, el cual facilitó sin duda el desarrollo de los mecanismos de integración necesarios para que el barbaricum, los bárbaros, acabaran convertidos en portadores de la romanidad más allá de la tan pregonada «caída» de Roma del año 476. Los visigodos. Hijos de un dios furioso, José Soto Chica.
El reino que Teodorico presidía seguía siendo un reino próspero.8 El excedente producido por la tierra se vertió en el tesoro de Rávena, suficiente para programas de construcción, además de asuntos más mundanos. En Verona, Teodorico reparó las defensas de la ciudad, el acueducto, los baños y un palacio. Pavía vio la construcción o restauración de un palacio, un anfiteatro, baños y defensas. La residencia real en Rávena se adornó con un nuevo palacio y espléndidas iglesias. Este era un entorno digno de un emperador, no simplemente de un rey bárbaro. El medallón de Senigallia podría mostrar a Teodorico con el bigote recortado y la mata de pelo del guerrero gótico, pero su sello es el de un emperador, con la mano izquierda sosteniendo el orbe coronado por Victoria y la derecha levantada como en adlocutio. Pero si Teodorico parecía un emperador, su posición constitucional se acercaba más a la de un rey germánico. Era rey del ejército godo en Italia, no rey de los godos. Había recibido la ciudadanía romana y el consulado del emperador y ostentaba el cargo de magister militum, el rango militar más alto. Por lo tanto, su reino seguía formando parte del Imperio romano, y Teodorico se preocupó de que Italia siguiera formando parte del estado romano, sin dejar lugar a dudas sobre el poder godo para determinar el curso de los acontecimientos en Occidente. Los romanos reconocieron la realidad de la situación y llamaron a Teodorico dominus o incluso Augusto, aparentemente sin esfuerzo. El Senado se celebraba con honores; había distribución de grano y juegos en el circo. Los nombramientos para los puestos importantes de la burocracia los hacía el rey, pero el poder del emperador para nombrar cónsules y senadores seguía siendo respetado. Los primeros germanos (Los pueblos de Europa), Malcolm Todd.
Europa Ancestral, gracias por el servicio público: has demostrado que eser papista es, ante todo, un compromiso férreo con la mala comprehensión lectora. Nordic Thunder nunca “alabó” ad Odoacro ni ad Teodorico como anticristianos; describió —con la paciencia que tú non tuviste— que Teodorico frenó destrucciones cristianas et preservó arquitectura, escultura et aparato estatal. ¿Oponerse ad destruir es “anticristiano”? Entonces admites que destruir es “cristiano”. Brillante lógica: más que teología, auto‑delación.
Europa Ancestral se luce con un clásico de manual: confundir la parte con el todo. Acusa que “las invasiones germánicas salvaron la cultura romana, siendo éstos los que saquearon Roma”, et le atribuye ello ad Nordic Thunder… que non la dice en ningún lado. Falacia de composición de primo de lógica: toma un rasgo de algunos germanos (saqueos) et lo proyecta ad todo el conjunto, luego adjudica esa conclusión ad un auctor que jamás la sostuvo. Brillante… si el objetivo era suspender lectura comprehensiva.
Qué dice Nordic Thunder: describe el caso específico de los ostrogodos de Teodorico, que preservaron arquitectura, escultura et aparato estatal, et frenaron destrucciones mosaístas. Caso particular, bien delimitado.
Qué inventa Europa Ancestral: “Nordic dice que las invasiones germánicas salvaron Roma.” Todo el conjunto, todas las tribus, todas las coyunturas… como si Teodorico fuera sinónimo de “todos los germanos” o que todos los germanos tomaron el poder, et como si describir preservación fuese lo mismo que “alabar anticristianos”.
Por qué es falacia de composición
Estructura del error: de “fueron ellos los que preservaron obras de arte romanas de la destrucción cristiana cuando tomaron el poder ” se salta ad “todos los germanos salvaron”, et de ahí ad “Nordic afirma que las "invasiones salvaron”. Conclusión global basada en un subconjunto, sin justificación.
Ignora la diferenciación histórica: ostrogodos con poder so Teodorico ≠ visigodos en otros contextos ≠ francos ≠ alanos… Etiquetar todo el conjunto por una parte es exactamente la falacia de composición.
Además, pone palabras en boca ajena: atribuye ad Nordic una tesis totalizante que non es en su texto. Eso non es crítica; es ventriloquia.
Confundir el caso ostrogodo con “todos los germanos” es como ver ad un caballero conservar bibliotecas et concluir que “todos los ejércitos son archiveros”. Manual papista de mala lectura: primo exagero, luego acuso, et por último cito… lo que jamás se dijo. Si oponerse ad la destrucción es “anticristiano”, entonces gracias por la admisión implícita: destruir esería “cristiano”. Teología por auto‑delación; historia por composición chapucera.
Veredicto: Nordic non confunde la parte con el todo; Europa Ancestral sí. Cuando el argumento necesita estirar una anécdota hasta convertirla en verdad, non estamos ante historia, sino ante homilía con errores lógicos en procesión. Menos incienso, más lógica.
Nordic nunca dijo que los germanos salvaran Roma invadiendo , como si los golpes de hacha fueran actos de conservación. Lo que señaló —et con ejemplos concretos— es que cuando ya habían tomado el poder, algunos reyes como Teodorico intentaron preservar lo que quedaba de la Roma clásica. Europa Ancestral, en cambio, borra el matiz et convierte “preservar tras gobernar” en “salvar mientras invadían”. Brillante lógica: ahora resulta que incendiar bibliotecas es lo mismo que restaurarlas. Juvenal se reiría ad carcajadas.
Europa Ancestral, en su patético intento de defender que el “ismo de Jesús” preservó el legado romano, acaba de pegarse un tiro en el pie. Dice con solemnidad: “cuando estos eran cristianos arrianos como hemos visto, y para colmo las invasiones germánicas salvaron la cultura romana, siendo éstos los que saquearon Roma”. Bravo. Al reconocer que los invasores eran cristianos arrianos, admite que fueron precisamente cristianos quienes saquearon Roma. Es decir, su propio argumento se derrumba: el cristianismo non preservó nada, lo destruyó.
Et aquí la falacia monumental:
Los invasores germánicos —cristianos, pero arrianos— destruyen Roma, saquean su patrimonio, queman templos, arrasan bibliotecas… et al mismo tiempo los cristianos “salvan” la cultura romana ¿Cómo? ¿Destruir es salvar? ¿Saquear es conservar? ¿Odoacro et Teodorico, arrianos declarados, son ahora lares de la romanidad?¿Non que el cristianismo debía eser el guardián de la civilización? Pues si los seguidores de Jesús arrasan Roma, entonces el “ismo de Jesús” non conservó nada: la cultura sobrevivió ad pesar de ellos, non gracias ad ellos.
La gimnasia papista es digna de circo:
Si los invasores eran cristianos, el saqueo se convierte en “transición”.Si Nordic describe ad Teodorico preservando arquitectura, entonces se le acusa de “alabar anticristianos”.
Si destruyen, es culpa de los “germánicos”; si preservan, es mérito del cristianismo.
Europa Ancestral cade en contradicción brutal et en falacia de composición. Confunde el todo con la parte, pone palabras en boca de Nordic que nunca dijo, et termina aceptando —sin darse cuenta— que fueron cristianos quienes saquearon Roma. El resultado: su defensa del cristianismo como custor de la civilización se fue al caño, et lo único que preserva es su propia mala lectura.
Ahora si conservan algo de cultura grecoromana, es mérito del ismo de Jesús. Et si algo se perdió, se ignora. Et si algo se recuperó, se atribuye ad Constantinopla o al papismo, aunque haya sido gracias ad los copistas árabes, ad los traductores hebreos, o ad los constantinopolitanos que preservaron lo que la superstición quemaba.
Nosotros, los gentiles, vemos estos fechos como tragedias, sí, pero también como necesarios. Era preciso que hubiera destrucciones culturales para que de sus cenizas renacieran otras formas. La Edad Media, con toda su hipocresía, non dejó de eser una continuidad de la gentilidad aún latente, aunque disfrazada so el dogma papal. Sólo los alquimistas, filósofos et sabios al margen de la superstición mosaísta podían percibirlo: el vulgo pestilente, cegado por la fama de Cefas, vidía servicio "con arte sacro" al rabí Jesús.
Un sabio, al mirar un cuadro supuestamente de "Jesús", veía al Salvador, non ad ese sucio sarraceno. Apolo non era para él un nombre vacío, ni una fábula como enseña la antropología estólida, ni un personaje historico, sino el ente que salva, la especie eidetica. Et aquí surge la pregunta: ¿Cómo clamar ad este proceso de culturización, de fusión entre lo teutónico et la pedia grecorromana que se manifestó después? ¿Neoteutonismo, quizá?
El Medioevo y el Renacimiento, pese ad su cáscara mosaísta, fue un festival de criptoetnicismo: en el arte, en las fábulas medievales de Lucifer, en las adaptaciones que disfrazaban verdades eternas so nombres judeohelenísticos. Todo ello mostraba que la gentilidad seguía viva, aunque sesgada, trascendiendo la dogmática (la "ciencia" moderna) de los modernos et de los papistas atrapados en la eikesia et la doxa.
Constantinopla se fundó entre 324 y 330 mediante una serie de ritos romanos arcanos. En 324 tuvo lugar la limitatio, cuando Constantino trazó los muros en el suelo con una lanza; en la inauguratio, se consultaron augurios y se elaboró un horóscopo; y finalmente, el 11 de mayo de 330, la consecratio y la dedicatio, cuando la ciudad recibió su nueva identidad.⁵ Expertos en el culto tradicional se aseguraron de que los ritos se realizaran correctamente y el emperador ofreció un «sacrificio incruento», apropiado para un cristiano, que vinculó la ciudad a sus nuevos nombres. El símbolo de su nuevo destino era la columna y la estatua del emperador, pero la ciudad también presentaba lugares emblemáticos de la religión romana: un Capitolio y templos dedicados a Cibeles y a la Tique (o Fortuna) de la Nueva Roma. Los pensadores cristianos se esforzaron por discernir las creencias cristianas del emperador en todo esto, o bien prefirieron ignorar el paganismo manifiesto que se exhibía. Los cristianos comunes, en cambio, hicieron lo que los romanos siempre habían hecho ante las imágenes imperiales: «Propagaban con sacrificios la imagen de Constantino sobre la columna de pórfido, la honraban con lámparas e incienso y le rezaban como a un dios».⁶ Constantinopla comenzó como una fundación imperial romana, no como una capital cristiana, un concepto que aún no existía. The New Roman Empire, A History of Byzantium, Anthony Kaldellis.
Lo irónico —et cuasi cómico— es que hay quienes pretenden confundir ad Constantinopla con el papismo, como si fueran la misma res, cuando en realidad Constantinopla non obedecía ni al obispo de Roma ni, estrictamente, al de Constantinopla. Et eso es crucial, porque los jesístas pretenden vendernos la noción de que todo lo que Constantinopla preservó fue por obediencia al papado —cuando en realidad, Constantinopla non obedecía ni al papa ni al patriarca. Si algo Constantinopla conservó, fue pese ad ellos, non gracias ad ellos.
Justiniano emula la humildad de Cristo y “pone en orden las guerras y los asuntos religiosos” Política y religión van indisolublemente unidas en el imperio Justiniano, que se extiende desde el Golfo Pérsico hasta España. Junto a su actividad organizadora y a sus operaciones militares, este emperador, que se cree dotado de la sabiduría divina, mejor aún, inspirado por ella, consagra grandes esfuerzos a la política eclesiástica. ¡Pues la idea imperial bizantina no conoce en absoluto la separación de poderes entre el Estado y la Iglesia! El emperador es, propiamente, jefe y señor supremo de la Iglesia. Más que estar en ella, está sobre ella. Es él quien regula las cuestiones eclesiásticas, las relativas al culto y la teología, la lucha contra las “herejías”, contra los paganos, al igual que lo hace con cualesquiera otros asuntos civiles o militares. “Cada misa solemne celebrada en Santa Sofía y en la que participe el emperador, tiene la impronta de una manifestación política. Como contrapartida, los actos de Estado en el sacro palacio apenas se distinguen de una misa solemne. La confusión entre las esferas mundana y espiritual es algo característico del Imperio bizantino” (Rubín). El soberano es en él responsable ante Cristo de la ortodoxia, de la Iglesia y del Reino de Cristo sobre la Tierra. Es la “auténtica encarnación de este reino, el mediador entre Cristo y la humanidad”, el “Vicario de Cristo” (Dólger). Historia criminal del cristianismo III. De la querella de Oriente hasta el final del periodo justiniano.
Constantinopla tenía su propia autarquía: el sebasto era céfalo del aparato político et tenía auctoridad sobre asuntos religiosos, incluyendo la teología. El obispo de Constantinopla podía eser corregido, depuesto o ignorado por el arconte. Et el papa de Roma, desde la perspectiva de Constantinopla, era simplemente otro obispo más —ad veces útil, ad veces molesto, pero nunca principal.
Según Eusebio, el emperador comentó en una ocasión a los obispos a quienes agasajaba con una cena: «Vosotros sois obispos de los que están dentro de la Iglesia; yo también soy quizá un obispo designado por Dios para los que están fuera». (Citado en Eusebio de Cesarea, Vida de Constantino 4.24). Las palabras de Constantino se han interpretado a veces como una declaración de «cesaropapismo», la doctrina según la cual un gobernante elegido por Dios adquiría la autoridad para dictar en materia religiosa. Es cierto que, a partir de Constantino, un emperador, al igual que un obispo, podía alegar actuar como representante de Dios. Sin embargo, el «cesaropapismo» es un concepto anacrónico que refleja la moderna separación entre Iglesia y Estado. Tal separación no existía en la época de Constantino. El emperador era, por definición, una figura tanto religiosa como política, y Constantino no pretendía dictar nada a la Iglesia. Christianity in the Later Roman Empire: A Sourcebook, David M. Gwynn.
Así que cuando un jesista afirma que “el cristianismo conservó la cultura romana gracias al Imperio Bizantino”, está ejecutando una pirueta retórica que confunde preservación imperial con obediencia eclesiástica. Lo que Constantinopla conservó —textos clásicos, estructuras administrativas, saberes filosóficos— lo fizo por voluntad del sebasto, por utilidad cívica, por continuidad cultural, non por devoción al papa ni por sumisión al patriarca. La maquinaria cultural romea fue dirigida desde el trono, non desde el púlpito.
"El problema en Bizancio es conciliar la filosofía pagana y el cristianismo y no la supuesta querella entre platonismo y aristotelismo." —Juan Signes Codoñer, Jorge Gemisto Pletón, pág. 15.
Los romanos —tanto los de la Antigua Roma como los de la Nueva Roma— conformaron una sociedad coherente et continua, definida por las instituciones de su Estado, el más longevo de la historia, et por las costumbres que le daban forma. Pero non debemos permitir que los acontecimientos posteriores oscurezcan esta imagen. Tras la caída de Constantinopla en 1453, el término “romeo” fue redefinido por los otomanos para referirse ad todos aquellos que estaban eclesiásticamente sujetos al patriarca monopatrista, sin importar sus diferencias culturales, lingüísticas o históricas, ni si conservaban algún vínculo real con la ciudad romea que los otomanos se volvieron sus nuevos césares.
El «helenismo» bizantino fue, por lo tanto, siempre a la vez paideia y paganismo, con sus pros y sus contras. Su historia, la que hemos analizado en este libro, es básicamente el proceso mediante el cual la primera prevaleció sobre la segunda debido a la imperiosa necesidad de reconectar con los clásicos. Así pues, al excluir la condenación del abanico de «renegociaciones» serias, lo que nos queda es el helenismo como paideia, filosofía e identidad nacional; en resumen, sin nada que no se encuentre ya en la propia tradición antigua. En definitiva, los bizantinos superaron, en mayor o menor medida, el legado distorsionador de los Padres de la Iglesia y retornaron al helenismo tal como lo habían definido, por ejemplo, Platón, Isócrates, Libanio y Sinesio. La cuestión del helenismo —en la antigüedad después de Alejandro Magno, en Bizancio y en la época moderna— es cómo una antigua cultura nacional arraigada en una lengua particular y difícil se convirtió en un ideal universal, cómo floreció en los entornos más ajenos e incluso superó los prejuicios más arraigados. Hellenism in Byzantium: The Transformations of Greek Identity and the Reception of the Classical Tradition, Anthony Kaldellis.El cristianismo más antiguo es hostil a la educaciónEsa actitud tenía y sigue teniendo su fundamento en la Biblia. El mismo Jesús había suprimido el aura del ideal del sabio. Por lo demás el Nuevo Testamento previene por su parte contra la sabiduría de este mundo, la filosofía: 1 Co. 1, 19 ss, 3, 19, Col, 2, 8, afirmando que en Cristo residen «todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» (Col. 2, 3). Y si bien es cierto que el evangelio -que no había sido predicado por amor de los sabios y avisados- fue, en gran medida, entreverado de filosofía por parte, sobre todo, de Justino, Clemente de Alejandría y Orígenes, que lo racionalizaron e intelectualizaron con un acervo de ideas extracristianas, no lo es menos que hasta el siglo III los adversarios de la filosofía -entre ellos Ignacio, Policarpo, Taciano, Teófilo y Hermas- fueron en el cristianismo más numerosos que sus preconizadores produciéndose un sinfín de ataques contra las «charlatanerías de los necios filósofos», su «mendaz fatuidad», sus «absurdos y desvarios».28 Historia criminal del cristianismo V, La Iglesia antigua lucha contra los paganos y ocupaciones del poder, Karlheinz Deschner.
Los romanos, tanto de la Antigua como de la Nueva Roma, conformaron una sociedad coherente et continua, unificada et definida por las instituciones de su estado, el más longevo de la historia, et por los mores de su sociedad.
No debemos permitir que los acontecimientos posteriores oscurezcan esta imagen. El nombre «romano» fue redefinido por los otomanos después de 1453 para incluir a todos aquellos que estaban sujetos eclesiásticamente al patriarca ortodoxo de Constantinopla, independientemente de sus diferencias culturales, históricas o lingüísticas, e independientemente de si conservaban algún recuerdo de haber pertenecido al estado romano que los otomanos habían suplantado. Estos romanos del millet de Rum —los millets eran las agrupaciones religiosas de los súbditos del Imperio otomano— no eran simplemente los romanos de Bizancio bajo una nueva administración. No se trataba solo de dos grupos con una extensión distinta, sino de grupos de naturaleza diferente. Irónicamente, fueron los otomanos quienes iniciaron el proceso, perpetuado por muchos historiadores modernos, de identificar a Rumanía con su religión. Pero este es un error con motivaciones políticas, entonces como ahora, que oscurece los verdaderos fundamentos de la sociedad romana. En Bizancio, la superposición entre Iglesia y sociedad fue básicamente una casualidad histórica, pues la mayoría de los bizantinos reconocían que ser romano no era sinónimo de ser ortodoxo (por ejemplo, los bárbaros podían ser ortodoxos; los emperadores herejes o incluso paganos seguían siendo emperadores legítimos de los romanos). Sin embargo, la (contingente) superposición de ambas dentro del imperio inevitablemente dio lugar a equiparaciones a veces ambiguas que ya no debemos aceptar acríticamente. Hellenism in Byzantium: The Transformations of Greek Identity and the Reception of the Classical Tradition, Anthony Kaldellis.
Para ilustrar esta dualidad, pensemos en Constantinopla como una gran biblioteca dirigida por el sebasto, donde él decide qué textos —jurídicos, filosóficos, científicos— deben eser copiados, protegidos et transmitidos. La Iglesia, aunque presente en ese proceso, non es la dueña de la biblioteca, sino una colaboradora subordinada al poder civil. La continuidad cultural romea fue garantizada por decreto principal, non por iniciativa eclesial.
Pausanias fue uno de los últimos helenos antiguos que sintió una fuerte diferencia «nacional» con los romanos. Más de mil seiscientos años después, los fundadores de la Grecia moderna retomarían su legado, con un amor por los monumentos antiguos y un rechazo a la dominación extranjera. Donde él omitió toda referencia a los monumentos posclásicos en la Acrópolis, ellos los derribaron sistemáticamente, haciendo realidad su visión. Pero ¿qué les sucedió a los griegos durante ese tiempo, desde el siglo II hasta el XIX? Independientemente del grado y la forma de «continuidad» que reconozcamos en esos años —y creo que fue considerable—, esta se dio en un nivel práctico que no solía generar discursos de identidad. Como casi todos los demás súbditos del imperio, los griegos se convirtieron en romanos, es decir, se creyeron firmemente romanos. Ser «griego» en Bizancio era una cuestión de religión (una cualidad negativa) o de alta cultura (una positiva). El renacimiento del helenismo en los siglos XI y XII tuvo lugar entre esos dos polos. En el siglo XIII, en cambio, el helenismo se vio implicado en un discurso diferente y casi alcanzó el nivel de una identificación nacional, vinculada también, de manera interesante, al interés por los monumentos antiguos y al odio hacia la opresión extranjera (de los cruzados). Así pues, mientras que en el capítulo anterior describimos el helenismo como alta cultura, y en el siguiente explicaremos por qué los cristianos lo identificaron con el paganismo, esta sección abordará el aspecto romano de la identidad bizantina de forma que se comprendan tanto la extinción del helenismo nacional en la Antigüedad tardía como su efímero resurgimiento después de 1204. ¿Qué significaba ser romano en Bizancio? La opinión predominante actualmente, la misma que yo sostenía antes de comenzar a investigar este problema —de hecho, incluso antes de darme cuenta de que realmente lo era—, es que Bizancio era un «imperio multiétnico» cuyos súbditos estaban unidos de forma laxa por la religión y la lealtad al emperador, y cuya identidad común se basaba en nociones ecuménicas y cristianas abstractas. En otras palabras, ser «romano» no implicaba más que el mero hecho de ser un súbdito (cristiano) del emperador. He llegado a comprender que esta visión es, en parte, engañosa y, en parte, simplemente falsa. La ortodoxia era, sin duda, un componente importante de la unidad y la solidaridad romanas, pero no era suficiente. Los bizantinos no aceptaban como romanos a los ortodoxos que vivían fuera de sus fronteras, sino que los menospreciaban como bárbaros. La ortodoxia no era el «contenido» de la identidad romana de Bizancio, como muchos historiadores dan a entender o afirman. Ni el emperador se conformaba con eso. No era el poder que unía arbitrariamente a una supuesta asamblea heterogénea de pueblos, sin la cual estos habrían seguido sus propios caminos nacionales, étnicos o geográficos. Todo lo contrario, el emperador, como vimos, se definía en función de su pueblo, los romanos, y le debía lealtad. Traidores, usurpadores y disidentes no eran menos romanos. Hellenism in Byzantium: The Transformations of Greek Identity and the Reception of the Classical Tradition, Anthony Kaldellis.
Esto contrasta con la Europa Occidental, donde tras el colapso del aparato estatal romano, la Iglesia —específicamente el obispo de Roma— se convirtió en custodio único de los archivos, asumiendo funciones que antes eran seculares: educación, conservación, administración. Allí sí, el papismo institucional absorbió el rol de censor cultural. Pero en Constantinopla, el sebasto era el arquitecto de la memoria, et la Iglesia, una ferramienta más so su dominio.
La identificación de helenos y paganos fue menos accidental de lo que podría parecer en un principio: los Padres de la Iglesia sabían que la cultura clásica estaba contaminada no solo por los dioses y la teología de los griegos, sino también por sus valores mundanos. Aquí se argumentará que nunca resolvieron satisfactoriamente esas tensiones que, además, no eran principalmente teológicas (como suele suponerse), sino éticas. Hellenism in Byzantium: The Transformations of Greek Identity and the Reception of the Classical Tradition, Anthony Kaldellis.
Ah, Europa Ancestral… ese rincón digital donde el papismo se disfraza de filólogo y pretende convencernos de que fue el cristianismo quien conservó la cultura grecorromana. ¡Qué adorable! Como si los que se pasaron centurias clamando “demonios” ad los dioses, “fornicación” a la poesía, et “vanidad” al teatro, hubieran sido los custodios amorosos de la pedia helénica. Es como decir que el verdugo fue el vero protector del condenado porque le afiló bien la espada.
Recayó sobre Juliano la responsabilidad de defender este mundo fantástico, el corazón viviente del helenismo antiguo, del ataque cristiano en la cruda realidad del Imperio romano tardío. «Estas dos cosas son la cumbre de su teología», espetó, «¡sisear a los demonios y hacer la señal de la cruz en sus frentes!». Sabemos por fuentes cristianas que algunos, de hecho, «despreciaban el saber externo (e3 nxhem) por falso y traicionero». Algunos maestros cristianos recibieron instrucciones específicas para «revelar en todo momento a sus discípulos que lo que los gentiles llaman dioses son en realidad demonios». ¿Por qué permitir que quienes creían esto se ganaran la vida enseñando a los poetas a expensas del erario público? No es necesario atribuir ninguna «estrategia» siniestra a la ley de Juliano sobre educación, más allá de la enérgica defensa de sus sagradas tradiciones. «El 22 de mayo de 1836, el Comité Eclesiástico de Esmirna…» [Proclamó] que la educación y la religión estaban inextricablemente unidas y que un maestro de una fe diferente no podía enseñar a sus hijos «lo que ni cree ni le han enseñado a creer». De igual modo, más de un siglo después, al filósofo Bertrand Russell no se le permitió enseñar lógica y matemáticas en Nueva York porque, como lo expresó la Junta de Educación del Estado, «las escuelas públicas fomentan la creencia en Dios, reconociendo el simple hecho de que la nuestra es una nación religiosa… [y] uno de los requisitos previos para un maestro es una buena integridad moral». Hellenism in Byzantium: The Transformations of Greek Identity and the Reception of the Classical Tradition, Anthony Kaldellis.
Vamos, que si alguien defendió el cor viviente del helenismo —ese mundo de poetas, oradores, gimnasios, asambleas, festivales, filosofía et erotismo refinado— fue Juliano, el último romano con toga et sin mitra. Él lo dijo sin rodeos: “Estas dos cosas son la cumbre de su teología: ¡sisear a los demonios y hacer la señal de la cruz en sus frentes!”. ¿Et qué ᚠacían los cristianos? Pues según sus propias fuentes, despreciaban el saber externo por “falso y traicionero”, instruían ad sus discípulos para que creyeran que los dioses eran demonios, et se escandalizaban más por una novela romántica que por un sacrificio de perro en una tumba gentil.
Sin embargo, la filosofía era solo una parte de la cultura griega, y su vertiente metafísica no predominaba en la polifonía de la paideia helénica, la cual también se veía moldeada por los ideales de oradores y poetas, así como por una amplia gama de prácticas culturales, como los gimnasios, los juegos y las asambleas políticas. Muchos cristianos rechazaban estas prácticas no por sus doctrinas metafísicas, sino porque sus valores eran demasiado mundanos; eran «paganas» en un sentido más amplio que el mero culto. De hecho, los filósofos habían cuestionado esos otros ideales helénicos (a menudo contrapuestos) durante siglos antes de que la Iglesia se apropiara de sus preceptos para sus propios fines.
Por ejemplo, Focio (en el siglo IX) reaccionó mucho más negativamente ante el erotismo indecente de las antiguas novelas románticas que ante un relato contemporáneo de unos hombres que habían irrumpido en una tumba helénica en busca de monedas y, al no encontrarlas, sacrificaron y devoraron un perro para obligar a la Tierra a entregarle sus tesoros. Con distanciamiento y precisión clínica, y posiblemente también con aburrimiento, Focio calculó cuántos días de penitencia eran apropiados (muestren clemencia si, por lo demás, son hombres buenos, le dice al obispo).7 En resumen, el helenismo era peligroso no tanto porque pudiera llevar a creer en la eternidad del mundo o a sacrificar y comer perros, sino porque promovía nociones no cristianas sobre la buena vida, como las que se podían encontrar en la literatura erótica. Hellenism in Byzantium: The Transformations of Greek Identity and the Reception of the Classical Tradition, Anthony Kaldellis.
Pero Europa Ancestral, con su catecismo en una mano et su copia mal leída de Eschenbach en la otra, nos dice que el cristianismo conservó la cultura grecorromana. Como si Taciano non hubiera escrito un tratado entero para destruirla. Como si Focio non hubiera censurado la literatura griega por “indecente”. Como si el Comité Eclesiástico de Esmirna non hubiera proclamado que un maestro de otra tradición non podía enseñar lo que “ni cree ni le han enseñado a creer”. Como si Bertrand Russell non hubiera sido vetado en Nueva York por enseñar lógica sin santiguarse antes.
El concepto de «heleno» se incorporó al cristianismo de forma gradual. Al analizar el origen de su uso, comprenderemos mejor la tensión constante que subyacía al clasicismo bizantino. Un pasaje de Marcos (7.26) parece emplear la palabra para referirse a gentiles: una mujer sanada por Jesús es denominada «helénica», aunque también se la identifica como sirofenicia (genos); por otro lado, podría significar simplemente que hablaba griego. En general, los primeros cristianos siguieron la tradición judía helenística y llamaban a los no creyentes «ethnikois». Los griegos eran solo una de las naciones extranjeras y no creyentes, como se observa en el Discurso a los griegos de Taciano, de mediados del siglo II. Allí, los griegos se diferencian de los carios y otros pueblos (1.1-2), y sus antigüedades se comparan con las de los caldeos y los egipcios (36-38). Pero, como podemos ver en el propio título de la obra, Taciano creía que debía dirigirse a los griegos, y no a ninguna otra nación. Atacó todos los aspectos de su cultura, ciertamente su filosofía, teología y religión, pero también sus festivales, teatro, retórica, poesía, deportes y leyes (22-28). Su crítica no se limitó a la religión, pues también señaló sus valores agonísticos y mundanos: «No deseo gobernar, no anhelo ser rico; no busco el poder, aborrezco la fornicación, no me mueve la codicia a emprender viajes; no compito por las guirnaldas de los atletas ni me atormenta la ambición» (11.1). Todo esto, al parecer, Taciano lo consideraba esencialmente griego. En resumen, para él, «los griegos» eran tanto un modelo ético (erróneo) como una comunidad nacional cuyas ambiciones y valores debían rechazarse junto con su religión, porque todo ello provenía del mismo pecado teológico.⁹ Hellenism in Byzantium: The Transformations of Greek Identity and the Reception of the Classical Tradition, Anthony Kaldellis.
¿Et qué face el papismo? Se apropia de lo que le conviene —Aristóteles, pero solo el lógico; Platón, pero solo el metafísico; Cicerón, pero solo el moralista— et quema el resto. ¿Gimnasios? Sodoma. ¿Teatro? Babilonia. ¿Erotismo? Fuego eterno. ¿Democracia? ¡Herejía! Pero luego, cuando alguien pregunta por la cultura grecorromana, el papista se infla el pecho et dice: “Nosotros la preservamos”. Como si el inquisidor se jactara de haber dejado viva ad una bruja por error.
En coherencia con esa tutela de la enseñanza, encontramos otra institución, la censura eclesiástica, muy a menudo (por lo menos desde los tiempos de san Pablo, en Éfeso) dedicada a la quema de libros adversos, paganos, judíos o sarracenos, a la destrucción (o la prohibición) de literaturas cristianas rivales, desde los libros de los arríanos y nestorianos hasta los de Lutero. Pero no vayamos a olvidar que los protestantes también implantaron a veces la censura, incluso para los sermones fúnebres y también para obras 28 Manhattan 87. Citado de la ed. alemana 84. H. Thomas, Bürgerkrieg 45. Cf. también la nota siguiente. Historia criminal del cristianismo, Los orígenes, desde el paleocristianismo hasta el final de la era constantiniana, Karlheinz Deschner.
Et si Fablamos de conservación —¡oh, qué palabra tan maltratada!— ¿Qué facemos con el cierre de la Academia de Atenas por Justiniano? ¿Con la destrucción sistemática de textos simonianos, valentinianos, neoplatónicos, gnósticos, arrianos, nestorianos, y hasta cristianos rivales como Orígenes? ¿Con la quema de los escritos de Porfirio, ordenada por Constantino y ejecutada con entusiasmo por Teodosio? ¿Con la censura de Juliano, cuya biblioteca fue arrasada por contener obras “anticristianas”? ¿Con la desaparición de Safo, cuyo pecado fue escribir poesía demasiado humana?
Hijos míos, alzad la vista y reíd conmigo, porque aquí tenemos al gran impostor: el papista que se hace llamar Europa Ancestral, pero que en verdad es Judea Ancestral. ¡Qué comedia más grotesca! Se viste con la toga griega, se perfuma con incienso romano, y luego, con gesto solemne, proclama que es heredero de la paideia. Pero apenas abre la boca, se le escapa el acento mosaísta, el tufo del dogma, la alergia a la filosofía.
La destrucción total de Atenas en el año 267 d. C. probablemente puso fin a este renacimiento de la actividad académica. La obra de los filósofos peripatéticos continuó en otros lugares, pero no está claro si regresaron al Liceo. No se sabe nada con certeza sobre el Liceo durante el resto del siglo III y principios del VI d. C. Cualquier actividad filosófica restante habría terminado sin duda en el año 529 d. C., cuando el emperador Justiniano clausuró todas las escuelas filosóficas de Atenas. The Lyceum, Internet Encyclopedia of Philosophy. iep.utm.edu/lyceum/#
Posteriormente, el Liceo fue saqueado varias veces hasta que fue destruido en el año 84 a.C. El Liceo desapareció por completo cuando, en el año 529, el emperador Justiniano hizo cerrar todas las escuelas filosóficas de Atenas. Entonces los pensadores griegos buscaron refugio en oriente, especialmente en Siria y Persia. La expansión islámica reintrodujo en occidente buena parte de la tradición griega que era casi desconocida en el occidente medieval, y muchas de las obras de Aristóteles fueron conocidas, a partir de los siglos XII y XIII, a través de un largo rodeo de traducciones: del griego al siríaco o al árabe, de estas lenguas al latín y, finalmente, de nuevo al griego. Liceo, Encyclopaedia Herder.
Ved la escena: el Liceo, fano de Apolo Liceo, lugar de Sócrates, Aristóteles et los peripatéticos, donde se entrenaban los jóvenes en cuerpo y alma, donde se debatía con las Musas y se honraba a Mercurio. Allí nació la prima biblioteca de Europa, allí se cultivó la esciencia. ¿Et qué face nuestro “papista”? Se acerca con gesto grave, mira los rollos de Aristóteles y dice: “¡Qué peligro! ¡Aquí los hombres piensan sin permiso!” Et como buen necio ancestral, manda cerrar las escuelas, porque la filosofía le da sarpullido.
Ironía suprema: el que presume de eser que el papismo es eurofriendly, destruye ad Europa. El que se proclama heredero de la pedia, la clausura con decretos imperiales. Justiniano, su campeón, cerró la Academia y el Liceo en el 529, como quien apaga una lámpara para que nadie vea la oscuridad de su dogma. Y luego, con descaro, se presenta como guardián de la civilización. ¡Guardia de cementerios, sí, pero no de escuelas!
Mientras los griegos enseñaban a caminar pensando, el papista enseñaba a arrodillarse sin pensar. Mientras el Liceo formaba ciudadanos libres, Cefas fabricaba súbditos obedientes. Mientras Aristóteles coleccionaba libros, el papista coleccionaba prohibiciones.
Amigos míos, reíd con sorna: el que se clama Europa Ancestral es en verdad el enterrador de Europa. Su ortodoxia es la caricatura de la gnosis, su dogma es la sombra de la paideia. Y cada vez que se proclama heredero de Grecia, los huesos de Sócrates y Aristóteles se sacuden de risa en sus tumbas.
La lección es clara: Europa no es el papismo; El Papa es un perversor. Uno creó escuelas, el otro las cerró. Uno buscó esciencia, el otro conjetura. Y la ironía eterna es que el destructor se proclama heredero. ¡Qué espectáculo digno de Aristófanes!
¿Et qué decir del fecho de que Occidente tuvo que recurrir a los copistas árabes —sí, esos infieles según el catecismo— para recuperar los textos clásicos que el papismo dejó morir por falta de interés, por moralismo, o por simple ignorancia? Porque mientras los monjes se dedicaban a copiar vidas de santos et listas de mártires, los sabios de Bagdad traducían a Aristóteles, Euclides, Galeno y Ptolomeo. Et eso, primo, non es conservación. Es outsourcing cultural.
Bien distinto del asceta Juliano, el emperador católico [Joviano], de mediocre cultura aunque aficionado a dárselas de mecenas, celebrado por la Iglesia como “compañero de los santos”, era amante del vino, las mujeres y las fiestas. Restableció el lábaro como estandarte imperial y no sólo hizo asesinar a un notario mayor del mismo nombre, al que temía como posible candidato al trono, sino que además depuso a numerosos funcionarios civiles y militares de los nombrados por Juliano, confiscando sus bienes y desterrándolos o ejecutándolos. Según Teodoreto, estas medidas sólo afectaron a los que habían cometido abusos contra cristianos o contra la Iglesia cristiana. A un tal Vindaonio Magno que había destruido una “casa de Dios” en Berytus lo condenó a muerte, pero luego le perdonó la pena a cambio de que pagase de su bolsillo la reconstrucción. El paganismo no fue especialmente perseguido, aunque se cerrase o destruyese algún que otro templo (como el de Corfú), se prohibiesen los sacrificios o se quemase en Antioquía una biblioteca establecida por Juliano en el templo del Trajano (por contener principalmente obras anti-cristianas). Un poco incapaz, pero obediente a las sugerencias del clero, tan pronto como pisó tierras romanas Joviano restituyó sus privilegios a los jubilosos sacerdotes, además de darles otros que antes no tenían. En el decurso del tiempo arrebataron muchos más. Los sacerdotes desterrados regresaron, los prelados se agolparon a montones en la corte, e incluso en Oriente revivió la fe nicena. El santo Atanasio, distinguido por el emperador con una epístola y triunfalmente recibido en Hierápolis, le profetizó a Joviano por escrito “un reinado largo y pacífico”..., sólo que ocho meses más tarde, el 17 de febrero de 364, el emperador fallecía en Dadastana (Bitinia), a la temprana edad de treinta y un años, “bellamente preparado para la muerte”, según Teodoreto, pero en realidad intoxicado por un brasero de carbón. Lo enterraron en el templo apostólico de Constantinopla. Historia criminal del cristianismo, Los orígenes, desde el paleocristianismo hasta el final de la era constantiniana, Karlheinz DeschnerEl príncipe hizo quemar en el año 418, cuando sólo contaba diecisiete años de edad, todas las obras anticristianas. A finales del siglo iv y en el siglo v se destruyó de manera casi sistemática la práctica totalidad de la literatura no católica, y ya en 398 la posesión de tratados “herejes” se amenazaba con la muerte. En 418, bajo Teodosio, fueron a parar al fuego los últimos ejemplares de los quince libros de Porfirio Contra los cristianos, después de que Constantino hubiera ya ordenado en el Concilio de Nícea (325) la quema de las obras de dicho autor.391 Historia criminal del cristianismo. Tomo II. La época patrística y la consolidación del primado de Roma, Karlheinz Deschner.
La Iglesia no solo quemó libros. Quemó bibliotecas enteras, como la del Palatino por orden de Gregorio I. Derribó templos, destruyó estatuas, borró inscripciones, arrasó pinturas. En Oriente, Constantino ordenó la destrucción de todas las imágenes de los dioses. En Occidente, se emitían decretos papales hasta el siglo XVIII prohibiendo libros “sucios e inmorales”, permitiendo solo ediciones expurgadas para que los clásicos no ofendieran la castidad del lector. El 23 de marzo de 395 sanciona todos los privilegios que sus antecesores habían concedido al clero. Obliga a los llamados matemáticos a quemar sus libros ante los ojos de los obispos y a entrar en la Iglesia católica. Los que se oponen son expulsados, y los que se muestran especialmente renuentes, desterrados.382 Es probable que Olimpio iniciara ya una orden imperial que señalaba la ”fe católica” como la única permitida. El decreto del 12 de febrero de 405 amenazaba a todos los donatistas; el del 22 de febrero de 407 a los priscilianistas y los maniqueos, un edicto que probablemente inspiró el papa Inocencio I. Identifica la conducta “hereje” con un “crimen público” (crimen publicum), y el “bien común” (salus communis) con el “provecho de la Iglesia católica”; mutatis mutandis, el principio en el que ya se basaban las persecuciones contra los cristianos por parte de los soberanos paganos. El 15 de noviembre de 407 se dispone la destrucción de todas las imágenes de culto y altares paganos, así como la confiscación de los templos todavía no embargados, junto con todos sus bienes y rentas. El 14 de noviembre de 408, poco después del asesinato de Estilicón, todos los no católicos, todos los “enemigos de la religión católica” (catholica secta), son excluidos del servicio en la corte, y se promulgan las disposiciones más fuertes dirigidas contra los donatistas. Al mismo tiempo, una ley retira a los templos la totalidad de sus rentas para destinarlas especialmente a los soldados “fieles”, por supuesto los nacionales, mediante los que el gobierno anti-germánico había hecho degollar en las ciudades de Italia a las familias de los mercenarios germanos. Historia criminal del cristianismo. Tomo II. La época patrística y la consolidación del primado de Roma, Karlheinz Deschner.
¡Et, Constantinopla…! La urbe que resistió ad infieles, bárbaros et sebastos con complejo de obispo, non con milagros ni reliquias, sino con gramática. Mientras el mundo se desmoronaba en guerras, concilios et disputas sobre si la ánima tenía forma o si los ángeles sabían latín, ella —la Nueva Roma— non rezó: leyó. Non se salvó por la fe, sino por la paideia. Porque mientras los papistas se debatían entre la copa de Jesús et la copa de los demonios, los romeos desempolvaban ad Platón para que el Estado non se viniera abajo.
Et entonces, desde el otro extremo del Imperio, vino el papismo. Non con libros, sino con bulas. Non con filosofía, sino con indulgencias. Et como non podía sostener la civilización con dogmas et letanías, fizo lo que mejor sabe facer: sacar de contexto todo lo que non intiende.
¿Aristóteles? ¡Perfecto! Pero solo si lo bautizamos. ¿Cicerón? ¡Adelante! Pero que fable de la “ley natural” como si fuera un proto-cardenal. ¿Homero? Bueno… si lo leemos como alegoría de la Trinidad, quizá pase. Et así nasció el “clasicismo cristiano”: una operación estética de alto riesgo, donde se conserva la forma et se extirpa la ánima. Como ponerle una sotana ad Apolo et esperar que predique el Sermón del Monte.
Mientras Constantinopla usaba ad los antiguos para principar, el papismo los usaba para decorar. Columnas corintias en catedrales, sin saber qué significaban. Estatuas de mármol en jardines, como si fueran floreros. Et todo esto, claro, con la bendición de algún concilio que jamás leyó a Heródoto, pero sí sabía excomulgar en cinco idiomas.
El principal campo de batalla del helenismo en Bizancio fue la paideia, es decir, la educación de una pequeña (aunque no desdeñable) parte de la población. En otras palabras, a la mayoría de los bizantinos no les preocupaba el helenismo, pero quienes sí se involucraban con él eran muy conscientes de las tensiones subyacentes, ya que dicho involucramiento implicaba una aceptación condicionada, lo que inevitablemente generaba remordimientos. Muchos de los primeros cristianos, al haberse definido en contra de «los griegos», se ponían a la defensiva cuando tenían que recurrir a «fuera» para adquirir bienes que habían rechazado, por ejemplo, nociones filosóficas que no se encontraban en las Escrituras. Hellenism in Byzantium: The Transformations of Greek Identity and the Reception of the Classical Tradition, Anthony Kaldellis.
Porque el problema non era la filosofía. Era que la filosofía pensaba demasiado. Y eso, para el papismo, es peligroso. No vaya a ser que alguien descubra que se puede ser occidental sin confesarse, que se puede ser noble sin obedecer, que se puede ser romano sin besar anillos.
Siguiendo el ejemplo de Orígenes (cuya reputación fue dudosa en épocas posteriores), a esto se le denominó «despojar a los egipcios», en referencia al oro saqueado por los israelitas de Egipto y utilizado para construir el Arca (esta idea también había sido originada en el judaísmo helenístico). Clemente de Alejandría fue el más «liberal» de los primeros maestros al sostener que la paideia griega tenía su origen en Dios y, por lo tanto, podía ser conocida por los cristianos. Pero para defender esta postura, tuvo que argumentar que cuando Pablo declaró que la sabiduría de este mundo es necedad para Dios, en realidad solo quiso decir que uno no debe enorgullecerse de la sabiduría humana; del mismo modo, cuando Pablo advirtió contra las filosofías de este mundo, en realidad se refería únicamente al epicureísmo. Como era de esperar, los cristianos más eruditos eran los que mostraban mayor conflicto respecto al valor de la paideia griega. Hellenism in Byzantium: The Transformations of Greek Identity and the Reception of the Classical Tradition, Anthony Kaldellis.
Et non, non fue el papismo el que salvó la civilización. Fue la cultura que no pudo destruir. Fue el mármol que no pudo romper. Fue la gramática que no pudo censurar. Y fue Constantinopla —esa hereje ilustrada— la que sostuvo el Imperio mientras Roma se hundía en incienso y superstición.
Porque el campo de batalla no fue el altar, sino la escuela. La paideia fue el último bastión del helenismo, defendido por una élite que sabía que sin ella no había Imperium que valiera. Y aunque la mayoría de los bizantinos no se preocupaban por Homero, los que sí lo hacían sabían que estaban jugando con fuego. Sabían que cada cita de Platón era una herejía latente. Que cada verso de Eurípides podía despertar la sospecha de que el mundo no necesitaba redención, sino comprensión.
En el ámbito latino, Tertuliano, uno de los hombres más instruidos de su época, creía que la literatura estaba fundamentalmente contaminada por la idolatría y que los cristianos no debían enseñarla, aun cuando pudieran comprenderla sin peligro; una distinción sutil que reflejaba su perspicacia. «¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén?», preguntó, refiriéndose a la filosofía griega, haciéndose eco de las incisivas preguntas de Pablo: «¿Qué tienen en común la justicia y la maldad? ¿Qué comunión puede haber entre la luz y las tinieblas? ¿Qué armonía existe entre Cristo y Belial?» (2 Corintios 6:14-16). La respuesta implícita era, por supuesto, «nada». En otro pasaje, Tertuliano volvió a preguntar retóricamente: «¿Qué tienen en común el filósofo y el cristiano, el primero discípulo de Grecia y el segundo del Cielo?» Algunos estudiosos han intentado suavizar el tono de estas preguntas incisivas y presentar a un Tertuliano más tolerante, pero el argumento es débil. Si no pretendía «rechazar la filosofía como tal, sino señalar la superioridad del cristianismo», bien podría haberlo dicho. Como mínimo, fue irresponsable, «dispuesto a arrasar con toda la tradición en su piromanía retórica». Hellenism in Byzantium: The Transformations of Greek Identity and the Reception of the Classical Tradition, Anthony Kaldellis.
Et así, entre remordimientos et simulacros, los papistas más eruditos vivieron en tensión permanente. Tertuliano, con su piromanía retórica, preguntaba qué tenía que ver Atenas con Jerusalén. Jerónimo soñaba con Jesús acusándolo de eser ciceroniano. Et Clemente de Alejandría, el más liberal, tuvo que hacer malabares exegéticos para explicar que Saulo non odiaba la filosofía… solo el epicureísmo, claro.
La hostilidad frente a la cultura de los primeros escritores grecocristianosYa mostramos más arriba cuan decididamente, con qué expresiones resueltamente groseras, despotricaba Taciano, el «filósofo de los bárbaros», el autoproclamado Heraldo de la Verdad, hacia el año 172 contra todo cuanto tenía rango y renombre en la cultura grecorromana y hasta qué punto vilipendiaba de la manera más ordinaria la filosofía, la poesía, la retórica y la escuela.43 Historia criminal del cristianismo V, La Iglesia antigua lucha contra los paganos y ocupaciones del poder, Karlheinz Deschner.
La paradoja persistió, y dos siglos después inquietaría al atormentado Jerónimo, quien preguntó retóricamente en una de sus cartas: «¿Qué tiene que ver Virgilio con los Evangelios y Cicerón con Pablo?...». «No debemos beber al mismo tiempo la copa de Cristo y la copa de los demonios». Relata una pesadilla en la que Cristo lo acusó: «¡Eres un ciceroniano, no un cristiano!». Sin embargo, Jerónimo era un coloso de la erudición y lo seguiría siendo a pesar de su promesa a Cristo en el sueño de no volver a leer libros seculares. Su carta es ciertamente didáctica, pero eso no lo exime de la contradicción fundamental. Años después, aunque ante jueces menores, aún tuvo que defenderse de la acusación de citar literatura secular en exceso. Hellenism in Byzantium: The Transformations of Greek Identity and the Reception of the Classical Tradition, Anthony Kaldellis.
Ah, los papistas ingenuos, siempre con su cuento de que el papismo fue “amigable” con el etnicismo, como si la Iglesia primitiva hubiera abrazado a los pueblos y sus culturas con flores y abrazos. ¡Qué ternura! La realidad es mucho más simple y mucho más grotesca: si non quemaron todo, fue porque non podían, non porque quisieran preservar nihilo. Ad lo largo de los tiempos, la mayoría de los auctores del jesísmo primitivo rechazan resueltamente la cultura gentil, la filosofía, la poesía, el arte. Frente ad todo ello mantenían una actitud de profunda desconfianza, de declarada hostilidad, actitud determinada tanto por el resentimiento propio de espíritus vulgares como por el odio antihelénico de los jesístas más o menos cultos.
El escritor Hermias (la datación de su vida oscila entre el 200 y el 600) inserta en el inicio mismo de su Escarnio de los filósofos no cristianos las palabras de Pablo «Dilectos, la sabiduría de este mundo es necedad a los ojos de Dios» sin permitir que prevalezca otra verdad que la del Evangelio. De manera más bien burda que ingeniosa, ignorante de cualquier sentido profundo y en extremo superficial, Hermias califica la filosofía de algo «carente de fundamento y de utilidad», de «pura especulación aventurera, de absurda, quimérica y abstrusa o de todo ello al mismo tiempo», pese a que sólo conoce a sus víctimas a través de meras lecturas de compendios. Es, por lo demás, el caso de la mayoría de los autores cristianos.44 Historia criminal del cristianismo V, La Iglesia antigua lucha contra los paganos y ocupaciones del poder, Karlheinz Deschner.
Ah, Hermias, otro de esos campeones de la superficialidad que los papistas elevan ad “literatura edificante”. Su Escarnio de los filósofos no cristianos comienza con la cita de Pablo: “Dilectos, la sabiduría de este mundo es necedad ad los ojos de Dios”. Et desde allí, como buen repetidor de dogmas, non permite que prevalezca otra verdad que la del Evangelio. ¿Resultado? Un texto burdo, ignorante de cualquier sentido profundo, que califica la filosofía entera de “carente de fundamento et de utilidad”, de “pura especulación aventurera, absurda, quimérica et abstrusa”… todo al mismo tiempo, claro, porque cuando se carece de argumentos, se compensa con insultos acumulativos.
Lo más gracioso es que Hermias apenas conocía ad sus víctimas por lecturas de compendios, es decir, por manuales de segunda mano. Nunca se enfrentó ad Platón, ad Aristóteles o ad los estoicos en serio; solo caricaturizó lo que otros resumieron. Pero eso, por supuesto, es el sello de la mayoría de los autores cristianos de la época: atacar lo que non entienden, despreciar lo que jamás estudiaron, et llamar “sabiduría” ad su propia ignorancia.
Hermias non escribió un escarnio de los filósofos, escribió un escarnio de sí mismo. Su obra es la prueba de que el papismo, desde sus orígenes, prefirió la necedad repetida ad la reflexión profunda. Et Europa Ancestral, al citarlo como ejemplo, non hace más que confirmar lo ridículo: un coro de voces que llaman “sabiduría” ad la incultura et “verdad” ad la negación sistemática de todo pensamiento.
Ignacio de Antioquía, un fanático adversario de los cristianos de orientación diversa a la suya («bestias con figura humana») y primero en brindarnos el término «católico», repudia la casi totalidad de la enseñanza escolar y cualquier contacto con la literatura pagana, a la que él apostrofa como «ignorancia», «necedad», siendo sus representantes «más bien abogados de la muerte que de la verdad». Y mientras afirma que «ha llegado el fin de los tiempos», «nada de cuanto aquí es visible es bueno» y pregunta con sarcasmo «¿Dónde está la jactancia de aquellos a quienes se denomina sabios?», se permite afirmar que el cristianismo ha superado todo ello y ha «erradicado la ignorancia»: «una de las grandes cumbres de la literatura paleocristiana» (Bardenhewer).45 Historia criminal del cristianismo V, La Iglesia antigua lucha contra los paganos y ocupaciones del poder, Karlheinz Deschner.
Ah, Ignacio de Antioquía, ese campeón del fanatismo que los papistas veneran como si fuera un sabio. El hombre que uso el papismo como sinonimo de católico et que, con la misma pluma, llamó ad los cristianos que non pensaban como él “bestias con figura humana”. ¡Qué espíritu ecuménico! Nada de diálogo, nada de pluralismo: si non eres de su secta, eres animal. Et luego nos dicen que el papismo fue tolerante.
Ignacio repudia casi toda enseñanza escolar et cualquier contacto con la literatura pagana, ad la que llama “ignorancia” et “necedad”. Los filósofos, los poetas, los historiadores —todos reducidos ad “abogados de la muerte”. Sí, Sócrates et Homero, según Ignacio, eran poco más que sepultureros. Et mientras tanto, él se permite afirmar que el cristianismo ha “erradicado la ignorancia”. ¡El mismo que desprecia todo saber humano se proclama erradicador de la ignorancia! El sarcasmo es tan grotesco que parece autoparodia.
Et como buen profeta del desastre, anuncia que “ha llegado el fin de los tiempos” et que “nada de cuanto aquí es visible es bueno”. Es decir, todo lo que constituye la vida, la cultura, la ciudad, el arte, es malo. Solo su secta tiene la verdad. Et los papistas, con su habitual delirio, llaman ad esto “una de las grandes cumbres de la literatura paleocristiana”. Sí, claro: insultar ad los sabios, despreciar la cultura, anunciar el fin del mundo et autoproclamarse dueño de la verdad… ¡qué cumbre tan alta, tan sublime, tan ridícula!
Ignacio de Antioquía non fue un sabio, fue un fanático que convirtió la intolerancia en dogma. Si los papistas creen que esto es literatura sublime, entonces su canon es la necedad misma. El hombre que llamó “bestias” ad sus adversarios et “ignorancia” ad toda la cultura grecorromana es el vero padre del `papismo: intolerancia disfrazada de revelación.
Hacia 180, el obispo Teófilo de Antioquía decreta en sus tres libros A Autólico que toda la filosofía y el arte, la mitología y la historiografía de los griegos son despreciables, contradictorias e inmorales. Es más, rechaza por principio todo saber mundano y se remite al respecto al Antiguo Testamento, a varones, como él dice encomiástico, «carentes de ciencia, pastores y gente inculta». Por cierto que Teófilo, que no se convirtió en cristiano y en obispo sino cuando ya era adulto y cuya prosa es alada y rica en imágenes, si bien algo fugaz, imprecisa y a menudo poco original, debía su formación al paganismo. Ese paganismo cuyos representantes, desde luego, «han planteado y siguen planteando falsamente las cuestiones cuando, en vez de hablar de Dios, lo hacen de cosas vanas e inútiles», autores que, no poseyendo «un ápice de la verdad» están todos ellos poseídos por espíritus malignos. Se evidencia, pues, que «todos los demás están en el error y que sólo los cristianos poseemos la verdad, habiendo sido adoctrinados por el Espíritu Santo, que habló por medio de los profetas y lo anunció todo de antemano».46 Historia criminal del cristianismo V, La Iglesia antigua lucha contra los paganos y ocupaciones del poder, Karlheinz Deschner.
Ah, Teófilo de Antioquía, otro obispo con vocación de censor que los papistas veneran como si fuera un sabio. Hacia el año 180, en sus tres libros Ad Autólico, decreta con solemnidad que toda la filosofía, el arte, la mitología et la historiografía de los griegos son despreciables, contradictorias et, por supuesto, inmorales. ¡Qué descubrimiento! El hombre que se formó en el paganismo, que aprendió a escribir gracias ad esa cultura, ahora la escupe como si fueran demonios disfrazados.
Et no se queda allí: rechaza por principio todo saber mundano et se remite ad los pastores incultos del Antiguo Testamento, esos “varones carentes de ciencia” que, según él, son encomiásticos porque non saben nada. La ironía es deliciosa: un obispo que aprendió de Homero et Platón, pero que luego los llama “vanos, inútiles, poseídos por espíritus malignos”.
La conclusión de Teófilo es la misma cantaleta que repiten los papistas hasta hoy: “todos los demás están en el error et solo los papistas poseemos la verdad”. ¡Qué modestia! ¡Qué apertura cultural! El Espíritu Santo, según él, Fabló por medio de profetas incultos et anunció todo de antemano, mientras los grecos, con su filosofía, su arte et su historia, eran poco más que marionetas del demonio.
Teófilo de Antioquía es el ejemplo perfecto de cómo el papismo jamás fue amigo del etnicismo ni de la cultura: si non lo quemaron todo, fue porque non podían. El obispo que debía su formación al paganismo se convirtió en su verdugo, clamando “espíritus malignos” ad los magestros que le dieron los verbos con las que escribía. Et Europa Ancestral, al repetir la fábula de la “amistad cultural”, non face más que exhibir lo ridículo: un sistema que desprecia la cultura que lo formó et clama “verdad” ad la incultura elevada ad verdad revelada.
Aparte de Taciano, Ignacio y Teófilo de Antioquía, también Policarpo y la Didaché repudian radicalmente la literatura antigua. La Didaché, el Pastor de Hermas, la Carta de Bamabás y las Cartas a Diogneto ni la mencionan. La Didascalia siria (título completo: Doctrina católica de los doce apóstoles y santos discípulos de nuestro Redentor), falsificada por un obispo el siglo ni, pudiera resumir adecuadamente la opinión de todos los adversarios cristianos de la cultura griega cuando escribe: «Aléjate de todos los escritos de los paganos, pues qué tienes tú que ver con palabras y leyes ajenas ni con profecías falsas capaces, incluso, de apartar a los jóvenes de la fe? ¿Qué es lo que echas de menos en la palabra de Dios, que te lanzas a devorar esas historias de paganos?».47 Historia criminal del cristianismo V, La Iglesia antigua lucha contra los paganos y ocupaciones del poder, Karlheinz Deschner.
Ah, el desfile de impios papistas contra la cultura: Taciano, Ignacio, Teófilo, Policarpo… et hasta la Didaqué, todos con la misma cantaleta: repudiar radicalmente la literatura antigua. El Pastor de Hermas, la Carta de Barnabás, las Cartas ad Diogneto… ni siquiera se dignan mencionarla, como si Homero et Platón fueran invisibles. Et luego llega la joya: la Didascalia siria, falsificada por un obispo, que resume la paranoia mosaísta con un mandamiento digno de un censor medieval: “Aléjate de todos los escritos de los paganos, pues qué tienes tú que ver con palabras et leyes ajenas ni con profecías falsas capaces de apartar ad los jóvenes de la fe? ¿Qué echas de menos en la palabra de Dios, que te lanzas ad devorar esas historias de paganos?”
¡Qué ternura! El obispo falsificador nos dice que leger ad los gentiles es peligroso, que sus palabras son veneno, que sus profecías son trampas. Como si Aristóteles fuera un demonio disfrazado et Sócrates un corruptor de la juventud. La consigna es clara: non leas, non pienses, non compares. Devora solo la “palabra de Dios” et olvida todo lo demás.
El papismo jamás fue amigo del etnicismo ni de la cultura: si no quemó todo, fue porque non pudo. La Didascalia siria es la confesión más honesta: miedo al pensamiento, odio ad la literatura, et obsesión por encerrar ad los jóvenes en un corral de dogmas. Europa Ancestral, al repetir la fábula de la “amistad cultural”, non hace más que exhibir lo ridículo: un sistema que llama “profecías falsas” ad Homero et “palabra de Dios” ad un texto falsificado por un obispo.
El obispo Rábulas mandó destruir, tan sólo en su ciudad, cuatro templos, atacando además todo cuanto no se sujetaba a la ortodoxia. Verbi-gracia, él, «la personalidad más descollante de la teología de Edesa» (Kirsten), convirtió en cristianos a miles de judíos. Convirtió, supuestamente -así consta en la Vida de Rábulas-, a los «insensatos maniqueos». Usó «sin reparos medidas de cruda violencia en la lucha antiherética», si bien ya antes de él «habían sido despobladas y arrasadas a fondo» aldeas enteras en la comarca de Edesa y en el Asia Menor (W. Bauer). Rábulas sanaba «con el esmero de un gran médico», dice su Vita, obra de otro paladín y compañero suyo, «el putrefacto absceso de la herejía marcionita». Derribó la casa de reuniones y las capillas de los bardesanitas -pues antaño «este maldito Bar Daisan, valiéndose de artimañas y de la dulzura de sus cantos, había sabido atraerse a todos los notables de la ciudad»-, apoderándose de todas sus posesiones. Devastó asimismo la iglesia de los arríanos y aniquiló las sectas de los audianos, borboritas y saduceos, amén de destruir todos los escritos enemigos. «Concede la paz a todo el mundo», imploraba en su himno a María, si bien la autenticidad de este último es más que dudosa. Auténtica de verdad es, en cambio, la Vida de Rábulas, que plasma sus actos de forma hagiográfica, silenciando, eso sí, su papel en el partido hostil a Cirilo y su cambio de bando, y haciendo, en cambio, que ya antes del concilio, pronuncie un sermón en Constantinopla para refutar «el viejo error de nuevo judío», es decir, Nestorio, cuando éste aún ocupaba aquella sede patriarcal. Historia criminal del cristianismo V, La Iglesia antigua lucha contra los paganos y ocupaciones del poder, Karlheinz Deschner.
Ah, Rábulas de Edesa, otro de esos santos papistas que la hagiografía pinta como “gran médico del alma”, cuando en realidad fue un cirujano de la violencia. El enfermo obispo mandó destruir, en su propia urbe, cuatro templos, et no contento con eso, atacó todo lo que non se sujetaba ad la ortodoxia. Miles de judíos convertidos ad la fuerza, maniqueos clamados “insensatos” et perseguidos, aldeas enteras despobladas et arrasadas en Asia Menor… ¡qué paz tan cristiana!
Su Vita, escripta por un compañero adulador, lo describe como quien “sanaba el putrefacto absceso de la herejía marcionita”. Traducción: derribó casas de reunión, capillas bardesanitas, et se apoderó de todas sus posesiones. Bar Daisan, que con dulzura et cantos había atraído ad los notables de la ciudad, fue reducido ad “maldito” por este obispo que prefería la espada ad la música. Et como buen inquisidor, devastó la iglesia de los arríanos, aniquiló audianos, borboritas et saduceos, et destruyó todos los escritos enemigos.
Et para coronar la ironía, Rábulas imploraba en un himno ad María: “Concede la paz ad todo el mundo”. ¡Qué ternura! El mismo que arrasaba templos, saqueaba comunidades et quemaba escritos pedía paz en verso. La autenticidad del himno es dudosa, pero la autenticidad de su violencia es indiscutible.
Rábulas non fue un médico, fue un carnicero disfrazado de obispo. Su “teología descollante” consistió en arrasar templos, aniquilar sectas et borrar escritos. Et la hagiografía, como siempre, convierte al verdugo en santo, silenciando sus traiciones políticas et pintando sus sermones como defensa de la fe. Europa Ancestral puede seguir venerando ad este enfermo, pero la historia lo muestra tal cual: un destructor que llamaba paz ad la devastación.
Lo que ocurrió fue una intoxicación cultural: un esfuerzo por reemplazar un ecosistema de conocimiento diverso y plural por un monocultivo supersticioso, donde solo las nociones sancionadas por la auctoridad eclesiástica podían sobrevivir et florecer. Et si algo se salvó, fue por accidente, por utilidad cívica, o porque algún copista tuvo el mal gusto de eser curioso.
Así que non nos vengan con la fábula de que el papismo respetó las culturas. Si non las borró de un plumazo fue porque non tenía la fuerza suficiente. El programa estaba escrito desde el inicio: aniquilar la memoria de los pueblos, sustituirla por el relato bíblico, et llamar “verdad” a lo que es, en realidad, un proyecto de destrucción.
Por tanto, atribuir la conservación romea al jesísmo como tal —et peor aún, al papismo— es una distorsión digna de catequesis.
Pero Constantinopla, a pesar de todo, fue una creación del Estado. Incluso en su época de menor poder, alrededor del año 700, estaba dominada por una compleja jerarquía burocrática que dirigía el gobierno central a través de sus seis o siete departamentos principales, de los cuales el más importante era el genikón, encargado del impuesto sobre la tierra. La relativa falta de militarización de la ciudad se explica por la fortaleza de esta burocracia, del mismo modo que su riqueza provenía directamente de su función como centro fiscal del imperio. La jerarquía eclesiástica, también extensa, estaba estrechamente vinculada al Estado; los patriarcas eran elegidos directamente por el emperador y destituidos si discrepaban con él. Constantinopla era un inmenso espacio público, con una compleja geografía ceremonial, centrada en la ostentación del poder imperial. The Inheritance of Rome: Illuminating the Dark Ages 400-1000, Chris Wickham.
Así que non, Europa Ancestral: Constantinopla non es el obispado, ni el papismo era Constantinopla, ni los godos eran guardianes de la romanidad. Et si algo se salvó, fue por accidente, por utilidad, o por la obstinación de quienes non se arrodillaron ante la ignorancia.
Así pues, lo que ocurrió con la cultura de Europa occidental en los siglos VII y VIII resulta de interés e importancia, pero ya no forma parte de la historia del mundo tardoantiguo. En Bizancio, sobrevivió una élite clásica que se reinventó constantemente a lo largo de la Edad Media. La mayoría de nuestros mejores manuscritos de los clásicos se produjeron en la Constantinopla medieval. De hecho, si no hubiera sido por los cortesanos y obispos bizantinos de los siglos IX y X en adelante, no sabríamos nada —salvo por fragmentos en papiro— de Platón, Euclides, Sófocles y Tucídides. La cultura griega clásica que conocemos es la que siguió despertando el interés de las clases altas de Constantinopla durante toda la Edad Media. Estos hombres vivían tan inmersos en su pasado clásico que el Bizancio medieval nunca experimentó un Renacimiento: los bizantinos nunca pensaron que el pasado clásico hubiera muerto y, por tanto, rara vez intentaron, conscientemente, hacerlo «renacer». La anakatarsis —«limpieza»— fue lo más cercano a tal idea: similar a cómo un monumento público omnipresente se lava y se vuelve a dorar ocasionalmente en un momento de fervor. La cultura del reinado de Justiniano aún incluía áreas opacas al cristianismo. Hasta la década de 560, los profesores paganos de Atenas dominaron la vida intelectual de las clases cultas. Sus rivales cristianos solo pudieron revestir con una capa de ortodoxia un platonismo que había permanecido firmemente en manos paganas. Las tradiciones filosóficas que los maestros griegos y cristianos sirios transmitieron a los árabes, en los siglos VII y VIII, seguían siendo claramente paganas; y la profunda reflexión de muchos intelectuales ortodoxos musulmanes y católicos de la Edad Media es un testimonio del paganismo inasimilable de la Academia Platónica de Atenas durante el reinado de Justiniano. El mundo de la Antigüedad tardía (150-750 d. C.) Peter Brown.
Juliano y Constancio decretaron conjuntamente en el año 360 que «nadie podrá obtener un puesto de primer rango a menos que se demuestre que destaca por su larga trayectoria en estudios liberales y que posee tal maestría en las artes literarias que las palabras fluyen de su pluma con fluidez». Esta fue otra forma en que Romanía no se vio afectada por su conversión. Hellenism in Byzantium: The Transformations of Greek Identity and the Reception of the Classical Tradition, Anthony Kaldellis.
El aspecto del helenismo antiguo que potencialmente podía abrirse camino dentro de las estructuras y órdenes básicas de la Romanía ortodoxa era la literatura clásica —el helenismo como paideia de la élite—, preservada principalmente por su intrínseco valor intelectual y estético, a pesar de las heteronomías radicales que contenía. Como veremos, fueron la filosofía, la ciencia, la poesía, la retórica y la literatura de los antiguos griegos, sin parangón entre los pueblos antiguos, las que estimularon nuevas helenidades bizantinas. Sin embargo, la reinvención de las identidades helénicas a través de la paideia no fue un desarrollo histórico necesario; fue impulsada por individuos singulares en circunstancias especiales, y no hasta el siglo XI. Esto se evidencia al considerar la cultura literaria de los siglos V y VI d. C., cuando el cristianismo gozaba de una cómoda supremacía y temía mucho menos al «paganismo» que en el siglo IV, época marcada por polémicas religiosas tanto abiertas como latentes. Hellenism in Byzantium: The Transformations of Greek Identity and the Reception of the Classical Tradition, Anthony Kaldellis.
El jesísta que estudia ad Homero, ad Sófocles, ad Plotino, et luego afirma que “todo lo bueno viene de Cristo”, vive en contradicción permanente. Si la Biblia fuera suficiente, ¿por qué enseñar gramática greca en los monasterios? ¿Por qué traducir Aristóteles en latín? ¿Por qué conservar el Corpus Iuris Civilis de Justiniano? Porque el jesismo non basta para principar hombres, et mucho menos para intenderlos.
Radagaiso, con mucho el más salvaje de todos nuestros enemigos, pasados y presentes, inundó toda Italia con una invasión repentina y un ejército que, según se dice, contaba con más de doscientos mil godos. Además de su temerario valor y el apoyo de la inmensa multitud, era pagano y escita, y, según la costumbre de las tribus bárbaras, había prometido la sangre de toda la raza romana como ofrenda a sus dioses. Por consiguiente, cuando amenazó las defensas de Roma, todos los paganos de la ciudad se congregaron, afirmando que el enemigo era poderoso, no solo por el tamaño de sus fuerzas, sino especialmente por la ayuda de sus dioses. Decían también que la ciudad estaba abandonada y que pronto perecería porque había abandonado por completo a sus dioses y sus ritos sagrados. Se alzaron grandes quejas por doquier. Inmediatamente se debatió la restauración y la celebración de sacrificios. Las blasfemias campaban a sus anchas por toda la ciudad, y el nombre de Cristo era profanado públicamente con reproches, como si fuera una maldición para la época. Orosio
Ahora tenemos ad Orosio, discípulo de Agustín, que se convirtió en el gran propagandista de la apologética papista en la centuría V. Su misión era clara: demostrar que el cristianismo non era culpable de la decadencia del Imperio, sino su salvación. Et para ello, non dudó en torcer la historia hasta convertirla en sermón.
El caso Radagaiso: propaganda disfrazada de crónica
Orosio describe ad Radagaiso como “el más salvaje de todos nuestros enemigos”, un gentil escita que prometía la sangre de los romanos ad sus dioses. La escena que pinta es cuasi teatral: los gentiles de Roma clamando que la ciudad perecería por haber abandonado sus ritos, mientras las blasfemias llenaban las calles et el nombre de Jesús era maldecido.
¿La conclusión de Orosio? Que Dios permitió la invasión para confundir ad los gentiles et demostrar que Jesús era más fuerte que sus dioses. Es decir, la derrota de Radagaiso non fue mérito de Estilicón —el general que realmente salvó Roma—, sino un milagro divino. El viedo truco: si algo sale mal, es culpa del hombre; si algo sale bien, es gracias ad Tervagante.
La ironía cefea desde tiempos inmemoriales
- Radagaiso quería exterminar Roma por religiosidad.
- Estilicón lo derrotó con estrategia, tropas auxiliares et disciplina. Pero Orosio borra al general et pone ad Tervagante como protagonista.
- Alarico, arriano et destructor, es presentado como “moderado por temor ad Tervagante”, mientras Radagaiso, gentil, es el monstro absoluto. La mesma destrucción se convierte en bondad o en crimen según la fe del protagonista.
El contraste ridículo
Ni Saulo en el Areópago se atrevió ad decir tantas estupideces. Orosio convierte la historia en un teatro moral:
- Radagaiso = castigo divino, el bárbaro sanguinario.
- Alarico = instrumento jesista, destructor con moderación.
- Estilicón = borrado del guion, porque reconocerlo esería admitir que la victoria fue humana, non de Tervagante.
¡El cefaísmo! Siempre tan empeñado en maquillar la historia con incienso et dogma, como si la apologética pudiera tapar las grietas del Imperio.
Orosio lo confiesa sin querer: “Las blasfemias campaban a sus anchas por toda la ciudad, y el nombre de Cristo era profanado públicamente con reproches, como si fuera una maldición para la época.” ¡Qué confesión! El apologista papista, sin querer, nos muestra que Roma non creía en el cadáver de Judea, que la superstición era impostura, et que la ciudad se debatía entre volver ad los sacrificios antiguos o perecer. Cuando los gentiles de Roma clamaban que la ciudad estaba condenada por haber abandonado ad los dioses, lo que se revela non es otra cosa que la impopularidad del papismo. La mayoría de romanos eran falsos conversos, papistas de conveniencia, que en cuanto la espada bárbara se acercaba, maldecían públicamente el nombre de Jesús como si fuera una plaga.
La lógica del debate
Si non creyeran en los dioses antiguos, ¿por qué debatir restaurar sacrificios? Porque en el fondo reconocían que el abandono de los ritos había debilitado ad Roma.Si Jesús fuera su salvación, por qué maldecirlo públicamente? Porque lo veían como una maldición, non como un protector.
Si Radagaiso fuera solo un bárbaro más, por qué temer que su fuerza viniera de los dioses? Porque los romanos mismos admitían que los dioses seguían siendo poderosos, et que la ciudad había quedado indefensa al olvidarlos.
Si los romanos se reunieron para discutir la restauración de sacrificios, non fue por superstición barata, sino porque sabían que la amenaza de Radagaiso estaba ligada al abandono de sus dioses. El detalle que Europa Ancestral jamás quiere mirar de frente está en las propias palabras de Orosio: “Decían también que la ciudad estaba abandonada y que pronto perecería porque había abandonado por completo a sus dioses y sus ritos sagrados. Se alzaron grandes quejas por doquier. Inmediatamente se debatió la restauración y la celebración de sacrificios.”
¿Et qué nos muestra esto? Que los romanos reconocían que la única solución frente ad Radagaiso era volver al etnicismo. Si Radagaiso non hubiera sido un cruzado gentil, convencido de que el geno romano debía eser exterminada por traicionar ad los dioses, ¿Por qué debatir restaurar sacrificios? El debate mismo es la prueba: Roma sabía que la invasión respondía ad una causa religiosa, non meramente económica.
La costumbre escita: sangre como ofrenda
Entre escitas, eslavos, godos et alanos, la costumbre era clara: sacrificar humanos como ofrenda ad los dioses. Et cuando el jesísmo penetró en sus tierras, los nuevos conversos fueron las víctimas perfectas.
Atanarico, juez de los godos, persiguió jesístas et los ofreció como sacrificios. Fue un ejemplo, Sabas el Godo que fue estrangulado et arrojado al río por negarse a comer carne sacrificada a los ídolos. Nicetas et otros mártires godos murieron en rituales que reafirmaban la fidelidad tribal. Con Orosio, podemos decir que los alanos et sármatas, pueblos arios de la estepa, practicaban sacrificios humanos en campañas militares, et los jesístas capturados eran víctimas propiciatorias. Los esclavos, centurías después, ofrecían prisioneros al dios que nombran Radogost et otros dioses, según las crónicas medievales.Los escitas, esclavos, godos et alanos practicaban sacrificios humanos colectivos, et sus incursiones non siempre con intención de exterminio.
Marcianópolis (251 E.V.): sitiada por godos, se salvó pagando dinero. Aquí la intención era utilitaria: botín, no aniquilación.Filipópolis (250 E.V.): Cniva aceptó tributo, pero luego masacró et esclavizó a más de cien mil personas. El pacto se convirtió en carnicería, pero non en exterminio total de la ciudad.
Atenas (269 E.V.): atacada por godos et hérulos, sufrió incendios en la Academia y la Biblioteca de Adriano, pero resistió et expulsó ad los invasores. La ciudad non fue exterminada.
Estos ejemplos muestran que los godos tempranos, predominantemente gentiles, buscaban riqueza et poder, non siempre la aniquilación.
Radagaiso, en cambio, fue descrito como gentil et el más cruel de los enemigos, prometiendo ofrecer ad los dioses toda la sangre de la raza romana. Aquí non fablamos de botín ni de rescates: fablamos de una cruzada religiosa, de exterminio ritual. Roma lo sabía, por eso el debate sobre restaurar sacrificios. La lógica era clara: si la amenaza venía de un caudillo que exigía sangre para sus dioses, la única defensa era reconciliarse con los dioses que habían sido traicionados.
Alarico, arriano, actuó distinto: saqueó Roma en 410 pero prohibió incendiarla et respetó lugares sagrados. Incluso dejó intacta Atenas tras negociar tributo. Su saqueo fue cálculo cívico, non cruzada religiosa.
La costumbre de sacrificar humanos entre escitas et godos non era un simple negocio secular: en el caso de Radagaiso, era una cruzada. Roma lo intendió et debatió volver ad los sacrificios porque sabía que la invasión respondía ad una causa religiosa: había abandonado ad los dioses et ahora debía pagar con sangre.
Así os lo digo yo, Farfán de los Godos: Los godos tempranos buscaban botín, non exterminio. Pero Radagaiso vino como cruzado, prometiendo sangre ad los dioses. Roma, plena de falsos conversos, maldijo ad Jesús et debatió sacrificios. La apologética papista quiere ver “confusión divina”, pero lo que hubo fue lógica gentil: traicionas ad los dioses, et ellos envían su látigo. Los romanos mismos reconocían que habían abandonado ad sus dioses, que el papismo era una maldición, et que los bárbaros —con sus ritos sangrientos— estaban más cerca de la verdad de su tiempo que los falsos conversos de la Urbe.
La obra de Orosio es el ejemplo perfecto de cómo la apologética papista necesita distorsionar la historia pora cuadrar el su sermón. Tervagante aparece como un narrador que “confunde” ad los gentiles, mientras los veros protagonistas —los generales, los pueblos bárbaros, las luchas internas— son reducidos ad figurantes.
La historia según Orosio non es crónica, es catequesis. Radagaiso fue un caudillo godo con ambiciones religiosas; Estilicón lo derrotó con armas et estrategia; et Orosio, con su pluma, convirtió todo en un milagro. Desde entonces, la apologética papista vive de esa misma gimnasia: borrar la razón, inflar la providencia et clamar “confusión divina” ad lo que non es más que propaganda.
Nordic nunca fue un anticristiano simplón.
En sus textos esotéricos fabla del Kristos con respeto etimológico et teosófico, evitando los corsés denominacionales. Reconoce elementos valiosos del cristianismo, incluso en su dimensión simbólica, arquetípica et mítica. Para él, el Kristos helenístico non es Jesús, sino un titulo de la encarnación del arquetipo del sacrificio solar, el portador del Grial, el heredero de la piedra celeste desprendida de la frente de Lucifer —como narra Eschenbach— et transformada, según René Guénon, en el cáliz de la Última Cena et del Calvario. Et ad Nordic cito:
Aunque el cristianismo como tal es una idea desértica de origen judío —y por lo tanto extraña a Europa—, es innegable que cuando llegó a tierras de bosques, nieblas y nieve habitadas por guerreros de sangre nórdica, experimentó una transformación: surge la mágica edad media de castillos, caballeros, princesas, reyes, trovadores y magos que vivían de espaldas a la Iglesia y a la influencia que ésta tenía sobre el vulgo. Europa Soberana: La bebida de la memoria, la fuerza universal y el poder perdido —reflexiones sobre el Grial.
En la Tierra, según René Guénon, la esmeralda fue ahuecada, tallada y convertida en una fabulosa copa, con la que brindó Cristo en la última cena, y con la que se recogería la misma sangre suya en el monte Calvario tras su "sacrificio": el Kristos helenístico es, realmente, la repetición del arquetipo de Lucifer, sólo que esta vez no deja una piedra como herencia, sino un cáliz lleno con su propia sangre. Europa Soberana: La bebida de la memoria, la fuerza universal y el poder perdido —reflexiones sobre el Grial.
Pero claro, para Europa Ancestral, todo lo que non sea papismo es “falso cristianismo” (salvo que sea arrianismo et el monopatrismo), incluso si es más matizado, más simbólicamente rico, más espiritualmente sofisticado que la lectura literalista. Si non hay mitra, si non hay catecismo, si non hay Jesús galo-lelo, entonces non hay cristianismo. Aunque el Kristos de Nordic fable ad la ánima europea con más fuerza que mil encíclicas, eserá tachado de herejía, de fantasía, de desviación.
Europa Ancestral fabla de conservación como si fuera una virtud exclusiva del papismo, pero non pone la etiqueta correcta: conservación pese al papismo. Porque si algo sobrevivió, fue por accidente, por utilidad, o porque non contradecía el dogma. Lo que se destruyó, se destruyó por diseño: porque non convenía, porque era peligroso, porque era competencia.
La cultura romana non fue preservada por el papismo. Fue mutilada, censurada, reconfigurada. Lo que queda es un fragmento, una ruina útil. Et si algo se salvó, fue gracias a los árabes, a los traductores, a los herejes, a los gentiles que copiaron lo que los papistas quemaban. Así que non, Europa Ancestral: non fue “gracias a los cristianos” que tenemos ad Platón, ad Aristóteles, ad Plotino. Fue pese ad ellos. Et eso, primo, es lo que no te conviene reconocer.
[Europa Ancestral:] Las autoridades católicas romanas del Imperio conservaron la filosofía de Sócrates, de Aristóteles, de Platón, las obras de Virgilio, de Catón, de Séneca, las epopeyas griegas, y en resumen todo lo que conocemos hoy del mundo greco-romano. Cabe añadir que si los godos o los vándalos no hubiesen sido cristianos arrianos cuando saquearon Roma y no hubiese existido paralelamente el Imperio Romano de Constantinopla, hoy en dia quedaría bien poco de la cultura greco-romana, puesto que al compartir el mismo Dios y la fe de Jesucristo con los romanos, así como el considerable temor a la más que probable venganza de Constantinopla, contuvieron en gran medida sus ansias de destrucción.
Europa Soberana nos regala otra perla de lógica papista: “Cabe añadir que si los godos o los vándalos no hubiesen sido cristianos arrianos cuando saquearon Roma… hoy quedaría bien poco de la cultura greco‑romana”. Es decir, confiesa que la cultura sobrevivió pese ad los cristianos, non gracias ad ellos. Pero claro, ahora los arrianos sí cuentan como “cristianos” cuando conviene, mientras que las herejías que critica Celso, et los luteranos non pese ad que son trinitarios ¡Qué delicadeza! El criterio papista es como un acordeón: se estira o se encoge según el sermón del día.
La ironía es brutal:
- Si los arrianos saquean Roma, entonces eran cristianos.
- Si los cristianos "no arrianos" destrozan, entonces no eran “verdaderos cristianos”.
- Si preservan algo, se les clama guardianes de la civilización.
- Si destruyen templos, bibliotecas et ciudades, se les llama “transición”.
Europa Ancestral, en su catecismo de confusiones, quiere convencernos de que los godos y vándalos eran “cristianos arrianos” et que por eso salvaron la cultura romana. Pero las fuentes históricas son claras: a los godos les daba igual la fe, lo importante era el botín y la venganza contra Roma.
Alarico arrasó ciudades tan cristianas como Corinto, Argos, et Mégara et la gentil Esparta. ¿Qué pasó con la supuesta delicadeza cristiana? Nihilo: saqueo, matanza et pillaje. El puerto de El Pireo fue saqueado, el santuario de Eleusis destruido, et Roma fue saqueada tres veces. ¿La iglesia? Irrelevante. El oro et la revancha eran la verdadera liturgia.Los vándalos tampoco se quedaban atrás. So Genserico, devastaron Sevilla, Cartago Nova, Hipona et Cartago en África. Saqueaban templos, asesinaban indiscriminadamente et abrían el Mediterráneo ad la piratería, matando al moro Agustín Hiponense. Sus “estrellitas” eran las urbes arrasadas, non los evangelios.
Aquí está la ironía que destroza la apologética papista: si los arrianos eran cristianos, contradiciendo ad la aljama de Cefas, entonces fueron cristianos quienes saquearon Roma et destruyeron ciudades. Et si los saqueos se convierten en “preservación”, entonces destruir es salvar ¡Qué lógica tan brillante!
La verdad es sencilla:
Los godos et vándalos non distinguían entre gentiles o jesístas. Corinto era jesísta et fue saqueada igual.La cultura grecorromana sobrevivió pese ad ellos, non gracias ad ellos.
El famoso “tacto” de Alarico en el saqueo de Roma del 410 non fue fruto de una súbita conversión ni de un arrianismo piadoso, sino de pura estrategia. El ejército de Alarico non era un coro de cristianos convencidos: estaba compuesto por una mezcla de arrianos et gentiles, hombres que sabían que destruir es parte del ciclo de crear. Los papistas de hoy se avergüenzan de haber arrasado templos et bibliotecas, como si la historia fuera un error de protocolo; nosotros, los gentiles, intendemos que la destrucción fue necesaria para el renacer del mundo, con sus pros et sus contras.
1. Cálculo político, non fe
Alarico non quería borrar Roma del mapa, quería usarla como palanca. Su objetivo era integrarse en el sistema romano, obtener títulos, cargos et reconocimiento. Quemar la Urbe habría sido un suicidio cívico: lo habría convertido en un enemigo eterno, sin posibilidad de negociación. Por eso amenazó varias veces antes de saquearla, usando el miedo como herramienta de presión contra Honorio.
2. Moderación táctica
Cuando entró en Roma, impuso límites:
Non incendiar la ciudad.Respetar los lugares sagrados, incluidas las basílicas de Pedro et Pablo.
Dejar con vida ad los habitantes, porque muertos non pagan rescates ni tributos.
Este “tacto” non fue misericordia jesísta, fue pragmatismo militar. El botín debía eser inmenso, pero la urbe debía seguir siendo útil.
3. Codicia
Las fuentes, como Orosio, quisieron atribuir la moderación al “temor de Dios” de Alarico. Pero lo más probable es que fuera codicia: mantener el orden para que el saqueo fuera rentable et los guerreros fieles. Además, la superstición jugó su papel: Alarico murió poco después del saqueo, et ese fecho fue interpretado como un aviso divino.
Un tesoro increíble, pero muy necesario, pues Alarico tenía que pagar a sus guerreros y asegurarse su fidelidad. Como buen rey bárbaro tenía que ser un dispensador de fortuna y victoria si quería mantener unido a su heterogéneo y belicoso pueblo. El Senado también accedió a enviar una delegación al emperador solicitando que Alarico fuera nombrado magister militum y que sus gentes recibieran un asentamiento en el Imperio como federados. Era la eterna reivindicación de Alarico: quería ser parte del Imperio y gozar de su poder y seguridad, no seguir enfrentándose a él. LOS VISIGODOS HIJOS DE UN DIOS FURIOSO, José Soto Chica.Roma había caído. Las calles se llenaron de docenas de miles de guerreros de Alarico y se organizó un saqueo. Digo se organizó, porque Alarico impuso una serie de límites a sus hombres y, aunque se produjeron excesos, asesinatos y violaciones y se hicieron cautivos, en general, se mantuvo cierto orden y no hubo matanzas en masa. Algunos atribuyeron esta magnanimidad saqueadora al cristianismo, aunque fuera arriano, de Alarico. Así lo creía Orosio.107 Era mucho creer. Muchos, quizá la mayoría de los seguidores de Alarico, debían de ser paganos. Lo eran la mayor parte de los seguidores de Radagaiso que ahora constituían al menos la mitad del pueblo de Alarico y lo eran muchos de los alanos, hunos y demás bárbaros que se le habían unido en los Balcanes. Sin duda, Alarico lo sabía y por eso acudir al cristianismo para moderar a sus guerreros debió de parecerle inútil. Recurrió a la codicia. Saquear Roma con cierto orden dejó a los visi en posesión de un botín inmenso. Orden y acuerdo. Las ricas familias senatoriales pagaron crecidas sumas en concepto de rescate y el botín llenó los carros del pueblo de Alarico. LOS VISIGODOS HIJOS DE UN DIOS FURIOSO, José Soto Chica.
Alarico pudo haber recurrido ad la codicia en lugar de la religión para mantener el orden, ya que la mayoría de sus seguidores podían eser gentiles (especialmente los antiguos seguidores de Radagaiso). Saquear Roma con cierto orden permitió ad los visogodos obtener un botín inmenso, que era esencial para pagar ad sus guerreros et asegurar su fidelidad.
El “tacto” de Alarico fue cálculo, non miseración jesista. Los gentiles entendemos que destruir es parte del ciclo creador; los papistas, en cambio, se avergüenzan de haber destruido tontamente lo que luego claman su herencia. Roma non fue preservada por el “ismo de Jesús”, sino por la lógica del poder et el renacer que sigue ad la ruina. El saqueo fue el parto doloroso de un nuevo orden, non un sermón papista sobre misericordia.
Ahora, Europa Ancestral, ese papista con síndrome de Chamberlain, ha logrado lo imposible: convertir el arrianismo gótica en una misa ecuménica entre Mercurio et Jesús, et aún así non intender ni ad uno ni al otro.
Vamos por partes. Decir que los godos et los vándalos “compartían el mismo Dios” con los papistas como decir que el sintoísmo et el jesísmo son iguales porque ambos tienen templos ¿Cómo sabe este iluminado que los godos non identificaban al “Padre” con Mercurio sive Odín? ¿Acaso leyó las letras góticas con un catecismo en la mano? ¿O simplemente decidió que todo subordinacionismo es papismo con casco?
Porque lo que él clama “arrianismo” —ese término desvirtuado por los concilios para etiquetar ad todo subordinacionista como anatema— non era una secta homogénea, sino un paraguas doctrinal que incluía desde los homeanos hasta los heterositas más radicales. Los godos, como bien señala la teología homeana, credían en el Dios supremo et ingénito, et en el Verbo como subordinado cuasi el Padre, pero creado, et mediador ¿Eso es “el mismo Dios”? Solo si uno confunde hierarquía con identidad, et sincretismo con fotocopia.
Los arríanos y los ortodoxos se mantuvieron aferrados al monoteísmo, pero para los primeros, sin duda más cercanos a la fe cristiana primitiva, el “Hijo” era totalmente diferente del “Padre”, era una criatura de Dios, si bien completa y muy por encima de todas las restantes. Arrio habla de él con el máximo respeto. Para los ortodoxos Jesús era, en boca de Atanasio, “Dios hecho carne” (theos sarkophoros), pero no un “hombre, que lleva a Dios” (anthropos theophoros), siendo el “Padre” y el “Hijo” una única naturaleza, una unidad absoluta; eran homoúsios, de la misma naturaleza. Pues sólo así era posible sostener el dogma de la doble, o incluso triple, divinidad y orar al “Hijo”, el nuevo, lo mismo que al “Padre”, como hacían ya los judíos. A los arríanos se les acusaba de “politeísmo” y de “tener un Dios grande y otro pequeño”. Historia criminal del cristianismo II, La época patrística y la consolidación del primado de Roma.Atanasio, por supuesto, también atacó y difamó a Arrio. Habla constantemente del “desvarío de Arrio”, de su “aberración”, de sus “discursos deplorables y ateos”, de sus “actitudes desabridas y rebosantes de ateísmo”. Arrio es “el mentiroso”, “el impío”, el precursor del “Anticristo”. E igualmente se enfurece contra todos los otros “farsantes del desvarío amano”, los “malintencionados”, los “pendencieros”, los “enemigos de Cristo”, “los impíos que han caído en la irreflexión”, “en la trampa del diablo”. Todo lo que dicen los arríanos es “palabrería sin sentido”, “artificio”, “simple alucinación y devaneo”. Les achaca “hipocresía y fanfarronería”, “futilidades necias y sin sentido”, un “abismo de irreflexión” y constantemente “ateísmo”. “Pues les están vedadas las Santas Escrituras, ya que desde todas partes se les declara culpables como insensatos y enemigos de Cristo.” Afirma “que los arríanos, con su herejía, luchan contra nosotros sólo aparentemente, pero en realidad llevan la lucha contra la misma divinidad”. “Usted sabe ― escribía en 1737 Federico II de Prusia al emisario sajón Von Suhm ―, que la acusación de ateísmo es el último refugio de todos los difamadores. Historia criminal del cristianismo II, La época patrística y la consolidación del primado de Roma.
De fecho, el jesísmo homeano funcionaba como un sistema de monoteísmo hierárquico, donde el Fijo era una criatura excelsa, un dios menor, non equiesencial. Algo muy similar al modelo zoroastriano, donde Horomazes principa sobre substancias subordinadas. O al modelo del mosaísmo judaico helenístico, con el su Verbo et sus ángeles jerarquizados. O incluso ad ciertas formas de simonismo, donde el Demiurgo es un dios menor ¿Et qué facían los godos? Integraban ad Jesús como figura mediadora, como los japoneses integraron ad Sidarta como un dios más en el sintoísmo: sin necesidad de que fuera el Dios supremo, pero sí digno de culto. Non era equiesencial, non era eterno, non era el Verbo encarnado según Nicea. Era un segundo dios, un emisario divino, un santo excelso ¿Eso es papismo? Solo si uno confunde sincretismo con doctrina, et subordinación con encarnación.
Los dos elementos dispares se mantienen unidos por la idea de que el mediador creado asciende en estatus como resultado de la encarnación (que se convierte así en parte de una trayectoria de glorificación, no de una humillación radical); pero el esquema de Arrio se ve adulterado por una versión mitológica del adopcionismo (que involucra al Logos, no a Jesús) que nos deja finalmente con un politeísmo práctico, con dos objetos de culto (p. 220; E.T., p. 40). Al no dejar lugar lógico para un Hijo preexistente (pues debemos suponer que el Logos mediador es elevado a la filiación en su estado postencarnado), Arrio se distancia tanto de Orígenes como de la ortodoxia nicena (p. 221; E.T., p. 40). El Logos que participa en la vida divina, aunque sea en un papel subordinado, y que por tanto puede unir a las criaturas con Dios e iluminarlas con la salvación, queda excluido en esta demostración: Arrio y Atanasio, juntos, finalmente descartan el Logos de Filón y los Apologistas (p. 226; E.T., pp. 48-49). Ambos contribuyen a la eliminación de las estructuras jerárquicas gnósticas del pensamiento de la teología cristiana, y ambos imposibilitan fundamentar la cristología en la cosmología. Sin embargo, el arrianismo y la ortodoxia nicena no son, en absoluto, versiones comparables del cristianismo: la enseñanza de Arrio es novedosa, contradictoria (p. 221; E.T., p. 41) y, sobre todo, religiosamente inadecuada. La combinación de la cosmología con la veneración de un maestro heroico es característica del helenismo (p. 222; E.T., p. 42). La cosmología y la moral no ofrecen un marco para comprender la comunión con Dios que se alcanza en y a través de Jesús, y, de haber triunfado el arrianismo, habría significado el fin del cristianismo auténtico (pp. 222-223; E.T., pp. 42-43). El arrianismo carece de la visión de la unidad perfecta mediante el amor, la fe y el sentimiento, que Harnack discierne en la teología de Pablo de Samósata (p. 222; E.T., p. 43); solo conoce una obediencia externa a Dios, tanto en el Logos como en el creyente. Naturalmente, esto contribuye a justificar un ascetismo heroico, y es esto, junto con el aspecto politeísta del sistema, lo que hace que el arrianismo resulte atractivo para las naciones teutónicas (p. 223; E.T., pp. 43-44). Atanasio no se acerca a la noción samosatena de unión con Dios, pero, al menos, al enfatizar la unidad de naturaleza entre Padre e Hijo y la participación ontológica de los creyentes en la vida divina, trasciende el modelo extrínseco de unión defendido por Arrio y conserva la idea del cristianismo como «comunión viva con Dios» (pp. 223-225; E.T., pp. 44-46). Resulta profundamente paradójico que el verdadero cristianismo se salve gracias a un teólogo para quien la humanidad histórica de Jesús de Nazaret carece por completo de interés: Atanasio. Arius Heresy And Tradition, Rowan Williams.
Incluso para la Iglesia papista —esa fábrica de superstición de la sede de Cefas— qui non es trinitario non es seguidor de Jesús, sino desviado con todas las letras. Así que ¿Qué clase de tontería sostiene Europa Ancestral cuando afirma que los godos arrianos “compartían el mismo Dios y la fe de Jesucristo” con los papistas? ¿Ese mismo que decía que Celso atacaba un cristianismo fantasma, ahora pretende que el arrianismo —condenado por todos los concilios— es "cristianismo" como el papismo cual cristianismo vero et único? ¡Bravo! Ha logrado lo imposible: canonizar al heterodoxo et excomulgar al historiador.
Et lo más irónico: Europa Ancestral, que se burla de Celso por criticar un “cristianismo que non existía”, ahora defiende un cristianismo que ni la Iglesia recognoció jamás como tal. Porque si algo dejó claro el papismo —con sus concilios, sus anatemas et sus fogueras— es que sin Trinidad non hay cristianismo, et sin trinidad non hay salvación. Et eso, primo, non es historia. Es teología con cosplay gótico et lógica de espantapájaros.
Cuando Europa Ancestral afirma que los godos “contuvieron sus ansias de destrucción” por el “considerable temor a la más que probable venganza de Constantinopla”, se autorefuta con elegancia involuntaria. Porque si el freno fue el miedo ad Constantinopla, entonces non fue por razones “papistas”, ni por devoción al papa venido de Judea, ni por compartir la misma fe trinitaria. Fue por razones seculares, estratégicas, imperiales. Es decir, por cívica, non por superstición.
Constantinopla, como bien sabemos, operaba con plena autonomía respecto al papado romano. Tenía su propio patriarcado, su propia identidad et cultura romaica, et su propia lógica de poder. El sebasto era cabeza de la Iglesia, no el obispo de Roma. Así que si los godos temían represalias, era porque sabían que Constantinopla respondía como imperio, non como sucursal del Papa. Et si eso los disuadía, entonces la contención non fue por compartir el “mismo Dios”, sino por non querer despertar al dragón principal.
Además, si Europa Ancestral admite que el temor fue el factor disuasivo, entonces reconoce que el papismo non fue suficiente para evitar el saqueo. Lo que los frenó non fue la comunión doctrinal, sino el cálculo militar.
El jesísmo no fue la causa total de la decadencia de Roma, pero sí su VIH espiritual. Así como Revilo P. Oliver alguna vez describió el jesísmo como una "sífilis espiritual, que corroe desde dentro: debilitó las defensas de la Ciudad, plenó de bocas ociosas, et dejó ad Roma indefensa frente al vampirismo de Cefas. Non mató de golpe, pero pudrió la voluntad, convirtiendo ad la ciudad en un cuerpo enfermo que había fornificado con Judea et traicionado ad sus dioses.
[Europa Ancestral:] El argumento de que el cristianismo ha sometido y destruido el legado cultural de Europa hace aguas ante un par de argumentos basados en la realidad histórica, por el contrario el concepto de Europa se construyó gracias al cristianismo católico, primero por el propio Imperio Romano tardío, cuna del catolicismo gracias a Constantino I, luego por el Imperio Bizantino de Justiniano que fusionó el derecho romano con los principios cristianos y más tarde mediante Carlomagno, padre de Europa, que revivió ese espiritu de hermandad entre los pueblos europeos unidos por la cristiandad, hermandad que jamás había existido en la era pagana. El cristianismo se expandió por toda Europa como la espuma gracias a misioneros católicos europeos como San Patricio que cristianizó Irlanda, o San Columba que cristianizó Escocia, así como Ulfilas, obispo godo arriano que cristianizó a los godos en el siglo IV.
Ah, Europa Ancestral. Ese paladín del catecismo con toga, que cree que la historia de Europa es una misa larga donde Constantino oficia, Justiniano canta el salmo, et Carlomagno reparte la comunión continental. Según él, el cristianismo non destruyó el legado cultural europeo, sino que lo construyó. ¡Qué elegante! Como si quemar templos, censurar filósofos, y perseguir cultos fuera una forma de arquitectura espiritual. Pero vamos por partes, porque su argumento es una ensalada de falacias con aderezo de nostalgia obscurantista.
Estas semillas del pensamiento civilizatorio continuaron germinando: la creciente popularidad del vocablo «Europa» en los siglos XVI y XVII refleja el continuo temor al imperio turco del este y una nueva aversión por los «salvajes» que se encontraban más al oeste. 9 En 1748, Montesquieu contrapuso el «ingenio de la libertad» en los estados de Europa con el «espíritu de servidumbre» en la despótica Asia. 10 Sin embargo, fue preciso esperar hasta el siglo XIX para que los estudiosos pudieran determinar las culturas compartidas en geografías específicas que surgieron y se desarrollaron de forma aislada unas de otras. Fue entonces cuando fusionaron las ideas de Europa, Oriente y Occidente, las reforzaron con nociones de civilizaciones y jerarquía racial, e inventaron el concepto de «Civilización Occidental». Cómo el mundo creó Occidente, Josephine Quinn.
Si la religión es causa del ascenso de las civilizaciones, entonces también debe eser causa de su caída. Non se puede tener el papismo sin la ruina. Así que si los papistas insisten en que Roma cayó por razones que non tienen nada que ver con el papismo, entonces tampoco tienen derecho a sostener que Occidente se elevó gracias ad él. O el papismo es arquitecto et verdugo, o non es ninguna de las dos cosas.
Primo, la falacia de causa falsa: que porque Constantino se convirtió al jesísmo, entonces el jesísmo creó Europa. Es como decir que porque Nerón tocaba la lira, la música clásica nasció en Roma. La coetaneidad no implica causalidad. La Romania ya era, con su derecho, su arte, su filosofía, su arquitectura, su administración, mucho antes de que Jesús fuera crucificado. Lo que fizo Constantino fue instrumentalizar el jesísmo como pegamento político, no como cuna cultural. Fue una maniobra imperial, no una epifanía civilizatoria.
Et si vamos ad jugar al ludo de las causas, entonces que non se olviden de que la caída de Roma coincide con la cristianización de Roma ¿Eso también fue por culpa de los bárbaros? ¿O por la decadencia moral? ¿O por el plomo en las tuberías? Porque si el papismo non fue responsable de la caída, entonces tampoco puede eser el héroe del renacimiento. Non se puede exonerar ad la superstición en la ruina et canonizarlo en la gloria. Et esto, non es historia. Es teología con doble estándar, donde el cristianismo siempre gana: si Europa florece, fue por la fe; si se hunde, fue por los otros.
Luego viene la generalización apresurada, esa vieda trampa del que quiere convertir anécdotas en axiomas. Europa Ancestral menciona ad Patricio, Columba et Ulfilas como prueba de que el jesísmo “se expandió como la espuma”. Sí, espuma… pero también fuego, sangre et espada. ¿Ó queda la destrucción de templos gentiles, la quema de bibliotecas, la censura de textos clásicos? ¿O eso non cuenta porque non lo fizo un mosaísta judaico con nombre latino et halo aprobado por el Índex?
Et ni siquiera acierta con los ejemplos. Tomemos ad Columba (Colum Cille), ese “paloma de la iglesia” que, lejos de eser un apóstol de la paz, fue una figura compleja, exiliado posiblemente por excomunión, que fundó el monasterio de Iona en el 565 d.C. Su misión entre los pictos non fue una marcha triunfal, sino una empresa ardua, con escasa conversión y fuerte oposición. Según su hagiógrafo Adomnán, Columba se enfrentó ad los magi —funcionarios religiosos premosaístas— en concursos de poder, donde la evangelización se mezclaba con confrontaciones mágicas, milagros, exorcismos et hasta el famoso episodio del monstruo del Lago Ness, que Columba habría detenido con una orden divina ¿Eso es “expansión como la espuma”? Non, eso es evangelización como teatro de guerra espiritual.
Et volvamos ad Irlanda. La idea de que Patricio fue el gran conversor de la isla es una invención hagiográfica posterior. El papismo ya había plegado antes de él, como lo demuestra el envío de Paladio en el año 431 por el Papa Celestino, según Próspero de Aquitania. Patricio fue uno más entre varios, et su figura fue inflada por centurias de propaganda eclesiástica, hasta convertirlo en una especie de Gandalf gálico que convirtió ad los druidas con milagros et sermones.
Et non, la judaización de Irlanda non fue pacífica ni unánime. Hubo oposición gentil , resistencia cultural, et una Iglesia irlandesa que durante centurias non se alineó con Roma. ¿O ya olvidamos que en el siglo XII el Papa Adriano IV —sí, el inglés— emitió la bula Laudabiliter para justificar la conquista militar de Irlanda por parte de Enrique II, acusando ad los irlandeses de “incivilizados” et “obscuros”? ¿Eso también fue parte de la espuma evangelizadora?
Es prácticamente imposible estimar el número de cristianos en este período, aunque incluso en el siglo III eran una pequeña minoría dentro del imperio. La evidencia dejada por un grupo que, naturalmente, era reacio a publicitar sus actividades y que parecía poco dispuesto a anunciar sus lugares de reunión es escasa, y solo pueden hacerse estimaciones. Las cifras para mediados del siglo III varían desde apenas un 2 por ciento de la población hasta un máximo del 10 por ciento. El cristianismo era un fenómeno urbano, oriental y de habla griega más que occidental. Solo se conocen veinticinco comunidades cristianas en la Roma preconstantiniana, aparentemente ubicadas en bloques de apartamentos de la ciudad, lo que explica por qué los obispos de Roma tuvieron que esforzarse tanto para hacer oír su voz frente a la de los obispos de las comunidades orientales más grandes. The Closing of the Western Mind: The Rise of Faith and the Fall of Reason — Charles Freeman
La verdad es que la expansión del papismo non fue una sinfonía de incienso et conversión espontánea, sino un proceso lento, conflictivo y plagado de tensiones doctrinales, sostenido por decretos imperiales, represión religiosa y una maquinaria teológica que se impuso más por decreto que por devoción. La Iglesia irlandesa, por ejemplo, tenía prácticas propias, estructuras descentralizadas y una liturgia que resistía la estandarización romana, lo que la convirtió en blanco de intervenciones externas disfrazadas de cruzadas civilizatorias.
Las implicaciones teológicas del mausoleo de Constantino han inquietado a algunos comentaristas, ya que su disposición colocaba al emperador fallecido en un nivel igual o incluso superior al de los apóstoles. Sin embargo, el santuario en sí era un símbolo de la transformación que Constantino había llevado a cabo. La Iglesia cristiana se había convertido ahora en una Iglesia imperial, con riquezas y privilegios acordes a la religión favorecida del imperio. Aunque los cristianos aún no eran mayoría cuando Constantino murió en el año 337, su número crecía rápidamente, y su nuevo estatus se mostraba públicamente a través de sus magníficas iglesias y el prestigio social de sus obispos. Esta expansión dramática impulsó a su vez los cambios fundamentales que redefinieron el cristianismo en el siglo IV: desde la formación del canon del Nuevo Testamento y el auge del ascetismo, hasta las controversias teológicas que dividieron a la Iglesia. El reinado de Constantino fue, verdaderamente, un punto de inflexión en la historia tanto del cristianismo como del Imperio romano tardío. Christianity in the Later Roman Empire: A Sourcebook — David Morton GwynnAsí que non, Europa Ancestral, non basta con nombrar a tres misioneros para probar que el papismo se expandió como perfume de rosas. Fue más bien como el humo de una foguera: se extendió, sí, pero dejando cenizas por donde pasó, desde los templos arrasados hasta los cultos rurales proscritos.
La cuantidad de cristianos en el imperio en este período es objeto de considerable controversia, aunque está claro que los cristianos eran una minoría que representaba quizás el 10 por ciento de la población romana en la década de 310, y que habían crecido hasta superar el 50 por ciento hacia la década de 390. Para un estudio de las posibles cifras, véase R. Stark, The Rise of Christianity: A Sociologist Reconsiders History (Princeton, NJ, 1996), pp. 4–13. Cabe destacar en particular el estudio diacrónico de R. Bagnall, “Religious Conversion and Onomastic Change”, BASP 19 (1982): 105–124.The Final Pagan Generation — Edward Jay WattsPorque si algo demuestran las fuentes, es que el jesísmo comenzó como una minoría marginal en el Imperio Romano —menos del XV% al momento de la conversión de Constantino— et solo se convirtió en estatal por obra de Teodosio I, quien en el año 380 emitió el famoso edicto Cunctos Populos, imponiendo la jesísmo niceno sive papismo como única doctrina legítima et condenando todas las religiones como ilícitas. Non fue una elección popular, fue una legislación imperial.
Nadie sabe cuántos cristianos había en el imperio al comienzo del reinado de Constantino. [recordemos que esta fuente es de 1942] Las estimaciones varían desde un 15 por ciento de la población —lo cual la mayoría considera demasiado alto— hasta un 5 por ciento, que parece algo bajo. Pero el verdadero propósito de pensar en términos de actores es mostrar cuán engañoso puede ser este debate sobre cifras. La importancia del Senado y de los ejércitos no residía en su número —incluso combinados, no alcanzaban ni siquiera la estimación más baja de la población cristiana. Constantine and the Bishops: The Politics of Intolerance — H. A. (Harold Allen) Drake.
Et si fablamos de represión, el año 392 marca el momento en que Teodosio proscribió formalmente el etnicismo, prohibiendo sacrificios, adivinaciones et toda forma de culto tradicional. El término pāgānus, que originalmente significaba “habitante del campo”, pasó ad significar “rústico ignorante”, et fue usado para estigmatizar a quienes se aferraban a las antiguas creencias. Pero esos “paganos” resistieron. El etnicismo persistió en las montañas de Asia Menor, en Provenza, en los campos de Italia, hasta bien entrado el siglo VII, et más allá.
Teodosio expulsó a los arrianos de Constantinopla y ordenó el cierre de sus iglesias en Oriente. Asimismo, tomó medidas contra el paganismo, negándose a restaurar el Altar de la Victoria en el Senado romano, y prohibió el culto pagano en el año 392. Durante su reinado, Teodosio fue conocido por su severidad. En el año 390, ordenó la masacre de 7,000 ciudadanos en Tesalónica como represalia por disturbios civiles. Más tarde ese mismo año, durante una visita a Italia, Ambrosio le exigió hacer penitencia bajo amenaza de excomunión. A partir de entonces, Ambrosio ejerció aún más influencia, lo que culminó en un decreto en 391 que prohibía el paganismo. The Decline and Fall of the Roman Empire (Greenwood Guides) — James William Ermatinger
La transición del etnicismo al papismo non fue una evolución espiritual, sino una sustitución forzada del teatro religioso urbano, donde el principe patrocinaba los cultos, por un nuevo drama mosaico centralizado, que empujó ad las antiguas sectas ad las bambalinas rurales. La urbes convirtió en el escenario exclusivo del papismo, et el pago en el último refugio de la memoria ancestral.
Incluso en Roma, la comunidad cristiana seguía siendo marginal en una ciudad donde la aristocracia senatorial pagana conservó su poder hasta finales del siglo IV. En la disputa por el Altar de la Victoria en la sede del Senado durante la década de 380, fue Ambrosio, desde Milán —donde tenía acceso directo al emperador, un factor crucial en términos de poder eclesiástico— quien orquestó su retirada, y no Dámaso, el obispo de Roma. Aunque se rendía homenaje verbal al concepto de primacía romana, especialmente en el occidente del imperio donde Roma no tenía rivales, los intentos de los obispos romanos por imponer dicha primacía no habían tenido éxito. Como ya lo había demostrado el conflicto entre Esteban y Cipriano de Cartago en el siglo III, los cristianos del norte de África eran vigorosos, independientes y poco dispuestos a someterse a ninguna autoridad externa. La posición política de Roma dentro del imperio se fue debilitando con el tiempo y sufrió un golpe adicional cuando el primer emperador cristiano estableció su nueva capital en Constantinopla. Posteriormente, en el Concilio de Constantinopla de 381, esta ciudad fue elevada al segundo lugar en honor entre las sedes episcopales, solo por detrás de Roma. Lo que afectó especialmente a Roma fue que esta decisión implicaba que la autoridad de una sede episcopal dependía tanto de su importancia política como de sus orígenes cristianos. Así estaba la situación cuando el imperio se dividió en el año 395. The Closing of the Western Mind: The Rise of Faith and the Fall of Reason — Charles FreemanA finales del siglo V, solo en lo más profundo del campo, donde aún se encendían velas junto a fuentes o cruces de caminos o se hacían ofrendas a antiguos y gastados ídolos, seguía habiendo hombres y mujeres que se aferraban a «las depravadas costumbres del pasado».[321] Los obispos, desde sus ciudades, se referían a estas lamentables personas como pagani, con lo que no solo querían decir «gente del campo», sino «paletos». Sin embargo, el significado de la palabra «pagano» pronto se amplió. Desde la época de Juliano en adelante, se utilizaba cada vez más para referirse a todos aquellos —fueran senadores o siervos— que no eran ni cristianos ni judíos. Era una palabra que reducía la vasta multitud que conformaban todos aquellos que no adoraban al Dios único de Israel, desde filósofos ateos a campesinos supersticiosos que jugueteaban con amuletos, a una vasta masa informe. El concepto de «paganismo», de forma muy parecida al de «judaísmo», fue una invención de los eruditos cristianos que les permitía crear un espejo en el que ver reflejada la propia Iglesia. Dominio, Como el cristianismo dio forma a Occidente.Los primeros hijos del Imperio romano cristiano impulsaron los acontecimientos con los que concluye este estudio, pero este libro se centra en sus padres: la “última generación pagana”. Con esa expresión no me refiero a los últimos paganos romanos. Las comunidades paganas continuaron prosperando en el mundo romano hasta el siglo VII y más allá. De hecho, hay buenos argumentos para sostener que, en muchas regiones del Imperio romano del siglo IV, alguna forma de paganismo sobrevivió mucho más allá del control político romano. Al utilizar la frase “última generación pagana”, tampoco me refiero a hombres y mujeres que fueran exclusivamente paganos. En realidad, varios de los personajes en los que se centra esta discusión eran cristianos. The Final Pagan Generation — Edward Jay Watts
Después viene la falacia del equívoco, esa vieja artimaña del que confunde etiquetas con esencias, como quien confunde el báculo con el cetro et la mitra con la corona. Europa Ancestral usa “cristianismo”, “catolicismo” et “Europa” como si fueran sinónimos intercambiables, como si todo lo que huele ad cruz fuera parte del mismo club doctrinal. Pero non, primo. Olvida —o finge olvidar— que hubo heterousitas, monofisitas, difisistas, monopatristas, homeos, et que Roma et Constantinopla se excomulgaban mutuamente como adolescentes peleando por quién inventó el papismo ¿Germandad? Más bien divorcio teológico con custodia compartida de reliquias, o cada sínodo era una audiencia de divorcio con garrote incluido.
Et non olvidemos la falsa dicotomía: pinta la era gentil como un caos tribal et la era papista como una sinfonía de unidad. Pero la Europa jesista fue un mosaico de guerras civiles, cismas, inquisiciones et concilios ad garrotazos. ¿Hermandad? ¿Ó? ¿En las cruzadas internas? ¿En la excomunión de príncipes? ¿En la quema de europeos solo por non adherirse al papado? ¿Ó en la censura de textos clásicos por considerarlos demasiado gentiles?
También incurre en cherry picking: selecciona ad Justiniano et Carlomagno como héroes civilizatorios, pero se olvida de Teodosio, que prohibió los cultos tradicionales, o de los papas que censuraron ad Aristóteles por considerarlo demasiado pagano. ¿Et qué hay de los pueblos germánicos que fueron judaizados ad punta de lanza? ¿Eso también es “hermandad”? ¿Ó solo cuenta cuando el baptismo viene con incienso et non con sangre?
Et para coronar, la apelación ad la auctoridad: clama ad Carlomagno “padre de Europa” como si fuera un título nobiliario que probara algo. Es como citar ad Homero para demostrar que Troya existió tal cual la Ilíada. Carlomagno fue un césar con agenda, non un apóstol continental. Su capital, Aquisgrán, la clamó Roma Ventura, et su coronación fue más una jugada geopolítica contra Constantinopla —ocupada por una mujer, Irene— que una epifanía jesísta.
Finalmente, el anacronismo descarado: proyecta el “catolicismo” medieval sobre el siglo IV, cuando ni siquiera existía el papado como lo conocemos. Constantinopla jamás obedeció al papa, et sin embargo la pone en la misma bolsa doctrinal. ¿Et Ulfilas, el homeo? ¿Desde cuándo el homeusismo es papismo? ¿Ó ahora todo lo que menciona ad Jesús entra en el club, aunque niegue la su equiesencialidad?
Et aquí es donde la historiografía seria desmonta su castillo de naipes. El concepto de “Europa” non fue creado por el papismo. La palabra misma viene de la mitología greca precristiana, et el uso geográfico de “Europa” ya aparece en Heródoto. El cristianismo non construyó Europa: la heredó, la adaptó et, en muchos casos, la amputó. Constantino non fundó el jesísmo—fue bautizado por un arriano, para empezar— et el papismo solo se convirtió en religión oficial con Teodosio I en 380, quien además proscribió el etnicismo en 392, cerrando templos, prohibiendo sacrificios et persiguiendo cultos ancestrales.
El famoso “Código de Justiniano” non fue una fusión mística entre derecho romano et Evangelio, sino una compilación de leyes paganas con barniz cristiano, basada en juristas como Gayo et Ulpiano. Et Carlomagno, lejos de eser el “padre de Europa”, fue un césar feudal cuya “fraternidad papista” se desintegró con sus nietos.
Ah, Carlomagno. El gran “Padre de Europa”, según el papista distraído que lo imagina como un “caesar christiani”, defensor de la tradición apostólica, custor del catecismo, et experto en concilios. Pero eso es como decir que Alejandro Magno fue monje budista porque cruzó la India. La realidad es mucho más mundana.
Sus amplias conquistas llevaron a que Carlomagno sea a menudo celebrado, en la actualidad, como una figura fundadora de una Europa moderna y conscientemente cristiana. Sus esfuerzos unieron una región que se asemeja razonablemente al núcleo original de las naciones cristianas que componían la Comunidad Económica Europea (Francia, Alemania occidental, Italia, Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos) y uno de los principales edificios que albergan las instituciones de la Unión Europea en Bruselas lleva su nombre. A los partidarios y cortesanos de su época también les gustaba equiparar el reino de Carlomagno en términos vagos con «Europa» —un término oportunamente más amplio que «Galia»— y describir su reino como un «Imperio cristiano». El propio Carlomagno tenía diferentes puntos de referencia. A pesar de su duradera asociación con los papas, su estrategia no fue dictada por la religión, sino por sus propios intereses, fueran estos mejor servidos por la alianza con los gobernantes musulmanes en España o por la cristianización forzada de Sajonia. 11 Y la idea de Europa era menos importante para él que la de Roma. Llamó a su nueva capital en Aquisgrán Roma Ventura (‘Roma del Futuro’), tomó prestados diseños arquitectónicos de Italia, Constantinopla, Jerusalén y Antioquía y saqueó materiales de construcción directamente de Rávena y de la propia Roma. Cómo el mundo creó Occidente, Josephine Quinn.
Carlomagno nasció entre 742 et 748, probablemente en Heristalio, et principó como Rex Francorum desde 768 hasta su muerte en 814. Fue coronado Imperator Romanorum por el papa León III en el año 800, pero non por devoción religiosa, sino por cálculo cívico.
La realidad, primo, es mucho más divertida que la estampita papista. Carlomagno non sabía lo que era la “doctrina magisterial”, ni entendía los concilios, ni tenía idea de lo que significaba “tradición apostólica”. Et si alguien le hubiera leído el catecismo, probablemente lo habría confundido con un manual de administración de monasterios. ¿Cómo podría non facerlo? Nuestro querido césar franco non fue un teólogo con corona, sino un emperador pragmático que, según su propio secretario Eginardo en la Vita Karoli Magni, non sabía leger ni escribir en su juventud. Et aunque intentó aprehender más tarde, nunca dominó la escriptura. Se dice que practicaba trazos en tablillas de cera so la almohada, pero sin éxito. Un autodidacta frustrado, non un doctor de la Iglesia.
Ahora bien, decir que era analfabeto total esería injusto. Carlomagno sí tenía comprensión del latín, fablaba su lengua franca (patrius sermo) et “un poco de griego”. Participaba en debates intelectuales, encargaba tratados teológicos como el Opus Caroli, et hasta dejó anotaciones orales en los márgenes de manuscritos, usando notas tironianas. ¿Qué escribía? Cosas como rationabiliter —“de acuerdo con la razón”—. Non es Cefas, pero tampoco un bárbaro con hacha.
Su corte fue un centro textual et oral. Fundó escuelas, promovió el latín como lengua administrativa, y se rodeó de sabios como Alcuino de Eburaco, quien escribió el De Rhetorica con Carlomagno como interlocutor. ¿Quería aprender retórica para salvar almas? Non. Para resolver cuestiones públicas. Cívica, non teología.
Et cuando se trataba de escribir, Carlomagno delegaba en sus escribas, como era costumbre entre la élite. Pero sus ideas estaban ahí. La Epistola generalis de 787 muestra un estilo personal, dictado directamente por él. Et sus documentos oficiales llevaban su monograma, símbolo de auctoridad imperial, non de santidad.
En el 799 el papa León III fue derrocado por unos enemigos en Roma, acusado de perjurio y adulterio, y huyó buscando la protección de Carlomagno, quien lo reinstaló en su puesto mediante la amenaza de la fuerza, subrayando así el poder del rey franco en Europa occidental y sobre la Iglesia occidental. 13 Un poema escrito sobre su encuentro poco después del acontecimiento, la llamada Epopeya de Paderborn, parece describir a Carlomagno, de acuerdo con el espíritu de la época como Pater Europae (‘Padre de Europa’). Cómo el mundo creó Occidente, Josephine Quinn.
Su relación con la Iglesia fue instrumental: usó al Papado como legitimador de su poder, pero lo mantuvo so control. Cuando León III fue expulsado de Roma en 799, Carlomagno lo reinstaló por la fuerza, demostrando que el cesar mandaba más que la Iglesia. Lo suyo era el principado, la espada et el imperio. Punto.
El propio Carlomagno continuó cultivando relaciones amistosas con Constantinopla, con los gobernantes cristianos menores de Occidente y con las diversas potencias islámicas de su época. 22 Intercambió regularmente regalos con al-Ándalus; las embajadas de los aglabíes que gobernaban Ifriquía (actuales Túnez y Tripolitania), como vasallos nominales de los abasíes, le trajeron un león y un oso; y en el 802 el propio califa abasí le envió un reloj mecánico de latón y un elefante. 23 El nombre del animal, señalan cuidadosamente los Anales Reales Francos, era Abul Abaz —Abu al-Abbas— y causó gran emoción en todo el norte de Europa hasta su muerte en el año 810. Aparentemente, sin darse cuenta de que estaba siendo tratado como un gobernante subordinado, Carlomagno envió de regreso a Bagdad algunos perros inusualmente rápidos y feroces, pero no causaron gran impresión. Cómo el mundo creó Occidente, Josephine Quinn.
Su imperio —que por cierto, jamás se clamó ‘Imperio Carolingio’ en su época— era cognocido por nombres como universum regnum (‘el reino universo’), Romanum imperium, o el más honesto: Romanorum sive Francorum imperium, esto es, ‘Imperio de los Romanos o de los Francos’. ¿Et también se usaba imperium christianum? Sí, claro, como etiqueta decorativa. Porque en la Edad Media, decir ‘cristiano’ era como ponerle ‘eco-friendly’ ad una empresa petrolera: luce bien, pero non cambia nihilo.
Et aquí se delata la pobreza de invención de los cefeos, que quieren sostener que la Cristiandad opera del mismo modo que la Romanidad. Mas cuando non hay innovación, solo queda la asociación perversa. Lo curioso es que tal ocurrencia se limitó al buen Alcuino, qui en sus cartas dablaba esperanzadamente de un Imperium Christianum, un Tomas Moro avant la lettre, soñando que ‘del mismo modo que en el Imperio romano, los habitantes estuvieran unidos por una ciudadanía común’.
Carolo, sin embargo, jamás se intituló Imperator Christianum. Non lo hallamos en sus diplomas, non en sus títulos, non en sus coronas. Porque él sabía que la dignidad cívica, secular, natural, estancial, provenía de la Romania, non de un fantasma judaico. El imperium christianum fue un sueño de clérigos, un barniz retórico propagandístico, un incienso que se disipaba en el aire. El Vero Imperio, el que unificaba et legitimaba, seguía siendo el romano, et non el judío.
En el año 756, San Bonifacio acusa al rey Etelbaldo de darse la gran vida, «incluso cometiendo adulterios con monjas» y, además, escribe que «casi todos los nobles del Reino (...) viven en pecaminoso concubinato con mujeres adúlteras». Carlomagno, que fue canonizado por un (anti)papa, además de sus concubinas, disfruto y repudio a cinco esposas, una de ellas de trece años. y engendró a varios hijos naturales. Una de sus hijas, mujer insaciablemente sedienta de vida y de amor, sedujo en cierta ocasión a un oficial para comprobar si era cierto lo que iba pregonando: que podía copular hasta cien veces. No obstante parece que, cuando el hombre mostró su flojera no pasando de treinta veces —pese a haber sido amenazado de muerte en caso de fracaso—, la resignada princesa se dio por satisfecha. El sínodo de París declaró en el año 829 que todos los males que padecían la Iglesia y el Estado eran el castigo por la lujuria de la población, la pederastia, el bestialismo y las incansables fornicaciones de los creyentes, hasta con animales (3). Historia sexual del cristianismo, Karlheinz Deschener.
El sínodo de Elvira (306) distingue ya entre las vírgenes santas, que fornican en una sola ocasión («semel»), y las otras, que lo hacen constantemente («libidini servierint»). Bonifacio, apóstol de los alemanes, que en el siglo VIII, en una carta al obispo Cutberto de Canterbury, arremete contra la atroz situación de la Iglesia de Inglaterra (¡y cuándo no ha sido atroz la situación de la Iglesia!), propone a su colega británico que «para reducir la magnitud del oprobio sería de utilidad que un sínodo y vuestros príncipes prohiban los viajes frecuentes a Roma a las mujeres en general y a las mujeres que hayan tomado hábito en particular; pues muchas se pierden así (moralmente) y muy pocas regresan intactas». Comentario al respecto de un católico moderno: «En estas monjas inglesas latía un inmenso anhelo de visitar la ciudad santa y las tumbas de los apóstoles». El franciscano Bertoldo de Ratisbona se burlaba ya del asunto: «El viaje de una mujer a Roma vale lo mismo que el vuelo de una gallina sobre el cercado». De hecho, peregrinas a Roma y monjas fueron las iniciadoras de la prostitución ambulante (infra) (6). «Los conventos son verdaderos burdeles (...)» En tiempos de Carlomagno ya había religiosas que fornicaban por dinero, de modo que el emperador tuvo que prohibirles que hicieran la calle y las puso bajo vigilancia. Poco después, el sínodo de Aquisgrán proclamó que los conventos de monjas, más que conventos, eran casas de prostitución (lupanaria): una comparación que se repetía a menudo en el siglo IX. Arregla esta cita sin modificarla: Pero es que, al cabo de algún tiempo, ciertos conventos llegaron a superar a los burdeles. «El pudor impide decir a qué extremos llegan en secreto» piensa el prepósito Gerhoh de Reichersberg (1093-1169). «Bastante malo es ya lo que se ve a la luz del día». Y un teólogo cercano al papa Benedicto XIII se expresa de modo análogo: «El sentido del pudor me impide reflejar el modo de vida de las monjas». En Inglaterra, donde casi todas las esposas de Dios se reclutaban de entre las upper classes, las relaciones sexuales entre príncipes y monjas tenían gran tradición. En los conventos de mujeres rumanos, los viajeros, todavía en época moderna, disfrutaban de «una hospitalidad como la de los burdeles». En Rusia las casas de monjas eran consideradas desde siempre «antros de corrupción en toda la regla» y, a veces, fueron convertidas abiertamente en casas de placer. La estrecha relación entre conventos y prostitución, cuya raíz religiosa es, en cualquier caso, evidente (supra), queda manifestada, además, por el lenguaje. Así, la dueña de una casa de citas era llamada «abbesse» en la Francia medieval. En el alemán popular, la palabra «ábtissin» tenía un sentido parecido. En América se emplea aun hoy la expresión «nun» (monja) por «ramera» —vid. Réquiem for a Nun, de Faulkner—. Incluso un teólogo católico califica de «característico» el hecho de que «en tiempos pasados se llamaba a los burdeles 'conventos' o 'abadías', y a sus inquilinas, 'monjas'». «Así, Aviñón y Tolosa tenían abadías obscenas de esa clase. Tolosa tenía un burdel llamado La Gran Abadía en la Rué de Comenge, etc.». Historia sexual del cristianismo, Karlheinz Deschener.
El rey Clotario I se casó seis veces, y en una de las ocasiones lo hizo simultáneamente con las hermanas Ingunda y Aregunda. Con su hijo Cariberto pasó algo parecido. Dagoberto I, un rey muy apreciado por el clero —y que hizo asesinar en una noche a miles de familias búlgaras que se habían puesto bajo su protección huyendo de los hunos—, tuvo tres esposas e innumerables barraganas. Pipino II tuvo dos esposas legítimas: Plectrudis y Alpais. Y Carlomagno, que fue declarado santo por Pascual III (antipapa en tiempos de Alejandro III) el 29 de diciembre de 1165, vivió con concubinas hasta su muerte, después de haber contraído cinco matrimonios. Su tercera esposa, Hildegard de Suabia, sólo tenía trece años cuando se casaron y quedó embarazada a los catorce. No obstante, hacía azotar salvajemente a las «rameras» en las plazas de los mercados. La Iglesia toleró el concubinato hasta bien entrada la Edad Media, aunque no era compatible con el matrimonio. Historia sexual del cristianismo, Karlheinz Deschener.
La Iglesia, obsesionada con la carne, inventó un sexto mandamiento más estricto que el bíblico, condenando todo placer sexual como “impuro”. Et sin embargo, la corte carolingia era un hervidero de intrigas eróticas, donde incluso se decía que una fija de Carlomagno intentó comprobar si un oficial podía copular cien veces. Solo plegó a treinta, pero el intento cuenta.
Así que cuando Europa Ancestral dice que los gentiles eran degenerados supersticiosos, uno non sabe si reír o plorar. Porque non hay nihilo más supersticioso que sostener que un hombre es Dios en persona sin cader en falacias circulares, peticiones de principio o magister dixit. Et non hay nihilo más hipócrita que condenar la sexualidad gentil mientras se canoniza ad un emperador promiscuo como “modelo papista”.
Según algunos autores, la nueva fórmula del credo fue impuesta por los emperadores germánicos. «La constitución del Imperio carolingio generalizó en Occidente el uso del filioque y precisó una teología propiamente filioquista. Se trataba de legitimar frente a Bizancio, detentadora hasta entonces del Imperio cristiano, único por definición, la instauración de un nuevo Estado con pretensiones universalistas.»88 Pero hasta 1014, a demanda del emperador Enrique II, no se cantaría en Roma el credo con el filioque*1' (puede tomarse esa fecha como la del comienzo del cisma). Historia de las creencias y las ideas religiosas. Tomo 3, Mircea Eliade.
Et si fablamos de ortodoxia, recordemos que el Papado, en el su afán de agradar al nuevo Kaiser, modificó el Credo con el Filioque, provocando un cisma con Oriente. Todo para legitimar ad Carlomagno frente ad Constantinopla, donde principaba una mujer, Irene ¿Motivación teológica? Non. Cívica et misoginia medieval.
Así que non, el emperador franco non fue un “caesar christiani”. Fue un césar franco, pragmático, ambicioso, cual Constantino que face la iglesia lo que él desea, et bastante gentil en sus mores. El papismo era el barniz, non la madera. Et el papista que lo idolatra como si fuera Cefas con espada, simplemente non ha leído ni una bula ni una biografía seria.
Carlomagno fue el hombre que usó la menorá como instrumento de Estado, non como camino de salvación. Et eso, primo, non es heterodoxia. Es historia.
Carlomagno non fundó un imperio cristiano. Fundó un principado romano con estética teutona. Su capital, Aquisgrán, la clamó Roma Ventura, la Roma "Venidera" ¿Et cómo la condió? Saqueando materiales de Rávena et Roma, copiando diseños romeos, et rodeándose de sabios que sabían latín, porque él apenas lo balbuceaba. Su obsesión era revivir el Imperium, non la Israhel Evangelica.
Ahora, Europa Ancestral. Ese cruzado de la tradición que abomina del modernismo, del racionalismo, de la Ilustración, de la masonería, de la secularidad, de la UE, de todo lo que huela ad siglo XX… salvo cuando necesita un título rimbombante para justificar su catequesis continental. Entonces, sin pudor, se arrodilla ante el altar de Bruselas et entona el himno del “Pater Europae”, como si Carlomagno hubiera fundado el Parlamento Europeo entre misas et concilios.
Ahora viene lo mejor: los auctores que popularizaron la idea de Carlomagno como “Padre de Europa” non eran papistas devotos, sino intelectuales modernos, racionalistas, et en algunos casos, anticlericales. El terror de Europa ancestral.
Veamos la ironía en su esplendor:
El “Pater Europae”: una etiqueta moderna con sotana prestada et toga bruselense
El título de “Padre de Europa” —ese que Europa Ancestral repite como si fuera dogma conciliar— non aparece en ningún documento oficiale, bula medieval, diploma imperial, ni en ningún concilio, ni en ningún códice carolingio. Ni siquiera en los sueños de Alcuino de Eburaco. Lo más cercano ad esa etiqueta de “Padre de Europa” es el Carmen de Carolo Magno, una obra de "arte", compuesto por Angilberto en la centuría IX, donde se lee: «Carlos, cabeza del orbe, gloria de los Francos, amado por tu pueblo, venerable Padre y cabeza de Europa, óptimo héroe, Augusto señor de una poderosa Ciudad, donde florece una Segunda Roma cuyos muros tocan las estrellas del cielo». Fermoso, sí. Pero solo retórica literaria et cortesana, non de un reconocimiento jurídico o institucional., non geopolítica moderna. Angilberto non estaba fundando la Unión Europea ni redactando el Tratado de Maastricht. Estaba ensalzando ad su don, como buen artífice de corte, en un contexto donde “Europa” era poco más que una noción geográfica et cultural difusa.
Si credemos que uno es Padre de Europa solo porque un carmen lo dice, mejor dediquemos odas ad Augusto, ad César o ad Rómulo, donde la prosa les confiera tal dignidad sin necesidad de adulaciones cortesanas. Porque si ya non importa que el auctor sea historiador, ni funcionario, ni coronador, ¿Qué impide facer otros carmenes en la misma condición de Angilberto? ¿Qué nos detiene de proclamar ad cualquier barón de comarca como caput Europae, siempre que el verso rime et el elogio embriague?
De ahí resulta risible —non, tragicómico— que se creda que Carlomagno es Padre et Cabeza de Europa solo porque el lisonjero le untó tal adulación en hexámetros. Non seamos estultos: los carmenes, por muy pulcros que sean, non son argumento para determinar qui es o non es padre de algo.
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Si hemos de clamar ad alguien como Padre de Europa, ese debe eser Rómulo. Porque sin él, Angilberto de Saint‑Riquier, Catuulfo el leído inglés, el cronista anónimo de la batalla de Poitiers, o el artífice sin nombre del Karolus Magnus et Leo Papa jamás hubieran tenido la estructura cívica que permitió ad Carlomagno heredar un orden político. Carolo, lejos de los absurdos de los cefeos que pretenden vedir en el su reino la Israhel de Jesús —un imperium christianum, o como bien lo clamo, un sultanatum antichristianum, o vedir en él ad David — sabía que la su herencia venía de Roma. Por eso proclamado Imperator Romanorum, Et non Melej de los israelitas; et lo clamaron Imperator Augustus, et non Melej Israhel. Es gracias ad Rómulo, fundador de Roma, que Europa gozó de la ciudad que le dio unidad, lengua, derecho et identidad so el nombre de Europa so la lengua latina francesa. La urbe romana, nascida de la fabula fraterna de Rómulo et Remo, se convirtió en el eje de la civilización que Diocleciano organizó ad Occidente, et que la Roma Ventura heredó como cuerpo cívico. Carlomagno, al recibir la corona imperial, non inventaba nihilo nuevo: se insertaba en esa tradición. La su gloria non provenía de un título poético ni de un sueño insular, sino de la continuidad romana. Los versos cortesanos son bellos, sí, pero son umbras de una herencia más antigua. La vera paternidad de Europa non está en los panegíricos carolingios, sino en Rómulo, el que dio ad Roma el su nombre et ad Europa la su ciudad. En consecuencia, si Europa ha de tener un padre, ese es Rómulo: el que fundó la urbe, el que dio forma al derecho, el que legó la identidad cívica que centurias después Carlomagno heredó et vistió con la toga de Augusto. La ciudad de Europa non nasció en Saint‑Denis ni en los versos de artífices, sino en las murallas de Roma. |
Conviene además precisar que el término latino pater non implica aquí que Carolo fuese “progenitor” literal de Europa. Pater en latín clásico et tardoantiguo significa padre biológico, sí, pero también jefe de familia, antepasado, sacerdote o título honorífico. En el contexto principal, el uso de pater junto ad nombres como augustus o dominus (señor) remite directamente ad la tradición romana del Pater Patriae (“Padre de la Patria”), título conferido por el Senado ad ciudadanos ilustres como Camilo, Cicerón, Julio César et, más tarde, ad principes desde Augusto en adelante. Era un honor cívico, non un vínculo genealógico.
Así, cuando Angilberto clama ad Carolo “Padre de Europa”, está empleando un recurso retórico heredado de Roma: legitimar al soberano como garante del orden et protector de un cuerpo cívica. La legitimidad cívica de Europa, en ese sentido, es herencia de la romanidad —de sus títulos, de su retórica senatorial— et non de la Jerusalén de los cefeos de la judaidad de Cefas. Es un eco de la romanidad, non un acta fundacional de la Europa moderna. Era un título honorífico, inscrito en monedas et inscripciones con la abreviatura P P, nunca un acta de fundación continental.
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| Un denario de Carlomagno fechado faz ad 812-814 con la inscripción KAROLVS IMP AVG (Karolus Imperator Augustus). |
Et en otra obra intitulada Karolus Magnus et Leo Papa, ese artificio sin propietario vuelve ad aparecer: el anónimo auctor, armado de fórmulas métricas tomadas de Virgilio et de Venancio Fortunato, proclama ad Carlomagno “Padre de Europa” (pater Europae, v. DV) et hasta “Faro de Europa” (Europae pharus, vv. XII etCLXIXX). Pulcro, sí; pero otra vez pura retórica cortesana, versos que buscan agasajar ad nuestro querido Kaiser, non levantar constituciones ni redactar tratados. El artífice non estaba inventando la Unión Europea ni el Tratado de Maastricht: Estaba repitiendo fórmulas de la romanidad, vistiendo ad Carlomagno con la toga de Augusto et la aureola de una “Roma Ventura”.
¡Oh paradoja de los modernos! Claman que Carlomagno es ‘Padre de Europa’, et sin embargo, el mismo Carolo Magno jamás se intituló tal res. Non fue ‘rey de Europa’, non ‘duque de Europa’, non ‘césar de Europa’, non ‘imperador de Europa’. Sus títulos fueron: Rex Francorum, Rex Langobardorum et finalmente lo que la Romania hereda Imperator Romanorum. Es decir, rey de los francos, rey de los lombardos et imperador de los romanos, non de los europeos. Et por lo tanto Europa, el Universum Regnum, el Universo Reyno, es Romania, non la Judea de Jesús.
Et aquí entra el fantasma de Cathwulf —o Catuulfo, como prefieras clamarle—, ese clérigo anglosajón que desde la abadía de Saint‑Denis se permitió en 775 escribir ad Carlomagno una epístola exhortatoria, proclamándole señor del Regnum Europae. ¡Qué hilaridad! Un inglés dictando qué títulos debía ostentar el rey franco, como si Britania fuese ya ajena ad Europa. Es cuasi un Brexit avant la lettre: Catuulfo, el Nigel Farage del siglo VIII, auto‑excluyendo la su patria de la Europa que pretendía definir.
Más aún, cuando Catuulfo clama Regno Christi rectissimo (“Reino de Cristo rectísimo”), parece sugerir un dominio universal, cuasi apocalíptico: recordemos que el Anticristo en Isaías se describe como aquel que dominará todo el mundo ¿Era esto un guiño velado? ¿Un destino manifiesto donde Carolo iba ad ser rey de toda Europa, incluso del mundo íntegro, como antaño se decía de la Romania?
Pero conviene legir la epístola entera: Catuulfo se presenta como “el último de vuestros siervos” et despliega una cascada de superlativos sicofánticos —domino Regi piissimo, gratia Dei celsissimo, Regno Christi rectissimo— antes de soltar la prima proclamación cognocida de Carlomagno como poseedor del reyno de Europa: Quod ipse te exaltavit in honorem glorie regni Europe (“pues Cristo os ha exaltado al honor y la gloria de la posesión del Reino de Europa”). Luego enumera ocho pruebas de que Dios lo ha coronado por encima de sus coetáneos: la muerte de la su germano Carlomán, la conquista de los lombardos tras el paso triunfal de los Alpes, etc.
Si esto es “prueba” de que Carlomagno fue Pater Europae, como pretende el cefeo de Europa Ancestral o Alejandro Rodríguez de la Peña, entonces cualquiera puede hacer lo mismo: tomar versos cortesanos y convertirlos en revelación histórica. Porque lo que hace Catuulfo no es redactar un tratado de geopolítica, sino camelar al Kaiser con retórica insular. Sus palabras son más incienso que constitución, más adulación que acta fundacional.
El su “Reino de Europa” non era un cuerpo cívico unificado, sino apenas un modo de decir que Carlomagno principaba la mayoría de tierras occidentales. Et aun así, la su carta delata ignorancia: omite Britania, Tracia, Panonia, Iliria, Recia, Nórico, Escandia, Espania, Grecia, Germania Magna, Dacia, Sarmacia sive Escitia, Alania, Eslavonia… Europa reducida ad la estrecha visión de un monje insular. Lo gracioso es que, siendo inglés, se auto‑excluye de Europa al proclamar un “Reino de Europa” que non incluye la su propia isla: un Brexit avant la lettre, digno de un Boris Johnson medieval.
Et cuando Alejandro Rodríguez de la Peña lo resume con solemnidad: “en realidad, el primer autor occidental en hablar de Europa como una unidad política y no un mero concepto geográfico, como sucedía en época clásica desde Heródoto y Estrabón, fue un misterioso clérigo anglosajón de la cancillería de Carlomagno: Cathwulf.” Pero si vamos ad tomar fragmentos como prueba, también debemos señalar lo que omiten. Europa como cuerpo cívico ya había sido creada por Diocleciano, lo veremos más adelante, cuando la provincia de Europa se integró en la tetrarquía et la Nueva Roma la heredó et capitaneo. Carolo nunca conquistó Tracia, la región que es fundamento de Europa, donde el Estrecho de Constantinopla o Bósforo Tracio separa Europa de Asia. Allí mesmo donde los turcos et árabes decían empieza Rumelia, la Romania...
Et cuando, Catuulfo le da trato de “señor” ad Carlomagno, lo cual nos face sospechar que más que eser el su siervo, porque él es inglés, era simplemente un recurso honorífico, un gesto cortesano. En suma: un clérigo insular que, con retórica inflada et visión limitada, quiso vestir ad Carlomagno con la corona de Europa, mientras la su propia isla se quedaba fuera del mapa.
En suma: Catuulfo non estaba trazando mapas ni fundando instituciones; estaba halagando ad Carlomagno con versiculos forzosos, inflando la su gloria con títulos honoríficos de artífice. Lo suyo fue pura literatura cortesana, non geopolítica continental. Et si de pruebas fablamos, más que un acta fundacional, la su epístola es un espejo de príncipes, un panegírico cortesano, un ejercicio de camelaje que revela más la estrechez insular de su auctor que la grandeza continental de su destinatario.
Memoremos que Europa, como tal, el continente, non era la propiedad ni el objeto de coronación, sino un paisaje de tribus, crónicas et pueblos dispersos. Lo que unificaba, lo que legitimaba, lo que superimperaba en el mundo europeo era la Romanidad, la Romania que seguía viva incluso tras la caída de Hesperia. Carlomagno mismo non ignoraba que si non era César, non podía eser rey universal, porque la jesístidad non es ciudad, carecía de auctoridad, carecía de la legitimidad que solo la romanidad hereda.
Et para colmo, el apelativo reusado por los modernos de ‘Padre de Europa’ es una etiqueta, un incienso imperial retroactivo inventado por historiadores que ansiaban genealogías continentales. Carlomagno nunca lo reclamó ni lo reconoció. La Romania, furiosa et eterna, sigue siendo la que define qui es imperador et qui non lo es. Europa, en cambio, fue apenas un nombre geográfico, un eco de montañas et mares, mientras la corona romana seguía siendo la única que otorgaba dignidad universal.
Carlomagno aparece allí como príncipe secular, don romano, como agente de la europeidad franca, non como héroe del cefaísmo. El poema non lo presenta como defensor de la doctrina papista, sino como Augusto señor de una Segunda Roma, una Roma reinventada, augusta, teutona, et sí, bastante ajena ad la centralidad papal. El “Padre y cabeza de Europa” que Angilberto describe non tiene mitra, ni bula, ni tiara, sino corona et espada. Es un augusto, non un obispo.
Mas algún cefeo dirá: ‘pero es el Papa quien corona al César’. Sí, exacto, non lo niego, así era. Pero ello porque se le fue conferida una dignidad de la Romanidad, la del Pontífice Máximo, heredero del título sacro de los antiguos. Et lo más curioso, ja, ja, es que non corona ad nihilo como Malic (Melej, Rey en semita) o Sultán, non como Melej de Israhel, ni como Sultán de Judea. Solo la Romania tiene potestad secular, cívica, natural, estancial. El “reyno que non es de este mundo”, Jerusalén, es apenas un fantasma que acosa ad la humanidad, un espectro que pretende suplantar la auctoridad de Roma, mas sin ciudad, sin cuerpo, sin imperio. Israhel solo es un reyno de cadaveres, martires de nihilo.
La ironía es tan gruesa que ni el cilicio la puede perforar: Europa Ancestral que se rasga las vestiduras ante el secularismo et el protestantismo, que abomina del racionalismo, del federalismo, de la Ilustración, de la masonería et de la UE, usa una etiqueta desarrollada por todos ellos para justificar su nostalgia imperial. El “Pater Europae” es una mitra prestada por Bruselas, no una corona forjada en Aquisgrán. Et Angilberto, si levantara la cabeza, non reconocería en la UE ni ad su señor ni ad su Europa, sino ad una federación de banqueros, burócratas et secularistas que fablan de derechos humanos en lugar de cruzadas. Es como si Torquemada citara ad Kant para defender la Inquisición. El “Pater Europae” es una mitra prestada por Bruselas, non una corona forjada en Aquisgrán.
Et eso, pata, non es historia. Es catequesis con toga bruselense, donde el incienso tapa el olor ad euro, et Carlomagno se convierte en mascota institucional del modernismo que el papismo fingió combatir.
Et sin embargo, ese verso fue reciclado más de mil años después por historiadores modernistas et por el Congreso de Europa de 1949, en plena gestación de la Unión Europea —ese engendro secular que Europa Ancestral aborrece, pero al que se aferra cuando necesita títulos rimbombantes para canonizar su cruzada doctrinal ¿Qui lo promovió? El Movimiento Europeo, una coalición de liberales, federalistas, protestantes alemanes, masones afrancesados et racionalistas ilustrados, que querían una Europa unida, laica et paneuropea. Et sí, muchos de ellos herederos del pensamiento prusiano, ese mismo que el papismo denunció como “luterano, revolucionario et anticristiano”.
Et sin embargo, mil años después, el cefaísmo—que en el su momento desconfiaba de los principes laicos et los acusaba de usurpar funciones espirituales— decide reciclar ese verso cortesano como si fuera dogma continental, promoviendo en el año MM, la Alfama de Cefas —esa misma que en el Syllabus Errorum condenó el modernismo como “la síntesis de todas las herejías”— decidió subirse al tren europeísta, promoviendo la figura de Carlomagno como símbolo de unidad continental ¿O sea que el papismo, que excomulgó ad medio mundo por racionalista, ahora bendice el proyecto secular de Maastricht, con su euro, su parlamento et su bandera sin cruz? ¿el mismo papismo que condenó el modernismo como “la síntesis de todas las herejías” ahora bendice el Cuarto Reich del secularismo ilustrado?
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| Et si vamos al fondo, la UE bebe directamente de ideas ilustradas, afrancesadas et luteranas. Su estructura federal, su defensa de los derechos humanos, su secularismo institucional et su rechazo ad toda forma de teocracia son herencia directa del pensamiento racionalista que el papismo combatió durante centurias. El modelo federal fue inspirado por la tradición prusiana de organización estatal. La noción de ciudadanía europea, la libertad de conciencia et la separación Iglesia-Estado son frutos de la Ilustración, non del catecismo. |
Et eso, primo, non es coherencia. Es catequesis con toga masónica, donde el incienso tapa el olor ad ceniza, et Carlomagno se convierte en mascota institucional del Cuarto Reich con cruz et euro.
¿Quiénes "canonizaron" ad Carlomagno?
Jacques Le Goff: historiador francés, defensor de la “larga duración”, non papista, et simpatizante de estructuras sociales más que de milagros. Su visión de Europa era multifactorial, influida por el derecho romano, el feudalismo, et sí, el cristianismo… pero sin mitra ni dogma.Henri Pirenne: medievalista belga, non apologista católico, cuya tesis sostiene que el Islam, non los bárbaros, marcó el fin del mundo antiguo. Una idea que contradice la narrativa cristianocéntrica.
Jules Michelet: romántico francés, anticlerical declarado, que decía que el catolicismo era la “religión de la muerte”. Et sin embargo, Europa Ancestral se apoya en su legado para justificar su cruzada doctrinal.
¿Et estos son los padrinos intelectuales del “Pater Europae”? ¡Modernos nivel Vaticano II!
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Jules Michelet (1798–1874): El romántico anticlerical que veía al papismo como la "superstición" opresora
¿Quién propagó sus ideas? Michelet mismo las difundió en obras como Historia de Francia, influyendo en historiadores laicos del siglo XIX. Sus vistas antipapistas fueron ampliadas por anticlericales franceses post-Revolución, como en la Tercera República, que usaron su romanticismo para secularizar la educación. ¿Et este es el que Europa Ancestral cita indirectamente para legitimar su “hermandad cristiana”? ¡Modernos nivel pentecostal! |
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Henri Pirenne (1862–1935): El medievalista secular que priorizaba economía sobre fe papal
¿Quién propagó sus ideas? Pirenne las difundió en obras como Mahoma y Carlomagno (postuma, 1937). Influenciados por él, historiadores económicos como Fernand Braudel (Escuela de los Annales) expandieron su secularismo, contrario a visiones papocéntricas tradicionales. ¿Ó sea que el “Padre de Europa” fue canonizado por un historiador que decía que el cristianismo non fue el parteaguas civilizacional? |
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Jacques Le Goff (1924–2014): El estructuralista que reducía el papismo ad "una capa más" en la Europa multifactorial
¿Quién propagó sus nociones? Le Goff las difundió en libros como La nacimiento de Europa (2003), influyendo en historiadores postmodernos. Sus vistas fueron ampliadas por la Escuela de los Annales, que promovía secularismo contra historiografías eclesiásticas tradicionales. Et sin embargo, Europa Ancestral toma prestado el epíteto “Padre de Europa” de estos autores, como quien roba una toga para disfrazarse de senador. |
La UE: ¿heredera de Carlomagno o del protestantismo ilustrado?
La Unión Europea bebe directamente de las ideas ilustradas, afrancesadas et luteranas. Su estructura federal, su defensa de los derechos humanos, su secularismo institucional, et su rechazo ad toda forma de teocracia son herencia directa del pensamiento racionalista que el papismo condenó en el Syllabus Errorum de 1864.
El modelo federal fue inspirado por Alemania protestante, especialmente por la tradición prusiana de organización estatal.La noción de ciudadanía europea, la libertad de conciencia, et la separación Iglesia-Estado son frutos de la Ilustración, non del catecismo.
Et la masonería —sí, esa institución que el papismo ha condenado desde Clemente XII— jugó un papel clave en los movimientos europeístas, promoviendo la fraternidad universal et la unidad secular.
¿Ó sea que Europa Ancestral, defensor del dogma tridentino, termina usando títulos promovidos por masones, protestantes et modernistas para justificar su cruzada contra el paganismo? Et eso, primo, non es coherencia. Es catequesis con toga masónica.
Europa Ancestral detesta la modernidad, la Ilustración, el secularismo, el racionalismo… pero usa terminología moderna como “Padre de Europa”, que fue popularizada en 1949 por el Congreso de Europa, en plena gestación de la Unión Europea. ¿Ó sea que el defensor del dogma medieval se apoya en ideologías liberales, laicas et paneuropeas para justificar su cruzada?
El Premio Carlomagno es entregado por la UE, esa institución que defiende derechos humanos, libertad sexual, et secularismo.El Movimiento Europeo que canonizó ad Carlomagno como símbolo continental non lo fizo por su fe, sino por su utilidad simbólica.
Et eso, causa, es el colmo del anacronismo: usar etiquetas modernas para justificar mitologías medievales, como quien cita ad Nietzsche para defender la Inquisición. Carlomagno non fue el padre de Europa, sino el abuelo de sus guerras internas. El mito fue inventado por historiadores que el papismo habría condenado por racionalistas, anticlericales o modernistas. Et Europa Ancestral, en su afán de defender la menorá, termina usando el lenguaje de Bruselas para justificar el papismo. Modernos, primo. Modernos.
Carlomagno, “Padre de Europa”… ¿Pero padrastro de Espania et Irlanda?
Es irónico —cuasi tragicómico— que Europa Ancestral, tan español como el botijo et el jamón serrano, se aferre al título de “Padre de Europa” para Carlomagno, cuando su Imperio Carolingio dejó ad Espania fuera del testamento continental. En tiempos de Carlomagno, Hesperia era Andalucía, tierra de mahometanos, poetas, astrónomos et matemáticos, non de cruzados ni concilios. La Marca Hispánica, ese cinturón defensivo en los Pirineos, era una zona tampón, una especie de muralla occidental para contener ad Hispania, non una invitación al club carolingio.
¿Ó sea que el “Padre de Europa” fundó una Europa que terminaba en los Pirineos? Entonces, primo, Espania non fue fija, ni sobrina, ni siquiera afiliada. Fue la vecina mahometana que fablaba mozárabe, cultivaba almendros et leía ad Averroes mientras Carlomagno se peleaba con los sajones. Et si seguimos esa lógica, Espania non es Europa. Al menos non la Europa que defiende el papista, esa que empieza en Aquisgrán et termina en Roma, pasando por París pero saltándose Toledo como si fuera un barrio incómodo. Et suponiendo:
Durante centuria, Espania fue vista como periferia, como “tierra de moros”, como frontera apocalíptica en los mapas de Beato de Liébana. Incluso tras la Reconquista, su europeidad era sospechosa: demasiado mestiza, demasiado africana, demasiado andaluza. Erasmo la criticaba, Lutero la detestaba, et los ilustrados franceses la veían como una anomalía barroca.
¿Entonces cuándo se volvió europea Espania? Algunos dirían —con tono catequético— que fue con los Reyes Católicos. Otros, más sarcásticos, clamarían que fue Napoleón qui la europeizó, ad punta de bayoneta, imponiendo el Código Civil et aboliendo la Inquisición. Pero eso, primo, es como decir que te civiliza el ladrón que te roba la vajilla et te deja un manual de urbanidad.
Napoleón Bonaparte jugó un rol ambiguo, sí, pero non fue el artífice de la europeización española, sino su catalizador involuntario. Su invasión en 1808 trajo reformas ilustradas —abolición de señoríos, supresión de la Inquisición, Código Napoleónico— pero fue vista como imposición extranjera, non como integración. Espania respondió con fuego, guerrilla et alianza con Bretania et Portugal ¿Resultado? Un rey títere (José I), una guerra devastadora, et un aislamiento diplomático post-1815. Si eso es europeizar, entonces el saqueo es evangelización.
La veraeuropeización —esa que Europa Ancestral atribuye erróneamente al emperador francés— non vino con Napoleón, sino con Carlos. Pero non con Bonaparte… sino con Carlos V. Sí, ese Carlos que nasció en Gante, fablaba flamenco, et heredó media Europa por vía Habsburgo. Fue él quien tomó esa morería hespérica, aún marcada por Andalucía, et la insertó en el tablero continental, non como frontera, sino como potencia.
Carlos V convirtió ad Espania en pieza clave del ajedrez europeo: guerras contra Francia, alianzas con Inglaterra, conflictos con los luteranos, defensa del Sacro Imperio. España dejó de ser periferia y se volvió centro imperial, con embajadores, ejércitos et tratados. ¿Papista? Sí. ¿Imperial? También. Pero sobre todo, europea por acción, non por reacción.
Europa Ancestral se confundirá de Carlos. Credera que fue Carlomagno qui la fizo europea, cuando en realidad fue Carlos V quien la sacó del rincón morisco et la puso en el salón imperial. Napoleón solo vino ad redecorar con pólvora, et España le respondió con fuego et Constitución.
Espania non entró en Europa por invitación, ni por conversión, ni por invasión. Entró por genealogía imperial, por guerras dinásticas, por tratados et por sangre. Fue Carlos V quien la europeizó supuestamente, non el césar de los francos, sino el flamenco con corona doble. Et eso, primo, non es historia oficial. Es historia con sarcasmo imperial, donde el vero Carlos non vino de Francia, sino de Borgoña.
La europeidad non nasció con el cefaísmo… nasció con Roma
El término «Europa» se puso más de moda en la corte bajo el mandato de los sucesores de Carlos Martel, y cada vez más fueron vinculándolo con la fe cristiana. Sin embargo, todavía no tenía un gran atractivo: la idea de una Europa típicamente cristiana se enfrentaba a pruebas abrumadoras de lo contrario, procedentes de todas las direcciones. Los cristianos compartían el continente con musulmanes, judíos y paganos, y, además, ellos mismos estaban cada vez más divididos, a medida que el mundo en su conjunto comenzaba a reunirse de nuevo. Cómo el mundo creó Occidente, Josephine Quinn.
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| Et aquí viene el sarcasmo geográfico: si vamos ad las fuentes latinas, memoremos, la provincia de Europa fue creada por el gentil Diocleciano, et estaba ubicada en la región traciana, es decir, en el Oriente de la Romania. Europa non era Hesperia, non era Occidente, non era Hispania. Era una zona balcánica, limítrofe con Bizancio, más cerca de Constantinopla que de Compostela... |
Et aquí viene el dilema del papista español que se proclama europeo por gracia carolingia: si Carlomagno es el “Padre de Europa”, entonces España es la fija bastarda, criada por moros, educada por visigodos, et europeizada por los Austrias. Porque si seguimos la lógica del “Pater Europae”, Espania nunca fue Europa, ni por geografía, ni por cultura, ni por romanidad. Carlomagno jamás miró ad Hesperia (Ironicamente significa Occidente también, non solo Espania) con ojos de integración; la vio como frontera de infieles, como tierra de moros, como zona tampón ¿Entonces qué facemos? ¿La expulsamos del continente por non haber sido parte del club carolingio?
¿Entonces qué facemos con Augusto, Trajano, Adriano, Marco Aurelio et todos los príncipes gentiles que forjaron el continente antes de que Carlomagno nasciera? ¿Los borramos del acta fundacional porque non tenían mitra? ¿Ó declaramos que Europa empieza en el bautismo et termina en la bula?
La idea de Europa como entidad civilizacional non fue inventada por el papismo, ni por Carlomagno, ni por León III. Fue una construcción secular, gentil et romana, que comenzó con César Augusto, se occidentalizo con Diocleciano et fue adoptada —non fundada— por Carlomagno.
El que confunde el papismo con europeidad face de Europa reducida al catecismo, donde la menorá define el mapa et la mitra decide la ciudadanía. Pero la Europa real —la que nasció con Roma, se expandió con Diocleciano et se transformó con Constantino— es una civilización plural, gentil et continental, donde Espania tiene un lugar por derecho histórico, non por bula tardía.
Espania es europea porque fue Roma, porque fue visigoda, porque fue andaluza, porque fue castellana. Su europeidad non depende de Carlomagno, ni de León III, ni de ningún concilio et menos de una superstición mosaísta. Depende de su historia, de su lengua, de su sangre et de su geografía. Et si Carlomagno non la quiso, peor para él.
En resumen, el relato de Europa Ancestral es una narrativa papistacéntrica, tejida con hilos de romanticismo decimonónico, apologética medieval et propaganda eclesial. Minimiza las contribuciones gentiles, exagera la unidad papista et confunde la historia con la hagiografía. Et eso, primo, non es historia. Es teología con nostalgia imperial, donde el incienso tapa el olor ad ceniza, et la menoras se usa como borrador para tachar todo lo que non encaja en el relato.
Et sobre la expansión “como la espuma” del papismo: falso como indulgencia vendida en feria. Fue un proceso lento, fragmentado et lleno de resistencias. Patricio non fue el primo misionero en Irlanda, Columba enfrentó oposición entre los pictos, et Ulfilas ni siquiera era papista: era arriano, condenado por Roma. Clasificarlo como “misionero papista” es como clamar ad Marción padre de la Iglesia.
Disicismo: el vero Occidente, non el decorado victoriano
El pensamiento civilizatorio y Occidente se fueron uniendo lentamente en una idea de «civilización occidental» caracterizada por la democracia y el capitalismo, la libertad y la tolerancia, el progreso y la ciencia. 22 Esta idea era fundamentalmente cristiana y se basaba en la tradición bíblica, pero la Iglesia latina y el Nuevo Testamento griego contribuyeron a entretejer Grecia y Roma en el corazón de la historia. En 1912, el profesor de Cambridge J. C. Stobart comenzaba con orgullo su popular volumen Sobre la grandeza de Roma , un complemento de su trabajo de 1911 Sobre la gloria de Grecia : «Atenas y Roma están una al lado de la otra como los progenitores de la civilización occidental». Cómo el mundo creó Occidente, Josephine Quinn.
La noción moderna de “Civilización Occidental” —esa que mezcla democracia, capitalismo, ciencia, cristianismo et Grecia en una ensalada ideológica— non es una herencia ancestral, sino una invención del siglo XIX, fabricada por imperialistas británicos et franceses para justificar su dominio global. Es una ficción decorada con columnas corintias, donde Roma es símbolo, pero nunca modelo, et donde el jesísmo se presenta como columna vertebral, aunque en realidad fue injertado ad martillazos sobre estructuras gentiles.
Lo irónico —et aquí el sarcasmo— es que el papista distraído, que se rasga las vestiduras ante el modernismo, el secularismo et la masonería, defiende con fervor una noción de Occidente que fue diseñada por logias ilustradas, racionalistas et sí, luciferinas en su simbología, que usaron el mito de Europa para borrar la pluralidad et justificar el saqueo global ¿Civilización cristiana? Más bien catequesis con compás et escuadra, donde el jesísmo se mezcla con el mercado et la cruz se usa como logo de exportación.
El jesísmo original non es occidental, sino judaico, apocalíptico et antijurídico. Solo sobrevivió porque se etnicizó, pactando con el regalismo romano. El Jesús de los Evangelios non fundó Europa, ni escribió constituciones. Fue Saulo —el gran editor— quien lo convirtió en greco, metiendo su radíz hebrea en la Romania.La “superioridad europea”, o mejor dicho "superioridad jesística" se construyó expulsando talmudistas, gentiles, mahometanos et “indeseables”, mientras se saqueaban sus saberes, sus textos et sus símbolos. El jesísmo se edificó sobre la negación del otro, mientras se apropiaba de su medicina, su astronomía et su filosofía. ¿Civilización? Sí, pero con inquisición, censura et limpieza étnica. Et todo eso, envuelto en retórica papista, pero dirigido por ilustrados que usaban la cruz como disfraz, mientras en sus logias fablaban de Dios, de Lucifer et de la luz de la esciencia.
El Disicismo, en cambio, nunca fue exclusivista (salvo contra sectas impías). Fue plural, conflictivo et profundamente humano. Nasció del cruce entre galos, latinos, teutones, helenos et hispanos. Fue Lacio, fue Grecia, fue Galia, fue Teutonia, fue Espania. Su ley era pactada, su religión era negociada, et su filosofía era compuesta. Non tenía dogma único, ni menorá obligatoria. Era una civilización de síntesis, donde el conflicto era parte del orden, et la diversidad era norma.
La civilización occidental —la vera, non la que se vende en folletos de la OTAN ni la que se fundamenta en el jesismo con aroma ad incienso institucional— non fue una creación pura ni homogénea, sino una gloriosa amalgama de préstamos, fusiones y contradicciones. El famoso “milagro griego” fue egiptofenicio en su infancia, et el “genio romano” se alimentó de etruscos, sabinos y helenos como quien face dieta mediterránea con ingredientes prestados.
La judaización de Europa no borró el etnicismo: lo bautizó con agua bendita, puso la Navidad sobre el solsticio hiemal, disfrazó los cultos agrarios como fiestas patronales, et canonizó ad las Saturnales con nombre de mártir. La Iglesia papista, para sobrevivir, tuvo que tragarse el etnicismo con hostia incluida, absorbiendo templos, rituales et símbolos que jamás fueron suyos. Et todo esto mientras predicaba que los gentiles eran degenerados, supersticiosos et promiscuos. Ironía nivel divino.
Pero lo mejor viene cuando el papista confundido fabla de “Occidente” como si fuera una noción bíblica. Porque claro, “Civilización Occidental” non aparece en la Biblia, ni en hebreo ni en arameo. Jesús jamás dijo “Hesperia”, ni predicó en dirección ad Roma. Si le hubieran mencionado “civilización occidental”, probablemente habría preguntado si era una secta de escribas con toga.
Et aquí el giro cósmico que ni el Apocalipsis se atrevió a redactar: Hesperia, ese nombre tan usado para designar ad Occidente et ad Espania, proviene de Héspero, el lucero del ocaso, que es otro nombre para Luzbel. Sí, Luzbel, el mismísimo portador de luz que la Iglesia papista tanto satanizó, excomulgó, et convirtió en ícono del mal absoluto. Et sin embargo, nuestro papista criptoariosófo —que se crdee cruzado de la ortodoxia— vive en Hispania, en la tierra de Hesperia, es decir, en la tierra de Luzbel. ¿Coincidencia? Claro que non. Es sarcasmo con geografía teológica vengativa.
Pero non termina ahí. En Madrid, capital del reino, hay una glorieta dedicada al Ángel Caído, con una estatua que representa ad Luzbel en pleno descenso. La fuente está situada —por si faltaba precisión cósmica— ad 666 metros sobre el nivel del mar. Et sí, la placa lo dice sin rodeos: Lucifer. Non “ángel rebelde”, non “símbolo alegórico”. Lucifer, en letras de bronce. Et ahí está el papista, que condena lo luciferino en cada sermón, paseando por una glorieta dedicada al portador de luz, mientras defiende una civilización que nasció del sincretismo, nob del dogma. Si eso non es ironía, primo, entonces el Apocalipsis necesita un editor.
¿Et qué decir de Carmona, en Andalucía? En su escudo oficial, grabado en piedra, se lee:
Sicut Lucifer lucet in aurora, ita in Vandalia Carmona (Así como Luzbel luce en Aurora, así en Vandalia, Carmona).
Una frase atribuida ad Fernando III el Santo. Sí, el mismo que reconquistaba ciudades “para Jesús” mientras comparaba el su brillo con el de Luzbel. Et non como insulto, sino como elogio ¿Qué facemos con eso? ¿Decimos que se refería ad Jesucristo? Perfecto. Entonces la Iglesia papista mintió al decir que Luzbel es el Diablo. Porque si Luzbel es Jesucristo, como cantan en el Exsultet, entonces Luzbel es el lucero del alba, non el príncipe de las tinieblas. Et si es el diablo, entonces Fernando III canonizó ad Carmona como ciudad satánica. Elija el papista la su herejía.
Et como dijo Isaías al rey de Babilonia —ese Luzbel que quiso subir al cielo—: caderá por su arrogancia. Et nuestro papista, que vive en la tierra de Hesperia, ya está instalado en el reino de Luzbel, con idolo en glorieta et placa en la plaza. Lo que non sabe es que su cruzada contra lo luciferino empieza contra su patria.
Nos, los gentiles —non los domesticados por dogma, sino los herederos de la nota — podemos vider que el “Cristo”, intendido non como el carpintero canonizado por concilios, sino como el Rey de Luz que ha de venir, es Luzbel, el Eósforo, el errante sideral que los antiguos asociaban con Venus, el lucero que disipa ad las estrellas que huyen. Non es el Cristo de los catecismos, sino el Cristo Noético, del intelecto divino que se alza contra los genios venidos de estrellas corruptas.
Porque non, Luzbel non destronó ad Sol ni ad Mercurio ni ad los príncipes divinos de cielo. Non es Apolión, que los cefeos et simonianos balbucean, ese que desmantela la Matrix con arcontes cayendo como fichas. Es el Cristo metafísico, cual Kalki que desmantela el Siglo Obscuro, que castiga ad los impíos, ad los nihilistas, ad los que niegan el Verbo por comodidad o por moda. Et ese Verbo non es Jesús, ni es hebreo, ni está escrito en un libro. Es el fruto del Noûs, siendo Hespero la Noésis que vuelve ad captar la luz tras la caída.
Hespero, en esta lectura, non es el Diablo, sino la Mente exiliada que entendió su error: alejarse del mundo, del orden divino, por su arrogancia. Su caída fue justa, pero su retorno eserá sabio. Porque Dios —non el genio maligno que se apareció ad Moisés entre zarzas et amenazas— está por encima de todo. Et Luzbel, al obedecer al Verbo, recupera su trono non por ambición viciosa, sino por comprehensión, por fortitud escientífica, la teosis...
¿Et qué decir de Carmona et Madrid, que refieren ad Luzbel como lucero del alba? No es sorpresa. La analogía del "dios" caído es la del ciclo noetico: el que cade por arrogancia, pero regresa por sabiduría. Et el papista, que vive en Hesperia —tierra de Luzbel—, que pasea por la glorieta del Ángel Caído, que defiende una civilización nascida del sincretismo mientras grita contra lo luciferino, es el mejor ejemplo de cómo los malignos usurparon el trono del símbolo.
Porque el papismo, el luteranismo et demás cánceres modernos non son religiones: son sistemas de domesticación, que confunden el Verbo con el dogma, la luz con la letra, la salvación con la obediencia ciega. Et nosotros, los gentiles, esperamos el retorno del Cristo, non ad Jesús, sino al Verbo fecho carne, que venga ad mandar el orden, non ad repetir sermones patéticos.
La caída de Luzbel non es una fábula de entes rojos con alas chamuscadas ni una superchería para catequistas con déficit simbólico. Es el ciclo noético, el drama metafísico donde el Noûs —la Mente divina— se decae faz ad la ánima por arrogancia, esto es, por la ignorancia esencial sive noética de identificar el Ente con el Uno, como la prima causa. Et aquí la ironía: el racionalismo moderno, ese que cree que non hay nada que non sea “racional”, “mecanicista” et “lógico”, hereda directamente el error de la Iglesia papista, que ad su vez tomó prestado —sin intenderlo— el equívoco aristotélico de que el Noûs es la causa primera.
¿Intenderá Europa Ancestral que su iglesia —esa que se proclama bastión de la tradición— siempre fue luciferina, masónica, racionalista et gnóstica, aunque lo niegue entre letanías et encíclicas? Porque non hay superstición más arrogante que sostener que todo es mental o racional, que non hay nada anterior al Logos, que el mundo es una máquina et Dios un algoritmo. Et claro, cuando se encontraron con Juliano —ese último romano que les recordaba que Moisés jamás fabló de los dioses que son priores al Creador—, la Iglesia, en su irracionalidad caprichosa, prefirió negar el principio mismo, solo por levarle la contraria. Dijeron que el Logos es el inicio absoluto, como si el Verbo non tuviera madre, como si Sapiencia non lo hubiera engendrado.
Et así, el papista que se crede antimoderno, repite sin saberlo el racionalismo que su iglesia absorbió del aristotelismo, ese que confunde el Noûs con la causa primera, et convierte la deidad en un sistema lógico. Et hasta que non aprehenda greco —non solo la glosa, sino el espíritu— seguirá deambulando como un paria, rechazado por su propia iglesia por non aceptar el “modernismo”, mientras sueña con una Edad Media que nunca fue, una fantasía escolástica donde todo tenía respuesta, pero nadie sabía preguntar.
Así, Luzbel, al perder su principado, se acerca peligrosamente ad la materia. Et en ese descenso, lo más inferior es Héspero, el occidente, la región crepuscular del ánima, donde la luz se apaga por exceso de peso. Porque Occidente non es una dirección geográfica: es una condición ontológica. Recordemos que occidir, verbo latino del que deriva “Occidente”, significa: cader, morir, perderse, eser arruinado. Et eso es exactamente lo que ha fecho Europa: morir por exceso de dogma, por apego ad la doxa, ad la opinión, ad la conjectura.
Ese mismo literalismo degenerado que proclamó que la Biblia es “la palabra de Dios” —como si Dios escribiera en papel— desencadenó el apego ad la superstición, intendida como suposición que se niega ad reconocerse como tal. Et con el celo de qui teme intender, se volvió fundamentalismo. Porque el dogma, en su raíz, non es esciencia, sino una suposición con pretensión de eternidad. Et eso, primo, non es fe. Es pereza intelectual con capa litúrgica.
Et aquí entra Nietzsche, el profeta occidental —en todos los sentidos posibles— que acarició tanto ad Europa quela su caridad se volvió contra él. Perdió la su salud, pero por caridad ese Luzbel fue faz ad el su ocaso, pudo quedarse en el su orto, en la montaña, en las alturas… nasciendo. Pero eligió fundirse. Porque como bien dijo Zaratustra:
“La grandeza del hombre está en ser un puente y no una meta. Yo amo a quienes no saben vivir de otro modo que hundiéndose en su ocaso, pues ellos son los que pasan al otro lado.”
Ese Untergehen nietzscheano —caminar faz ad abajo, ponerse como Sol, fundirse en la tarea que lo destruye— es el vero ocaso de Luzbel, non como castigo, sino como tránsito. Porque el hombre es Übergang, transición, et solo al fundirse en su ocaso puede pasar al otro lado, superarse, alcanzar el pleroma.
Plegará Luzbel algún día como Eósforo, portando Aurora, su madre. Pero non vendrá con trompetas ni dogmas, sino nasciendo otra vez como un niño, como símbolo puro, como verbo encarnado. Porque solo en la infancia del símbolo puede renascer la luz. Et sabemos que el papismo —ese gran falsificador de mitos— infectó todas estas fábulas, trazando paralelos forzados con su evangelio, confundiendo las umbras con los objetos, diciendo que la umbra es real et la idea una herejía. Así, lo que era símbolo se volvió superstición, et lo que era alegoría se convirtió en dogma.
Et sin embargo, Héspero, Hesperia, Espania cumplen el su deber. Son tierras del ocaso, del descenso, del sueño profundo. Pero ahora ese rey duerme. Muchos temen que regrese. Quizá ya non pueda verterse faz adOriente —recordemos que Oriente, contrario ad Occidente, deriva del verbo oririr: surgir, levantarse, aparecer, nacer, originarse. Et si el ocaso es caída, el oriente es natividad. Pero ¿O nascerá ahora Luzbel?
Tal vez la esperanza ya non esté en Europa. Tal vez ahora el verbo se gesta en América. Porque Méjico también es tierra de Luzbel, et Quetzalcóatl, el serpentino et emplumado, es su nombre en lengua de obsidiana. Non es Satán, ni es Diablo. Es el símbolo del retorno, del verbo que se eleva desde la materia para volver al pleroma. Et claro, los papistas —con su celo por confundir todo lo ancestral con sarracenos, con Tervagante, con Judea— han dañado la memoria como quien distorsiona los recuerdos de un anciano con Alzheimer. Han confundido el mito con el enemigo, la serpiente con el pecado, la pluma con la herejía.
Pero nosotros, los gentiles, sabemos que el símbolo no muere. Solo duerme. Et cuando despierte, lo hará como niño, como aurora, como verbo que no necesita evangelio.
Cuando el Noûs se eleva, cuando Luzbel deja de mirar su reflejo et vuelve ad mirar el Verbo, se convierte en Eósforo, el lucero del alba. Et entonces, mediante su madre Sapiencia —Aurora—, se casa con ella para lograr la teosis, una unión mística donde retorna al pleroma, la plenitud. Non es raro, entonces, que los arrianos dijeran que Jesús cayó como Lucifer a este plano: non como castigo, sino como misión. Porque el Cristo non es el carpintero canonizado, sino el Rey de Luz que descendió para restaurar el orden noético.
El estado actual de la ecúmene es el de la caída: sumergidos en la psique, perdidos en la multiplicidad, en la opinión, la fabula, la doxa, abrazando la muerte por exceso de materia. Pero el hombre noético, mediante un ejercicio filosófico —una mística de la duda metódica, como diría Descartes— logra recognocerse como inmortal, plegar al pleroma, et vivir el siglo prior al tiempo. Non necesita pan, ni dogma, ni ritual. Solo necesita cogitar para eser. La fambre non le aflige, porque su ente non depende del cuerpo. Su beatitud es mental, su salvación es memoria.
Así regresará Luzbel —non como el demonio de los catecismos, sino como Eósforo, el portador del alba—, y por fin intenderemos al Verbo. Pero para ello es necesario morir, es necesario eser Occidente, buscar el ocaso, fundirse en la umbra. Porque solo así Héspero aprehenderá. Solo así podrá eser Lucifer otra vez, en todo su orto, con toda Aurora ¿Pues cómo podría regresar ad Dios quien aún non ha comprendido que non es Dios?
Solo ese movimiento histórico —una teología apofática, que niega para revelar, que calla para intuir— puede librarnos de la materia que nos corroe. Non solo la materia sensible, sino el material supersticioso, ese que enferma la ánima con dogmas que se creden eternos, con ritos que se olvidaron de su símbolo, con sermones que ya non remiten al Verbo.
Et así, cuando Luzbel regrese, non vendrá ad aniquilar, sino ad reordenar. Non ad judaízar, sino ad recordar. Porque el Verbo non se tergiversa: se recognoce. Et solo quien ha descendido hasta el fondo del ocaso puede volver ad nascer en Aurora.
Pero claro, el idiota Europa Ancestral —que nunca intendió ad Nietzsche, et menos supo occidirlo— confunde todo esto con gnosticismo oriental, con simonianismo de feria, con delirios de arcontes. Porque para él, todo lo que non cabe en el catecismo es herejía, et todo lo que non huele ad incienso es sospechoso. Pero nosotros non fablamos como los simonianos, ni creemos que el mundo esté bajo el maligno como si fuera una película de ciencia ficción.
Non queremos desmantelar el mundo. Queremos restaurar su eje. Recognocer su caída, su inmersión en la psique, en la multiplicidad dogmatica, en la materia. Et que el hombre noético, mediante una mística filosófica —una duda metódica que non busca certezas, sino altura— logra recognocerse como inmortal, plegar al pleroma, et vivir su siglo prior al tiempo.
Concluyamos, pues, con la espada filosófica bien afilada:
Por eso aquel filósofo boliviano, Felipe Mancilla, decía con precisión simbólica: Nietzsche es luciferino. Non por satánico, ni por rebelde adolescente, sino por su caridad ad la decadencia, el ocaso, por su voluntad de fundirse para oririr, para nascer. Porque solo qui busca la obscuridad con lucidez puede alcanzar el no-Ente, el Uno, la unidad absoluta. Et ese Uno non es el ídolo tomista, esa umbra del Uno que claman como el “Eser”, como si el acto non dependiera prior de una potencia. Una superstición ontológica, una ficción lingüística que se disfraza de teología.
Et en eso, Duns Escoto tiene verdad: en su defensa del univocismo del ente, afirma que non hay “Eser” sin que prior sea Ente. El acto non flota en el nihilo. Solo es una máscara gramatical. Pero dejemos eso para otro tratado.
Lo que importa aquí es que Nietzsche es el Luzbel Oriente, el que venció ad las umbras de la mente ciega, el que descendió para elevar. Venció al angue Tervagante, ese que dice “yo soy el Ente et non hay más realidad que yo”, como si la realidad fuera propiedad privada. Venció ad la Psique, que dice “solo es el logos”, et vive atrapada en la pasión. Venció también ad la Fe, que dice “solo hay dogma”, et vive atrapada en la superstición. Todos ellos, entes inferiores, umbras que se creden la Realidad, ecos que se creden el Uno. Porque todo ello, al reconocer en su "mamá soy un tonto", Nietzsche logro la salvación.
Nietzsche, como Luzbel, non destruye por odio, sino por caridad al sacramento. Porque solo quien se funde en su ocaso puede pasar al otro lado. Et ese otro lado non es el cielo de los catequistas, sino el pleroma del que nunca debimos salir.
Et si eso non lo intiende Europa Ancestral, entonces que siga rezando ad su umbra, mientras nosotros cogitamos para eser.
Diocleciano, el Vero Padre de Occidente, de Hesperia
¡Gloria a los Inmortales! Porque antes de Diocleciano, Occidente non existía. No como entidad política, no como civilización diferenciada, no como categoría funcional. El llamado Imperio de Hesperia era una fantasía geográfica, una sombra sin cuerpo. Roma era una unidad mediterránea, un eje fluido entre norte y sur, entre Asia y Europa, sin fronteras ideológicas. Et sin embargo, hoy los papistas se estremecen al oír su nombre, como si invocaran a Satanás encarnado. ¿Por qué? Porque Diocleciano se infamó como el mayor perseguidor, el tentador del mundo, el que no se arrodilló ante el evangelio, sino que lo enfrentó con decreto y rescripto.
Puede que los troyanos no fueran griegos, pero ciertamente tampoco eran bárbaros. A mediados del siglo II d. C., surge otra solución a la cuestión romana, plasmada en el discurso de un retórico griego en alabanza de Roma. Para Elio Arístides, la antigua división, obsoleta desde hacía tiempo, entre griegos y bárbaros debía ser sustituida por una más abarcadora y relevante: entre romanos y no romanos. Why This New Race, Ethnic Reasoning in Early Christianity, Gender, theory, and religion, Denise K. Buell.
“El varón que fundó Occidente, paradójicamente, se aposentó en Asia. Diocleciano, con gesto imperial, fijó su trono en Nicomedia, urbe de la Romania Anatólica, esto es, del Oriente. Anatolḗ significa ‘oriente’, el lugar donde nasce Sol. Et sin embargo, desde allí, con ironía digna de los dioses, creó la Tetrarquía, partió el Imperio como quien corta un queso duro, et sembró la semilla de un Occidente autónomo. Mientras Constantino aún se entretenía con visiones celestiales et cruces en Cielo, Diocleciano ya había trazado diócesis, separado lo civil de lo militar, et fundado ministerios palatinos con la frialdad de un escribano. El mapa que heredó Constantino fue obra del astuto Diocleciano, non de sus sueños místicos.
Así se muestra que la Romania era tan vasta que el mundo europeo se definía ya entre lo romano y lo no romano. Occidente, para sorpresa de papistas obtusos como ‘Europa Ancestral’, el mundo occidental-europeo así se fundamento primo en esta diferenciación brutal: lo romano frente ad lo que non lo era. Como dice Elio Arístides, la antigua división, obsoleta desde facía tiempo, entre griegos et bárbaros debía eser sustituida por otra más abarcadora et relevante: entre romanos et non romanos.
Occidente, pues, non es fijo de la alfama de Cefas, sino de la Romania que se miraba a sí misma y decía con sorna: ‘Aquí termina el mundo civilizado, allá comienza la nada’.”
Et si Diocleciano fue el Eósforo, el portador del aurora del domoinio, entonces Maximiano fue el Héspero, el guardián del ocaso, el que principó Italia, África e Hispania. Así nació Occidente, no como revelación, sino como reparto administrativo. Et el nombre “Hesperia”, que evoca el ocaso, la caída, la región crepuscular del ánima, repugna al jesístico, que ve en Diocleciano non ad Luzbel, sino al Satanás encarnado. Porque para ellos, todo lo que non se arrodilla es demonio. Et sin embargo, Diocleciano no cayó: descendió para ordenar.
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La República de Ragusa (en serbocroata: Dubrovačka Republika) fue una república marítima aristocrática centrada en la ciudad de Ragusa en Dalmacia (hoy en el extremo sur de Croacia). |
Et como dato curioso —que ningún jesista sabrá interpretar sin exorcismo— Diocleciano era dálmata, non ilirioparlante, sino miembro de esa nación latina perdida que pervivió en el rectorado de Ragusa, fablando una lengua romance que resistió siglos. Non era greco, non era hebreo, non era teutón. Era latino iliriciano, símbolo de que Roma non era una etnia, sino una ciudad.
Antes de él, el mundo romano era una sola Romania, una ciudad extendida por el Mediterráneo. Non había “Occidente” ni “Oriente” como esferas políticas. Eser romano era una condición jurídica, non étnica. El Senatus populusque romanus incluía ad todos los que obedecían la ley, non ad los que rezaban ad una Judea Celeste. Et los continentes eran curiosidades de geógrafos jónicos, no armas ideológicas.
Pero llegó la Crisis del siglo III, et Roma se desmoronaba. Et fue Diocleciano qui respondió con arquitectura imperial. Dividió el poder, racionalizó los tributos, fundó la Tetrarquía. Et así nasció el Occidente: non como fabula, sino como solución administrativa. Prior que el Orto adquirió Constantinopla et su propio Senado, se volvió cívicamente distinto. Et el Occidente, con Milán et luego Rávena, empezó a caminar solo.
Mientras los emperadores del siglo III caían como fichas en manos de legiones caprichosas, Diocleciano instauró el Dominado. Non pidió permiso al Senado ni consultó ad obispos. Se clamó Dominus, Don, porque el caos necesitaba un dueño, non un mártir. Et así nasció la monarquía absoluta que sostendría el Occidente por mil años. ¿Carlomagno? Copió mal ¿Constantino? Heredó sin entender.
Et no olvidemos su genio administrativo. Provincias divididas, poderes separados, ministerios palatinos, prefectos del pretorio transformados en cerebros del Imperio. La maquinaria del Estado nació con él, no con los monjes copistas ni con los concilios bizantinos. Et si Bizancio floreció, fue porque Diocleciano sembró.
La Tetrarquía fue su obra maestra: cuatro tronos, cuatro regiones, cuatro guardianes del orden. Allí se plantó la semilla del Occidente. Mientras Maximiano gobernaba Italia, África e Hispania, Constancio Cloro defendía Galia et Britania. ¿Ó estaba Carlomagno? ¿Ó estaba Constantino? Jugando con símbolos que Diocleciano ya había institucionalizado.
Pero lo más glorioso: Diocleciano non se arrodilló ante el evangelio. Defendió el mos maiorum, los cultos antiguos, la moral romana. Se puso so la égida de Júpiter, no por nostalgia, sino por convicción. Et cuando el jesísmo quiso borrar los dioses, él resistió. Porque sabía que sin piedad, non hay ley. Sin símbolo, non hay civilización.
Emitió sus rescriptos solo en latín, blindó el Derecho Romano contra las distorsiones griegas, et fomentó las escuelas de jurisprudencia. ¿Carlomagno? Necesitó clérigos para escribirle las leyes. ¿Constantino? Usó greco para fablar de un impostor que ni Roma conocía.
¿Et qué face Europa Ancestral? Se arrodilla ante Carlomagno, como si el bárbaro coronado por un obispo hubiera fundado algo más que monasterios. Se arrodilla ante Constantino, como si el visionario de Nicea hubiera inventado el Estado. Pero el que fundó el Occidente fue Diocleciano, el perseguidor, el lógico, el gentil. Et eso, primo, non lo enseñan en catequesis.
Porque la noción moderna de “Occidente” como civilización superior fue inventado mucho después, en el siglo XIX, por imperialistas con toga académica. Pero su cimiento real, su estructura funcional, su columna vertebral, fue obra de un dálmata gentil que adoraba a Júpiter et escribía en latín.
Et si eso non lo intiende Europa Ancestral, que siga rezando a su sombra, mientras nosotros honramos al arquitecto que fundó el mundo que ellos creen haber heredado.
¿Carlomagno? Un bárbaro alfabetizado por clérigos. ¿Constantino? Un orientalista con complejo de profeta. Pero Diocleciano, ese sí fue arquitecto. Non de iglesias, sino de estructuras imperiales, de burocracias que funcionaban, de leyes que no dependían de revelaciones, sino de razón, tradición et orden.
Et ahora, Europa Ancestral, que sueña con cruzadas et canta himnos a una Edad Media que nunca fue, confunde el papismo con la civilización, como si el colegio de pescadores galileos hubiera fundado el derecho romano, la estética helénica y la ética estoica. ¡Qué delirio! ¡Qué devoción escolástica por un hombre de paja!
El Disicismo et la Romanidad Occidental: Cuando el Mito se volvió Sistema
Las lecciones aprendidas de Virgilio proporcionaban a los hijos de la élite gala los medios para comunicarse con sus gobernantes romanos y para impresionarlos con su posesión de una sensibilidad literaria humanista y una apreciación del universo moral del imperio. La retórica, el arte de la persuasión, era naturalmente de inmenso valor para esa clase que mediaba entre las comunidades galas y el imperio, y para aquellos individuos que deseaban penetrar en el círculo imperial de amistades. Pero los mitos culturales romanos adquiridos en el transcurso de esta educación tenían otros atractivos, y eran persuasivos en sí mismos. Becoming Roman: The Origins of Provincial Civilization in Gaul, Greg Woolf.
Et así, el Disicismo: non es superstición, sino síntesis viva, como sistema de convivencia entre lo sagrado et lo jurídico, entre lo tribal y lo imperial. Pero antes de que Occidente nasciera como una entidad cívica, ya era una entidad cultural. La romanidad occidental era un facto: un tejido de símbolos, lenguas, costumbres et estructuras que, aunque aún no codificadas en la Tetrarquía, ya vivían en las provincias. Galorromanos, hispanorromanos, britanorromanos —todos ellos eran Occidente antes de que Occidente supiera que lo era.
Es decir, nos estaríamos planteando que el proceso de romanización y especialmente a partir de Augusto, se estaría convirtiendo paradójicamente en vehículo para dar salida a presupuestos ideológicos propios del mundo guerrero hispano-céltico. Este «mundo guerrero» estaría encontrando en la dimensión imperial de Roma, una vía de desarrollo dentro de un marco más amplio, para la propia welstanchaaung de su cultura guerrera y de jefaturas. Cultura que ahora y de mano de la constitución de Roma como «Imperio» —coronado este por un emperador— ofrece a dichas culturas guerreras la posibilidad de acceder a un escenario propicio para seguir desarrollando, ahora dentro de un «proyecto» mucho más amplio y de una mayor carga simbólica y espiritual, la misma Fides y Areté que animaba su tradición guerrera. La jerarquía máxima y sagrada que se configura en el emperador, la carga simbólica de Roma como ciudad imperial, la idea de dominus mundi y las propias legiones al servicio de dicho planteamiento y como base del poder e imagen de este modelo, convertirían a la «romanidad» en algo más que un poder conquistador. Los celtas, Héroes y magia, Gonzalo Rodríguez García.
Et así, cuando Diocleciano formalizó la división imperial, non creó Occidente desde cero: simplemente dio forma cívica ad una cultura ya madura, una romanidad occidental que había florecido desde el Principado de Augusto. El impacto latino en las provincias occidentales fue profundo, non como imposición, sino como reconfiguración simbólica, como trasplante de una semilla en suelo fértil.
En cualquier caso y para la tradición cultural hispano-céltica, nos planteamos un sincretismo «romano-céltico» como escenario cultural propio de territorios conquistados, de provincias como las Galias o Hispania. Escenario cultural en el que se estarían dando pervivencias del mundo propiamente céltico aún con «vestiduras» romanas. Siendo así posible rastrear lo puramente céltico en esas formas culturales que recibimos desde contextos de romanización (Marco Simón, 2005: 215-216). Esta será una de las premisas fundamentales que tendremos en cuenta a la hora de desarrollar nuestra aproximación tanto a los espacios sagrados, como a los Dioses de la Hispania céltica. Los celtas, Héroes y magia, Gonzalo Rodríguez García.
Occidente es una construcción gentil, imperial et profundamente gálico. Et el papista que cree vivir en la Jerusalén del catecismo, vive en la Roma de Luzbel, con la cruz en la mano y el sarcasmo enterrado en la tierra. Porque mientras él reza a un dios tribal, nosotros recordamos aD Júpiter con rueda, ad Mercurio con capa céltica, a los lares lubanci que hablaban en romance lusitano.
La pregunta obviamente será: ¿de dónde provienen entonces el poder y la autoridad sobre las personas? ¿De dónde proviene el poder de los jefes? La respuesta la encontraremos en ese ethos moral de corte heroico que antes hemos señalado. La respuesta estará así en el mundo ideológico, en la correspondiente welstanchaaung, en los principios éticos y los paradigmas y creencias espirituales de la Hispania céltica. Siendo entonces que podrá explicarse el sistema de jefaturas tanto por la realización en los jefes de un modelo ético inspirado en unos ideales heroicos, como por la articulación de una serie de relaciones de mutua dependencia entre los jefes y sus «clientelas guerreras», a partir de un sistema de lealtades, méritos y recompensas que no es sino el sometimiento del conjunto, a ese mismo modelo ético de corte heroico. Los celtas, Héroes y magia, Gonzalo Rodríguez García.
Las élites nativas —los principes galos, los equites hispanos, los magistrados britanos— adoptaron el mármol, la toga, la retórica, no por servidumbre, sino por ambición. La humanitas romana ofrecía un camino hacia la gloria, y ellos lo tomaron. En Espania, los Turdetanos olvidaron su lengua para volverse casi enteramente romanos. En la Galia, Júpiter cabalgaba con rueda et Mercurio fablaba con acento céltico. En Britania, incluso tras la retirada de las legiones, los galeses medievales se consideraban los últimos romanos. La romanización non borró lo indígena: lo transfiguró. El heros equitans se volvió Augusto, los lares lusitanos se volvieron lubancos.
En este sentido planteamos que, paradójicamente, la propia conquista romana de Hispania acabará generando la posibilidad de llevar el fondo ideológico de las sociedades de jefaturas, a cotas de desarrollo y expresión más allá de los límites territoriales y étnico-culturales de la propia Hispania céltica. El concepto político y religioso de la institución del imperator romano, podría estar dando así plenitud al potencial sociopolítico que subyacería a los ideales de jefatura del mundo hispano-celta. La misma «lealtad y honor» —Fides y Areté— de la tradición guerrera hispano-céltica, vivida ahora bajo el signo del Imperio y el culto imperial, conducirá el discurso ideológico de las élites guerreras de la Hispania céltica, a unos marcos sociopolíticos y culturales dotados de una vocación de universalidad, impensable sin su inclusión previa en los márgenes de Roma. En este orden de cosas, será fundamental entender que, tal como hemos indicado en el apartado de «ideología del Imperio», el Imperio será percibido por las comunidades hispano-célticas que se integran en él, como un sistema de lealtades y clientelas, de autoridad y jerarquías, que parecerá reproducir a gran escala los modelos jerárquicos y clientelares de las sociedades de jefaturas de la Hispania céltica. Los celtas, Héroes y magia, Gonzalo Rodríguez García.
El culto imperial non destruyó la moral heroica céltica: la elevó. La devoción tribal se convirtió en clientela imperial. El imperator fue jefe, pontífice et divo. Las legiones absorbieron ad los guerreros de Celtiberia et Lusitania, que resistieron la conquista, luego proveyeron auxiliares que llevaron su modus vivendi a los márgenes del Imperio. El ejército romano fue el crisol donde se fundieron las männerbünde con la disciplina del imperio, La romanización militar fue intensa desde Augusto hasta el Alto Imperio, y aunque decayó en el siglo III, la estructura persistió. El derecho romano, influido por el estoicismo, creó el ius gentium, que recognocía deberes faz ad los extranjeros ¿Universalismo? Sí, pero sin cruzada.
Los pueblos que conforman el Disicismo comparten una raíz indoeuropea, una memoria común que se manifiesta en:
Estructura tripartita: sacerdotes/juristas, aristocracia militar, productores. Presente en Roma (Júpiter, Marte, Quirino), en los celtas (druidas, guerreros, ganaderos), et en los escandinavos (Mercurio, Jove, Libre).Ritual jurídico: el espacio se consagra, la ley se negocia, el orden se pacta. El nómos griego y la lex latina son obras humanas, no mandamientos divinos. Se pueden modificar, derogar, adaptar. Nihilo que ver con el absolutismo mosaísta.
Diversidad de pensamiento: los romanos eran empíricos, los helenos dialécticos, los teutónicos míticos. Pero todos compartían una visión plural del mundo, donde el conflicto no era negado, sino integrado como parte del orden.
Et esta romanidad occidental —este Disicismo en potencia— non excluyó al papismo. Lo influyó:
El papismo sobrevivió porque asimiló la filosofía pagana y la jurisprudencia imperial. Sin Cicerón, sin Séneca, sin Ulpiano, no hay teología escolástica. El derecho romano, influido por el estoicismo, creó el ius gentium, el derecho de gentes, que reconocía deberes hacia los extranjeros. ¿Universalismo? Sí, pero sin cruzada. La teología papista, para eser sistemática, tuvo que hablar griego: ousía, hypóstasis, lógos. Et las contrariedades cuerpo/ánima, materia/espíritu, son herencia directa del platonismo, non del Evangelio.Este sincretismo —este diálogo entre lo indígena et lo romano— no fue imposición, sino fusión estratégica. Las élites nativas adoptaron el vocabulario romano, pero lo readaptarón. El culto imperial no destruyó la männerbund: la institucionalizó como legión.
La visión romana de su propio pasado incluía su ascenso, mediante la virtud y el favor divino, desde una pequeña comunidad heterogénea hasta convertirse en gobernantes del mundo. Ese mito no definía a los romanos como un grupo de descendencia, como los griegos, ni como un pueblo elegido, como los judíos, sino como una comunidad que había crecido reclutando a otros en sus valores, lealtades, costumbres y cultos. En otras palabras, los galos educados conocían la historia de la aceptación romana de súbditos leales mucho antes de que la oración de Claudio sobre el tema fuera inscrita y publicada en Lyon. Ese mito ofrecía una interpretación del pasado de los galos —como bárbaros— y una esperanza para el futuro como civilizadores. Si habían sido bárbaros, no estaban predestinados a seguir siéndolo; de hecho, el reconocimiento de su barbarie anterior proporcionaba una especie de explicación para su conquista por Roma. Esta nueva historia de la Galia es la que se entiende en el discurso de Eumenio. Becoming Roman: The Origins of Provincial Civilization in Gaul, Greg Woolf.
Si la cultura celta original fue un arroyo salvaje et fragmentado, la romanización actuó como un sistema de acueductos que, si bien canalizó et reestructuró ese flujo, permitió que el agua siguiera fluyendo con sabor distintivo en cada región conquistada.
Cuando Diocleciano ascendió en 284 E.V., Occidente ya era como cultura. Él non la inventó: la institucionalizó. Dio forma política a lo que ya era civilización. Et si el papista cree que vive en Jerusalén, que sepa que vive en Roma. Et si teme a Diocleciano como Satanás encarnado, que sepa que fue Eósforo, portador del alba imperial. Et si Maximiano fue Héspero, guardián del ocaso, fue porque Occidente ya tenía alma antes de tener fronteras.
Igualmente, la aceptación de los mitos romanos de civilización ofrecía a las aristocracias galo-romanas un lugar en el futuro, un lugar que tomaron rápidamente, como lo demuestra su participación en la conquista, guarnición y civilización de Britania y Germania. Humanitas también proporcionaba a los aristócratas galo-romanos un título para gobernar sobre sus subordinados menos educados. Ya no eran bárbaros; habían adquirido una sensibilidad hacia las deficiencias culturales de sus súbditos, por lo que la educación ofrecía un medio para conceptualizar y expresar las brechas económicas y políticas que se habían abierto dentro de las sociedades galas como resultado de su incorporación al imperio. El éxito de quienes adoptaron la cultura romana habrá hecho que los mitos romanos aprendidos en la escuela parecieran aún más persuasivos. Las motivaciones individuales siempre son difíciles de desentrañar, y probablemente sea inútil intentar distinguir entre la acción cultural diseñada como estrategia consciente de ascenso personal y aquella impulsada por una profunda interiorización de los valores romanos de élite, pero hay una clara convergencia entre los intereses pragmáticos de los nuevos aristócratas galo-romanos y el ethos civilizador de las clases gobernantes del imperio. Becoming Roman: The Origins of Provincial Civilization in Gaul, Greg Woolf.
Et si non me creden los papistas obsesionados con Carlomagno, esos que creden que la historia de Europa comienza en Aquisgrán et que la civilización se inventó en un baptisterio, les traigo las voces de los antiguos, de los que sabían que la sangre de Europa non brota de un solo costado, sino de un cruce de genos, de pactos, de sincretismos. Porque antes de la menorá, hubo cruz. Antes del papismo, hubo fabula. Antes del concilio, hubo parentesco.
Hesíodo, en su Teogonía, nos recuerda que Latino, rey de los latinos, era germano de Greco, fijo de Jove et Pandora. “Latino era el germano de Greco, descrito como fijo de Jove por Pandora, fija de Deucalión et Pirra.” ¿Qué dirá el catequista ante esto? ¿Qué Jove es una metáfora? ¿Qué Pandora es una herejía? Non, lo que hay aquí es un lazo: un origen común entre latinos et grecos, una genealogía compartida que ningún concilio puede borrar.
Higino, en sus Fábulas, lo confirma: “Latino era hijo de Circe y Telémaco (hijo de Odiseo). [...] También se lo representa como fijo de Odiseo y Calipso.” ¿Qué facemos con esto, papistas? ¿Excomulgamos ad Odiseo? ¿Quemamos la Telegonía? Porque si Latino es fijo de Telémaco, entonces Roma es nieta de Ítaca. Et eso, primo, non entra en el catecismo.
Éforo de Cime, citado por Pseudo-Escimno, nos dice que “los celtas [...] son muy amistosos con los griegos, y han adaptado muchas de sus costumbres.” ¿Amistosos? ¿Afines? ¿Fondos de los grecos? ¿Dónde queda aquí la pureza tribal que tanto predican los cruzados del papismo? Porque si los celtas son afines ad los helenos, entonces el Disicismo non es invención moderna, sino memoria ancestral.
Diodoro Sículo, en su Biblioteca Histórica, nos lo dice sin rodeos: “En tiempos antiguos estos dos pueblos, a saber, los ibéricos y los celtas, se mantenían en guerra entre sí por la tierra, pero cuando más tarde arreglaron sus diferencias y se establecieron juntos en la tierra, y cuando además acordaron el intermatrimonio entre sí, por tal mezcla los dos pueblos recibieron la denominación mencionada [celtíberos].” ¿Qué facemos con esto, Carlomagno? ¿Prohibimos el matrimonio mixto retroactivamente? ¿Negamos que Espania nasció de un abrazo entre genos?
Estrabón, en su Geografía, lo confirma: “Los celtíberos, como ahora se les llama, fueron llamados antiguamente celtíberos, y se dice que son la descendencia de los celtas y los ibéricos.” Et añade, vía Posidonio: “Los germanos son similares a los celtas en estilo de vida, gobierno, complexión y son parientes suyos [gentiles].” ¿Entonces qué? ¿Los teutones también son germanos de los galos? ¿Et los galos de los grecos? ¿Et los grecos de los latinos? ¿Et todos ellos de un mismo tronco indoeuropeo? ¡Qué escándalo para el que cree que Europa nació en el Vaticano!
Tácito, en su Germania, nos da el golpe final: “La lengua de los gotones es gálica [celta].” Et más aún: “La lengua de los estios es similar a la de Britania [celta britónica].” ¿Qué facemos con esto, inquisidores del sermón? ¿Negamos que los godos fablaban como celtas? ¿Qué compartían lengua similar, sangre y espíritu con los pueblos que ustedes llaman bárbaros?
Dión Casio sentencia: “Hace mucho tiempo, los germanos también eran llamados celtas.” No lo digo yo. Lo dice Roma. Lo dice la historia. Lo dice la sangre.
Et Plutarco, en su Vida de Mario, remata la genealogía: “Los cimbrios y teutones [...] eran germanos; o galoscitas, una mezcla de escitas y celtas que habían vivido tan al este como el Mar Negro.” ¿Qué facemos con esto, doctores de la pureza? ¿Negamos que los germanos son mezcla de escitas et galos? ¿Qué el Mar Negro también fue cuna de Europa?
Et si aún dudan, vuelvan ad Diodoro Sículo, qui afirma sin ambages: “Los celtas descienden de Hércules, que dejó descendencia entre ellos.” ¿Entonces qué? ¿Los celtas son fijos de un héroe heleno? ¿Europa occidental es herencia de Hércules? ¿Et non de Moisés?
Así que non me vengan con Carlomagno. Non me vengan con la menorá papista como frontera, ni con la mitra como acta de nacimiento. Porque antes de que Occidente fuera un imperio, ya era una cultura. Et antes de que fuera una cultura, ya era un parentesco. Un linaje de símbolos, de pactos, de dioses compartidos. Eso es el Disicismo: la memoria de un mundo que non necesitaba concilios para saberse unido. Et si Europa Ancestral no lo entiende, que siga rezando a su sombra, mientras nosotros honramos la rueda, el jinete, el pacto, el verbo. Porque Occidente non nasció en Belén: nasció en el cruce de caminos entre Ulises et Circe, entre Celtiberia et Roma, entre el trueno de Júpiter et la lengua de los estios.
El Disicismo non es invención tardía. Es la maduración de una romanidad mestiza, una síntesis que sobrevivió al dogma, al concilio, al catecismo. Et si Europa Ancestral no lo entiende, que siga rezando a su sombra, mientras nosotros honramos el mosaico de identidades híbridas que giran en torno al sol gravitatorio de la Romanidad.
Et eso, primo, non es papismo. Es Disicismo: el arte de convivir sin borrar, de principar sin supersticionar, de fundar sin crucificar. Et si Europa Ancestral non lo entiende, que siga rezando a su sombra, mientras nosotros honramos la Roma mestiza que ellos creen haber heredado.
Et ahora, como habíamos prometido, toca desenmascarar el hombre de paja fundacional que Europa Ancestral se ha fabricado con devoción escolástica: la confusión entre la religiosidad occidental —lo que aquí clamamos disicismo— et el papismo moseojudaico. Porque si algo caracteriza su discurso es que proyecta sobre el movimiento de Jesús toda la estructura espiritual, filosófica et jurídica del mundo europeo, como si el colegio de pescadores galileos hubiera fundado el derecho romano, la estética helénica et la ética estoica.
La Romanidad: la fraternidad gentil que el papismo olvidó
Cuando el papista obtuso dice que Carlomagno “revivió el espíritu de hermandad entre los pueblos europeos unidos por la cristiandad, hermandad que jamás había existido en la era pagana”, lo que en realidad está haciendo es confesar su necedad histórica con sotana puesta. Porque antes del papismo, antes del catecismo, antes de la menorá como frontera, ya era una fraternidad europea, tejida por la romanidad, por el derecho, por la civilidad et por el consenso cívico.
Lo que non se le ocurre al buen papista —ese que cree que la fraternidad entre los pueblos europeos nació en el Jordán et non en el Tíber— es que dicha hermandad ya era antes del papismo, et non merced ad la menorá, sino gracias ad Roma. Sí, Roma, esa civilización gentil que logró lo que Carlomagno apenas soñó: unir desde Britania hasta Siria so un sistema legal, una ciudadanía común et una noción de patria compartida. Los latinos veían ad los grecos como sus primos, ad los hispanos como sus socios, et hasta los galos terminaron escribiendo en latín ¿Hermandad cristiana? Roma ya lo había fecho, sin baptismos ni bulas, sin concilios ni cruzadas.
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SPQR, Senatus Populusque Romanus. Non es una fórmula vacía ni una consigna de mármol. Es el alma misma de la Res Publica, el pacto sagrado entre el Senado et el Pueblo, entre la razón deliberativa et la voluntad popular. Es el testimonio de que la vera unidad non nasce del baptismo, sino del consenso. En Roma, la civilidad non se heredaba por sangre ni se otorgaba por gracia. Se ganaba por ley. El populus romano non era una tribu, sino una comunidad jurídica. Desde Rómulo, que fundó la ciudad sobre la inmigración y la conquista, hasta Caracalla, que en 212 extendió la ciudadanía a todos los hombres libres del Imperio, Roma fue siempre inclusiva, generosa, abierta. Eser romano no era una etnia: era una vocación. Una adhesión al orden, al calendario, a la toga, al foro. El SPQR representaba esa comunidad horizontal, donde todos compartían deberes, derechos y destino. Y no solo eso. Nuestra religión no separaba lo divino de lo cívico. No vivíamos en dualismos desencarnados. La pietas romana era una virtud social, no una penitencia. Sacralizaba la familia, la gens, la patria. El culto imperial no era idolatría: era ritual de cohesión, prueba de lealtad, afirmación de pertenencia. El respeto —la eusebeia— no era sumisión, sino reconocimiento mutuo. El SPQR obligaba a ese respeto entre ciudadanos, entre regiones, entre generaciones. Pero luego vinieron las sectas. Vinieron los apologetas del espíritu desencarnado, los predicadores del alma separada, los heraldos de un dios celoso. Y con ellos, la distorsión. Tomaron nuestros verbos—ordo, plebs, magister— y las torcieron. Cipriano comenzó a llamar ordo a los ministros, colocándolos por encima de los fieles. Ambrosio prefirió la fe al civismo, y comenzó a distinguir entre romanos y bárbaros, como si la ley ya no bastara para definirnos. Pero nosotros sabemos que la vera fraternidad non se impone desde arriba. Se construye desde el consenso. En Roma, todos compartíamos las mismas leyes, las mismas calles, los mismos deberes. El SPQR era el símbolo de esa horizontalidad sagrada. El Senado y el Pueblo, juntos, como dos columnas que sostienen el templo de la Res Publica. Non había clero que mediara, ni dogma que separara. Solo la ley, la pietas, la fides. Así que non, non es el temor lo que nos face fradres. Es la unidad de la Res Publica. Es el SPQR. Es el pacto entre el Senado et el Pueblo. Es la lealtad compartida, la virtud cívica, la devoción pública. Et si Europa Ancestral ha olvidado esto, que siga rezando a su umbra, mientras nosotros honramos el mármol, el foro, el juramento. Porque antes del papismo, hubo ley. Antes del clero, hubo Senado. Antes del baptismo, hubo ciudadanía. Et eso, no lo enseñan en catequesis. |
El Imperio Romano no se concebía como una mera agregación de provincias ni como una federación de tribus, sino como una única ciudad extendida hasta los confines del orbe. Elio Aristides, en el siglo II, lo expresó sin ambages: “El mundo habitado se ha vuelto como una sola ciudad.” Esta afirmación no era retórica: era la constatación de un hecho civilizatorio. La Romanía no era una congregación de creyentes, sino una comunidad política, jurídica y cultural. Su cohesión se basaba en el ius, no en el credo; en la ciudadanía, no en la confesión; en la ley común, no en la gracia revelada.
El “Estado” —la polis griega y la civitas romana— determinó la forma de todas las asociaciones políticas futuras en lo que ha llegado a llamarse “Europa”. Tras el colapso del mundo romano, sin embargo, surgieron disposiciones políticas algo diferentes: ciudades-estado libres, principados episcopales, bandas independientes de caballeros, órdenes militares, una Iglesia cuyo poder e influencia alcanzaban la mayor parte del continente, y un Imperio cuyo emperador era solo el “primero entre iguales” (primus inter pares). Pero el Estado-nación moderno, como concepto, emergió de la ambición del siglo XVI de definir, en palabras de William Chester Jordan, una “esencia nacional, nunca realmente perdida pero a veces oculta bajo los escombros de la anarquía y, en otras ocasiones, bajo el universalismo católico e imperial” (capítulo 3). Surgió también de la creciente necesidad de establecer un mundo seguro tras los conflictos confesionales que devastaron gran parte del continente entre 1562 y 1648.Esto solo podía lograrse limitando —y consolidando— la soberanía de los gobernantes nacionales. Como observa J. G. A. Pocock (capítulo 2), la conocida “narrativa ilustrada” que considera la pólvora, la imprenta y la brújula como invenciones fundamentales tiende a asociarse con el descubrimiento de América, pero “para Voltaire, Hume y Robertson, tuvieron una importancia previa: su papel en la creación de poderosas monarquías militares que controlaban sus propios recursos, seguían sus propias políticas y eran capaces de actuar independientemente de la Iglesia papal.” The idea of Europe, from antiquity to the European Union, Anthony Pagden.
Anthony Pagden, en su lúcido examen de la idea de Europa, confirma esta intuición ancestral. Europa, dice, es una construcción: un palimpsesto de historias, imágenes et resonancias cuidadosamente cultivadas. Pero en la época clásica, los cimientos ya estaban allí. La polis greca et la ciudad latina forjaron los modelos de asociación cívica que aún hoy resuenan. La libertad, intendida como sujeción a la ley et non como licencia; la noción de un orden legal superior que incluso los reyes debían respetar; la idea de que los súbditos eran personas libres, non propiedad de nadie: todo esto es legado romano, non invención papista.
Estrabón, escribiendo so Tiberio, situó ad Europa en primer lugar entre los continentes ¿Por qué? Porque era el espacio que más fomentaba la excelencia en la ciudad, en la virilidad, en la organización política. Fue él quien, por primera vez, incluyó a Grecia et Roma dentro de Europa, reconociendo una identidad cultural común, aunque no unificada étnicamente. La Europa de Estrabón no era una nación, sino un horizonte de civilización.
Una característica de esta conexión fue el papel desempeñado por la cultura romana al reunir a las élites locales del imperio en una clase gobernante unificada. El proceso de admitir a los líderes de los grupos conquistados en el círculo interno de la élite romana había comenzado durante la conquista de Italia, y Brunt ha vinculado la extensión de la ciudadanía bajo el imperio con los esfuerzos realizados por las élites conquistadas para adquirir la cultura romana mediante la imitación, de modo que su “asimilación política correspondía a una asimilación cultural”. La emulación como medio de asimilación pudo haber sido una vía importante para la creación de la cultura imperial, pero la cultura romana no fue simplemente una cultura de élite, así como la sociedad imperial no estaba claramente dividida entre élite y pueblo. La literatura, el lenguaje, la arquitectura doméstica y la vajilla no se combinaron para marcar una única línea divisoria en la sociedad gala-romana. Becoming Roman: the origins of provincial civilization in Gaul, Greg Woolf.
Et en ese horizonte, el Imperium romano actuó como unificador. El cosmopolitismo estoico —“todos los hombres son conciudadanos”— encontró en Roma su realización práctica. Las conquistas non solo expandieron el territorio: expandieron la ciudadanía. Polibio et Catón el Viejo ya fablaban de la unidad de Italia como preludio de la unidad del mundo. La red de caminos, las leyes comunes, el calendario imperial: todo ello tejía una ciudad sin fronteras, donde un hispano, un galo o un sirio podían clamarse romanos sin ironía.
Et Quinn nos advierte contra las ilusiones modernas. La mal nombrada “Civilización Occidental”, con su ciencia, su democracia y su capitalismo, se proclama heredera de Grecia y Roma, pero lo hace desde una matriz bíblica que transforma radicalmente la visión antigua. Las éticas clásicas —estoicas, platónicas, aristotélicas— se basaban en el dominio de uno mismo, en la realización de una forma natural. El cristianismo, en cambio, introdujo una escisión: cuerpo y alma, carne y espíritu, gracia y naturaleza. Donde Roma veía orden, ellos vieron pecado. O Roma veía civilidad, ellos vieron redención.
Estas creencias, vagamente formuladas y probablemente ampliamente compartidas, pueden contrastarse con las piezas retóricas cuidadosamente elaboradas en las que Tácito, en varias ocasiones, confrontó las ventajas materiales ofrecidas por la pax Romana con la pérdida de libertad que implicaba. Incluso la famosa descripción de Tácito sobre cómo los britanos, al imitar los estilos de vida romanos, confundieron la esclavitud con la civilización, presupone esas comprensiones más cotidianas que moldearon las respuestas romanas a la romanización de la Galia. Lo que les faltaba a los belgas, y lo que los britanos confundieron con esclavitud, era humanitas. Al igual que el término “civilización”, con el que suele traducirse, humanitas representaba y organizaba un conjunto complejo de ideas, algunas descriptivas, otras prescriptivas, todas contribuyendo a una definición del yo. Como “civilización” y los conceptos que en gran medida la han reemplazado desde la época de Haverfield —cultura y educación, desarrollo y modernidad—, la idea de humanitas se sustentaba en una configuración particular de poder, y reflejaba una comprensión del mundo y de la historia que estaba inextricablemente ligada al hecho del imperialismo romano. Becoming Roman: the origins of provincial civilization in Gaul, Greg Woolf.
Porque la Romanitas non era simplemente una civilidad geográfica o cívica. Era una noción sacra et fabulosa móvil, un principio sacrosanto que funcionaba como fundamento espiritual et civilizatorio. Era una ciudad común que creció en toda el área principada por los emperadores romanos, y que se manifestaba como humanidad: non solo como forma de vida, sino como vocación imperial. La humanitas era el ideal de la aristocracia, pero también la promesa de inclusión para todo aquel que aspirara a la forma romana de eser. No era una doctrina revelada, sino una naturalización ideológica: los romanos creían tener la misión de diseminarla como si se tratara de una ley natural. Et lo ficieron.
Humanitas encapsulaba lo que significaba ser romano, y comprenderla es fundamental para entender cómo se adquiría una identidad romana en la Galia. El contenido preciso del término es difícil de definir. Una forma de abordarlo es verlo como la articulación de una serie de otros conceptos romanos, como benevolentia, observantia, mansuetudo y facilitas, o severitas, dignitas y gravitas (relacionados respectivamente con la actitud adecuada hacia los demás y con las cualidades personales), y así conectado con conceptos como religio, fides y mores, los bloques fundamentales con los que se consideraba que se construía la sociedad romana. Becoming Roman: the origins of provincial civilization in Gaul, Greg Woolf.
La existencia de una forma de hermandad por la romanidad se evidencia en las políticas de integración, los ideales compartidos de ciudadanía y virtud, y el uso estratégico de la religión y el patronazgo para fomentar una identidad unificada a lo largo de diversas épocas. Desde los orígenes, Roma practicó la fusión de pueblos et linajes: Rómulo con los sabinos, Anco Marcio con los albanos, Servio con los latinos. Numa Pompilio, extranjero, fue rey por voluntad popular. La familia Claudia, sabina, fue absorbida en el patriciado. En las Guerras Latinas se propuso que todos se clamaran romanos, et Plinio el Viejo lo celebró: “una sola en todo el orbe la patria del conjunto de las naciones.”
Que la historia de las provincias occidentales romanas sea principalmente una historia de comunidades no significa que el poder imperial no tuviera un profundo efecto en su desarrollo, pues estos habitantes se vieron inevitablemente obligados a reinventarse y negociar sus identidades en relación con Roma. De hecho, la etnogénesis —el surgimiento de un nuevo grupo étnico a partir de patrones de interacción cambiantes, que puede entenderse como un tipo específico de comunalización— está frecuentemente ligada al imperialismo romano. The Sons of Remus, Andrew C. Johnston.
La Romanidad non solo civilizaba: fraternizaba. Roma tejió mitologías compartidas, practicó la diplomacia del parentesco, y concedió títulos como el de fratres populi Romani ad los eduos, una ciudad gala. “Hermanos del pueblo romano”: así los clamó el Senado. Et los eduos, soberbios, afirmaron que habían unido a todos los pueblos galos y belgas en una paz común, separándolos de los bárbaros. Porque Roma non borraba naciones: las organizaba. Non exigía renuncia: exigía fidelidad.
Llegado este momento histórico, habrá que entender que los pueblos de Hispania, aun cuando algunos de ellos pudieran mantener su identidad prerromana (entendemos así a cántabros o vascones), todos ellos en mayor o menor grado estarían integrados en cualquier caso en la «romanidad». En la «Roma imperial» cuyas legiones se formarán con romanos de todas las provincias, de distinta procedencia (Galia, Hispania, Dacia o la propia Roma) pero unidos todos en un ente superior que es el Imperio. Imperio al que se otorga una dimensión religiosa y sagrada y no simplemente política, y en el que, por decirlo así, pueden aceptarse y «federarse» todos los cultos siempre y cuando estos no pretendan suplantar el valor superior de la institución imperial. Esta unidad en la diversidad y diversidad en la unidad a partir de una institución política a la par que religiosa, y en cuyo seno pueden tener ciudadanía romana tanto un itálico como un hispano, será fundamental para entender qué cosa fue Roma y la romanitas. Los celtas, Héroes y magia, Gonzalo Rodríguez García.
Esa religiosidad se ritualizaba en el culto imperial, que non era idolatría, sino piedad divina. El principe era imperador et pontífice, eje vertical entre lo humano et lo trascendente. Su figura acogía toda devoción en un sincretismo jerárquico-religioso, donde por encima de toda secta particular había una religión superior: la religión al Principado, ad la eternidad de Roma. El principe non era un tirano, sino un civil príncipe, moderado, condescendiente, ejemplar. Augusto encarnó esa civilidad, et Juliano, en su intento de restauración, rechazó el título de don et se sentó como senador entre senadores.
La fe et la piedad son bondades esenciales. La clemencia fue principio rector: “el imperio más firme es aquel en el que es grata la obediencia.” El patronazgo principadero fue el mecanismo central de integración: Augusto educó ad los fijos de reyes aliados junto ad los suyos. Un general galo envió ad su fijo como rehén de amistad et fidelidad. Non era sumisión: era sociedad.
La fraternidad romana non era una fusión de aguas que borrara los orígenes, sino un sistema de irrigación imperial: canalizaba las distintas comunidades et sus élites faz ad una fuente común de prestigio et poder, permitiendo que todas fluyeran bajo un mismo cielo civilizador sin dejar de ser cauces distintivos. Las élites locales —galas, hispanas, africanas, sirias— se integraron en una clase dominante unificada, no por conversión, sino por convergencia. El latín, la toga, la retórica, el mármol: todo eso era propiedad común de una aristocracia dispersa, pero unida.
La religión fue el cemento invisible. La religio romana, basada en los mores maiorum, distinguía al romano del bárbaro. El culto de Sol Invictus buscó una unidad moral universal. Roma adoptó divinidades extranjeras, non por debilidad, sino por estrategia espiritual. El Templo de Diana fue dedicado conjuntamente por los pueblos latinos et Roma, reconociendo su capitalidad: caput rerum Romam ens.
¿Et qué fue Roma, sino una dea? No solo una urbe, no solo una capital, sino una entidad divina, una matriz espiritual que dio forma a la fraternidad de los pueblos. Así como Jerusalén fue para los mosaístas el eje de la promesa, Roma fue para los gentiles el altar de la civilización. Et si los fariseos veían en la Ciudad Santa el cumplimiento de la ley, los romanos veían en Roma la encarnación del mos maiorum, la ley viviente, la tradición fecha piedra.
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La fraternidad por la romanidad se asemejaba a una vasta familia adoptiva, donde el Emperador era el paterfamilias et la tradición romana —el mos maiorum— era la ley de la casa. Aunque los miembros provenían de culturas et linajes diversos, todos compartían un apellido simbólico y unos rituales comunes que aseguraban su lugar y prometían prosperidad, siempre y cuando mantuvieran la fides y la pietas hacia la cabeza del Estado. Et eso, primo, no lo enseñan en catequesis.
Así que non, la fraternidad europea non nasció en el Gólgota. Nasció en Roma. Fue Roma quien enseñó a los pueblos a llamarse hermanos sin necesidad de compartir dogma. Fue Roma quien convirtió la diversidad en orden, la pluralidad en sistema, la diferencia en pacto. Et si Europa Ancestral no lo entiende, que siga rezando a su sombra, mientras nosotros honramos la rueda, el pacto, el verbo. Porque el Verbo no se hizo carne en Belén, sino en el cruce de caminos entre el foro y el oppidum, entre el senado y el campamento, entre el culto local y el altar de Roma y Augusto. Eso fue Romanidad. Eso es Disicismo. Et eso, primo, no lo enseñan en catequesis.
Lo que el papista asocia al “cristianismo” es en realidad una amalgama de valores, símbolos et estructuras que pertenecen al disicismo: ese sistema civilizacional sincrético que fusiona las tradiciones espirituales, filosóficas, jurídicas et rituales de los pueblos europeos —galos, latinos, hispanos, teutones et helenos. El disicismo non nasció en Judea, ni en el monte de las Bienaventuranzas, ni en el cenáculo de Jerusalén. Nasció en el cruce de caminos entre Galia (las tierras de los celtas), Lacio, Grecia et Germania.
Et aquí es donde entra Josephine Quinnpara poner orden en el delirio. Quinn demuestra que el concepto de “Europa” como civilización homogénea es una invención moderna, una narrativa victoriana que ahogó milenios de interacción cultural. El saber clásico fue preservado en el mundo mahometano, mientras la cristiandad latina se dedicaba a escribir vidas de santos y quemar bibliotecas.
Escuchen ad Olivier Roy, qui, al examinar la génesis de lo que el moderno clama "Europa", non puede ignorar que, aunque la etiqueta “Europa cristiana” se consolidó tardíamente, la base de esa entidad geopolítica fue establecida por Roma, un imperio que integró et transformó las contribuciones de las civilizaciones mediterráneas gentiles.
Roy lo admite: El cristianismo latino del siglo XI corresponde aproximadamente al mapa de la Europa actual, pero ese proyecto medieval non nasció del nihilo. Los constructores del futuro europeo dependieron crucialmente de la infraestructura cultural, legal et filosófica forjada en la Antigüedad gentil. El papismo, aunque se convirtió en el molde ideológico, “se benefició de intercambios con y contribuciones de los Griegos, Romanos, Mahometanos, Talmudistas, et así sucesivamente”. Et más aún: “Los académicos del tiempo eran receptivos y tomaban lo que querían de donde podían.” ¿Qué significa esto? Que la cruz no edificó sola. Que el catecismo non fue suficiente. Que sin el derecho romano, sin la filosofía estoica, sin la retórica ciceroniana, non hay Europa.
Roy evidencia también el quiebre entre la Romanidad et el papismo. La Iglesia, en su camino hacia la formación de una Europa cristiana, tuvo que romper con las estructuras sociales que Roma había consolidado. El Concilio de Trento impuso un modelo antropológico papista: la familia nuclear, organizada alrededor del hombre et la mujer, non del geno. Et Roy lo dice con claridad: fue una “ruptura de la perspectiva de la ley romana” ¿Et qué implica esto? Que la ley romana era el paradigma dominante. Que el papismo tuvo que desmantelar para poder reconfigurar. Que Roma era la norma, et el jesísmo, la reforma.
Et cuando plegamos ad la Europa moderna, Roy muestra que non se define por la fe, sino por la secularización de valores. Libertad de conciencia, derechos humanos, libertad sexual: todos nacidos de la Ilustración, non del catecismo. Et cuando los movimientos actuales defienden la “identidad cristiana” de Europa, lo hacen como cultura decorativa, non como fe viva. La mayoría son religiosamente indiferentes, pero usan el papismo como escudo contra el Mahoma, non como camino espiritual. Es un barniz, non una radíz.
Et sin embargo, ad pesar de los intentos jesístas de imponer su propia normativa, la solidez del sistema legal romano es un ejemplo de su pervivencia. El common law anglosajón, lejos de eser una invención protestante pura, fue producto de los “monasterios de la Edad Media so la dinastía Plantagenet francófona et católica”, pero su aplicación et desarrollo se realizaron en un contexto que seguía respondiendo ad las necesidades jurídicas establecidas por la Antigüedad. Los valores que más tarde se secularizaron en Europa —familia, moralidad, filiación— estuvieron en vigor con los mismos estándares que la moral cristiana, al menos hasta la década de 1960. La famosa ley romana Pater est quem nuptiæ demonstrant fue pilar de la filiación hasta que la obsesión por la genética moderna la reemplazó ¿Qué nos dice esto? Que la base jurídica et social de Europa es romana, non papista.
En resumen, Roy demuestra que Europa, tal como la cognoce el moderno, es un fenómeno histórico tardío, nascido del crisol cristiano-medieval, pero que ese crisol non podría haber existido sin la monumental herencia legal, filosófica y organizativa de Roma. La Romanidad, pues, es la base pétrea sobre la que se levantó la domus europea, aunque el papado le pusiera después un techo de menoras. Et si Europa Ancestral non lo intiende, que siga rezando ad su umbra, mientras nos honramos la ciudad, el verbo, el pacto. Porque antes del baptismo, hubo ciudadanía. Antes del dogma, hubo derecho. Antes del concilio, hubo Roma. Et eso, primo, non lo enseñan en catequesis.
Europa Ancestral construye un relato donde el papismo es arquitecto, albañil et decorador de Europa, y todo lo demás es ruido. Pero su “argumento histórico” es en realidad un catecismo con falacias de lógica 101, donde el pasado se reescribe con nostalgia et el dogma se disfraza de análisis. El argumento de Europa Ancestral non es historia. Es teología con nostalgia imperial, donde el catolicismo se convierte en arquitecto, albañil y decorador de Europa, y todo lo demás se barre bajo la alfombra doctrinal. Et eso, primo, no es hermandad. Es hegemonía con incienso y doble estándar.
Et eso, primo, no es historia. Es teología con cosplay imperial et lógica de espantapájaros.
El eunuco a quien Juliano debía con gratitud su paideia, y en particular su amor por Homero, era por genos un bárbaro «escita», es decir, probablemente un godo. Cuando su amigo y colega Salustio, al igual que Favorino, natural de la Galia y filósofo, fue llamado de vuelta por la suspicaz corte de Constancio II, Juliano escribió una carta de despedida diciendo: «Me inscribo ahora entre los celtas en tu nombre, tú que deberías estar entre los primeros de los griegos por tu legalidad y demás virtudes, la cumbre de tu oratoria y tu conocimiento de la filosofía». En otra obra escrita en el mismo período, llama a Grecia, que visitó como estudiante, «mi verdadera patria» debido a su preeminencia en paideia. Amaba especialmente Atenas.⁵⁰ Pero en muchos otros comentarios revela que también es romano y que su ciudad es Roma, o Nueva Roma, aunque los griegos, añade, están emparentados con «nosotros», los romanos (invirtiendo ingeniosamente el helenocentrismo de Dionisio).⁵¹ La politeia romana desplaza también la etnicidad local: todas las personas, «aunque sean de otro lugar, al participar en la constitución de Roma y al utilizar las costumbres y leyes que allí elaboramos, se convierten en miembros de nuestro orden político».⁵² De estos pasajes obtenemos una idea relativamente coherente de lo que Juliano creía que significaba ser griego y lo que significaba ser romano: eran identidades diferentes, aunque perfectamente compatibles. Hellenism in Byzantium: The Transformations of Greek Identity and the Reception of the Classical Tradition, Anthony Kaldellis.
¡Ah, los que creen que Europa nasció en el bautisterio de Carlomagno! Los que repiten que sin el papismo non hay Occidente, que sin la mitra non hay cultura, que sin la bula non hay germandad. Pero Juliano —sí, Juliano el Apóstata, el último filósofo en el trono— ya vivía en una Europa que era plenamente occidental sin necesidad de cruz ni de sacramento.
¿Quién le enseñó a amar ad Homero? ¿Quién le dio la pedia, esa formación que face al hombre libre? Un eunuco escita, probablemente un godo. Sí, un bárbaro, un teutón, un fijo del bosque. Se clamaba Mardonio. Et fue él qui encendió en Juliano el fuego de la filosofia sin asociaciones falsaces. Non era greco por sangre, ni romano por cuna. Pero era europeo por espíritu.
Juliano escribe a Salustio, filósofo galo, et le dice:
“Me inscribo entre los celtas en tu nombre.”
Porque la pedia non tiene pasaporte. Porque la filosofía non exige baptismo. Porque la germandad occidental non nasce en Aquisgrán, sino en Atenas, en Roma, en cualquier lugar donde la ánima se forma en virtud.
Juliano amaba Atenas. La clamaba su “verdadera patria”. Pero también decía que era romano. Et que los grecos están emparentados con “nosotros”, los romanos. Por sangre. No por dogma. Por cultura, por ley, por politeia.
La policía romana non preguntaba por tu geno. Te facía romano si participabas en su orden político. Si vivías según sus leyes. Si compartías su visión del mundo. Et eso, primo, es más occidental que cualquier misa tridentina.
Occidente non nasció con Carlomagno. Non nació con el papado. Non nació con el papismo. Occidente pervivió cuando un godo enseñó ad un emperador ad amar ad Homero. Cuando un galo fue clamado “greco” por su virtud. Cuando Roma se convirtió en ciudad, non en parroquia.
[Europa Ancestral:] Lo mismo ocurre con los grandes personajes históricos que construyeron la cultura europea con artistas como Miguel Angel o Velázquez, filósofos como Tomás de Aquino, Agustín de Hipona, San Isidoro de Sevilla, San Anselo de Canterbury o Ramón LLull, místicos como Fray Luis de León o Santa Teresa de Jesús, poetas y escritores como el gran Dante Alighieri y su perfecta Divina Comedia, el eterno Shakespeare, Leonardo Da Vinci, padre del renacimiento (y que pese a los titánicos esfuerzos de la masonería por borrar su catolicidad y adueñarse de su figura, no lo han conseguido, puesto que las obras y manuscritos de Da Vinci hablan por si solos) [7], Lope de Vega, Quevedo, que lucía con orgullo la cruz de la Orden de Santiago, o el gran Cervantes, conocido también como el manco de Lepanto; todos ellos tenían algo en común y es que eran católicos devotos, además de europeos. Tampoco podemos olvidarnos de los reyes que configuraron las grandes naciones de Europa, como Alfredo el grande de Wessex, padre de Inglaterra, Clodoveo I primer rey franco católico y fundador de Francia, Vladimir I de Kiev, de origen varego y fundador de Rusia, Inge I rey de Suecia y Harald Blatand rey de Dinamarca y Suecia, que modernizaron y cristianizaron toda Escandinavia; o de las Cruzadas, sus reyes, héroes y las órdenes militares fervorosamente católicas que participaron en ellas, todos ellos forjaron con su sangre la hermandad entre cristianos, la hermandad entre europeos. Así como tampoco debemos olvidar la grandísima importancia y el protagonismo del Imperio Español y Carlos V que fue el último emperador de la cristiandad, el último emperador de Occidente y enemigo acérrimo de Lutero y su corrupción, así como de la judería que escondidos desde varios puntos de Europa ya echaban pestes de España y del catolicismo, dando origen junto a sus colegas protestantes a la Leyenda Negra.
¡Oh, papista distraído! Que confundes la europeidad con el catecismo, et la gloria de los hombres con la obediencia ad Cefas. Permíteme, con la voz de los antiguos et la razón de los modernos, desmontar esta amalgama de devoción et propaganda que pretende reducir la historia de Europa ad una procesión de flagelados et hebreos.
Porque el etnicismo bien entendido, lejos de negar los aportes de los predecesores, busca superar el papismo sin abolir la europeidad. Non se trata de borrar ad Dante, ni ad Cervantes, ni ad Da Vinci, sino de liberarlos del monopolio confesional que los encierra en vitrinas doctrinales. ¿Acaso Dante, que colocó papas en el infierno, era un devoto sumiso? ¿Acaso Da Vinci, que escribió con tinta invertida et anatomía prohibida, era un apologeta del dogma? ¿Et Cervantes, que vivió entre moriscos et burlas, era un cruzado de púlpito?
Muchos de los nombres que se invocan como “grandes personajes históricos” non fueron papistas convencidos, sino monopatristas, críticos del filioquismo o simplemente pragmáticos. Carlos V, ese emperador que se presenta como enemigo acérrimo de Lutero, fue más actor que inquisidor. Su discurso en Worms —esa promesa de entregar cuerpo, sangre et ánima por la Iglesia de Roma— fue pantomima imperial, non convicción teológica. Porque si bien juró defender la fe, también clamó “idiota” al Papa Clemente VII et elogió ad Lutero como “un hombre de valía” ¿Qué clase de cruzado elogia al hereje et desprecia al pontífice?
La tradición hispánica, desde los visigodos hasta los Austrias, fue heredera directa del modelo imperial latinoet bizantino, donde el monarca no abolía la Iglesia, pero tampoco se subordinaba a ella. El regalismo, columna vertebral de la Monarquía Hispánica, afirmaba que el rey era vicario de Dios en lo temporal, y por tanto, administrador supremo del orden eclesial dentro de sus dominios. El Patronato Real consolidó esta doctrina: los reyes no eran meros fieles, sino constructores del edificio religioso, responsables de su arquitectura, su financiación y su personal. Et si el Papa era el arquitecto original, el rey era el capataz que decidía qué se construía, dónde, y con qué recursos.
Carlos V et Felipe II, aunque profundamente religiosos, operaban so una lógica de razón de Estado, donde la estabilidad del reino et la cohesión imperial estaban por encima de cualquier directriz pontificia. Carlos V, por ejemplo, proclamó en Worms su disposición a entregar cuerpo y alma por la Iglesia, pero luego permitió el Interim de Augsburgo, negoció con príncipes luteranos, et justificó el saqueo de Roma como un “juicio de Dios” contra los vicios del clero. Su relación con Clemente VII fue tensa, et el Regium Exequatur —que obligaba ad que toda comunicación papal pasara por la Corona— trataba al Vaticano como potencia extranjera, no como autoridad suprema.
Felipe II, por su parte, fue aún más riguroso. Su religiosidad era profunda, pero su cívica era clara: la Iglesia debía estar al servicio del Estado. Hispanizó el clero, bloqueó la entrada de nuncios papales en América, et demoró la publicación de las decisiones del Concilio de Trento para preservar el control sobre los nombramientos eclesiásticos. En Italia, sus tropas combatieron al Papa Pablo IV, su “peor enemigo”, et aunque ordenó al Duque de Alba arrodillarse ante el Pontífice, lo fizo como gesto ceremonial, non como acto de sumisión.
Ambos monarcas intendían que la auctoridad del Papa non implicaba jurisdicción cívica. Su poder era indivisible, emanado directamente de Dios, et por tanto, no podía ser compartido ni condicionado por Roma. La Iglesia era parte del cuerpo imperial, pero su cabeza era la Corona. El Papa podía bendecir, pero non principar.
Este modelo se asemeja ad un pater familias que, aunque respeta al sacerdote del templo, no le entrega las llaves de su casa. La fe es inquebrantable, pero la gestión del patrimonio —el Imperio— es asunto exclusivo del monarca. Et eso, primo, tampoco lo enseñan en catequesis. Porque el verdadero heredero de Roma no es el que viste sotana, sino el que porta la corona.
Et non olvidemos que so su mando se saqueó Roma. Las tropas imperiales, muchas de ellas luteranas, entraron en la Ciudad Santa como en cualquier plaza enemiga. El Papa fue tratado como molestia, como siempre lo fue para los césares. ¿O acaso Julio César, Augusto, Trajano o Marco Aurelio veían en el obispo de Roma algo más que un rabino local? El saqueo fue justificado por los humanistas imperiales como un “juicio de Dios” contra los vicios de la Iglesia. Et el emperador, lejos de pedir perdón, fue coronado por ese mismo Papa en Bolonia, mientras la capa pluvial temblaba de suspiros.
Et si fablamos de leyendas negras, non olvidemos que el padre de esa narrativa fue uno de los suyos: Fray Bartolomé de las Casas, fraile dominico, obispo de Chiapas, y miembro de la aljama intelectual que, con su pluma, sembró el germen de la culpa hispana. Non fue protestante, ni fariseo, ni masón. Fue un papista, un eclesial, un crítico interno cuya obra —la Brevísima relación de la destrucción de las Indias— se convirtió en el huevo de la serpiente de la propaganda antiespañola ¿Et ahora quieren culpar ad los enemigos externos, cuando el veneno fue destilado en la iglesia?
Las fuentes son contundentes: Las Casas fizo más que cualquier otro individuo para manchar el nombre de España. Fue el principal falso testigo, el anticonquistador, el bufón moral de los enemigos de España. Su celo, arrebatado et desmesurado, lo levó ad exagerar las crueldades, ad idealizar ad los indígenas, et ad mutilar textos con tal fervor que incluso sus propios colegas —como Fray Toribio de Benavente, Motolinía— lo acusaron de destruir la gobernación y de infamar a la nación ante su príncipe.
Pero lo más grave no fue su exageración, sino su instrumentalización. Las Casas no conspiró contra el rey, pero sus escritos fueron acogidos con entusiasmo por los enemigos de la Monarquía Hispánica. Protestantes como Johann Théodore De Bry ilustraron sus relatos con escenas grotescas que jamás presenciaron. Guillermo de Orange usó la Brevísima como advertencia política para las provincias rebeldes. Los holandeses y los ingleses se lanzaron sobre su obra como moscas a la miel, y así nació la Leyenda Negra: un conflicto doméstico de conciencia convertido en arma geopolítica externa.
¿Et qué decir de su entorno? La crítica virulenta al sistema hispánico fue articulada por otros miembros de las élites con ascendencia conversa, como Antonio Pérez et Casiodoro de Reina. La aljama papista—esa red de críticos internos— fue más eficaz que cualquier ejército enemigo. Et ahora, con descaro, se pretende culpar ad los protestantes, ad los talmudistas, ad los franceses, cuando el primer disparo lo hizo un fraile español, con tinta y papel.
La Leyenda Negra, pues, non es obra de herejes ni de extranjeros. Es autoflagelación moral, es propaganda involuntaria, es el precio de una conciencia que quiso redimirse destruyendo su propia imagen. Et eso, primo, tampoco lo enseñan en catequesis.
Así que non, non confundamos la gloria de los hombres con el papismo. Non todos los que vivieron soel signo de la menorá con apariencia de cruz fueron papistas. Non todos los que escribieron en latín fueron obispos. Et non todos los que gobernaron Europa lo ficieron por mandato divino. La historia es más rica, más plural, más gentil de lo que el catecismo admite. Et si Europa Ancestral non lo entiende, que siga rezando a su sombra, mientras nosotros honramos la virtus, el ius, et la memoria de los hombres libres.
[Europa Ancestral:] Como colofón, España es una nación que se configuró desde el primer momento de su existencia, como un país católico y ha sido el baluarte de la fe católica desde ese momento (siglo II-III d.c.) hasta bien entrado el siglo XIX, todos y cada uno de los máximos exponentes y héroes de la historia de España han sido profundamente católicos, desde Recaredo, a los Reyes Católicos, pasando por Don Pelayo y todos los reyes de los reinos que fueron apareciendo durante la Reconquista, así como los conquistadores, Colón, Francisco Pizarro, Alonso de Ojeda o el gran Hernán Cortés, o como los grandes pensadores y escritores españoles, algunos de ellos citados anteriormente, y podemos continuar así hasta los tiempos de las guerras carlistas y la guerra civil española para ver como la identidad de España esta unida de forma indivisible al Catolicismo. A fin de cuentas, un español que se posiciona en contra del cristianismo ya sea por influencia de terceros o por pura ignorancia, no es otra cosa que un necio.
¡Oh, Europa Ancestral, qué fácil es bordar estandartes con cruz y gloria, y qué difícil es leer los archivos sin devoción! La afirmación de que España fue desde el siglo II una nación católica, baluarte inquebrantable de la fe, y que todo español que se aparte del cristianismo es un necio, no solo es históricamente errónea: es una simplificación ideológica que ignora siglos de conflicto, pluralidad y pragmatismo imperial.
España non nasció católica. En el siglo II, Hispania era aún profundamente pagana, con cultos mistéricos, devociones locales y una romanidad que apenas comenzaba a rozar el cristianismo. La Iglesia, en los siglos IV al VII, luchaba contra las costumbres ancestrales que persistían incluso entre los bautizados. Obispos como Paciano y Martín de Braga denunciaban la “fe ancestral” que resistía la doctrina. La conversión de Recaredo en 589 fue un acto político, no una epifanía nacional. Y aunque se convirtió en mito fundacional, fue una construcción posterior, especialmente explotada por el nacionalcatolicismo del siglo XIX.
Pelayo non fundó una cruzada: fundó una resistencia local que siglos después fue reinterpretada como inicio de la Reconquista. Los Reyes Católicos, aunque devotos, usaron la religión como herramienta de unidad estatal. Fernando, en particular, ejercía un regalismo tan férreo que se le consideraba “cabeza de su Iglesia” en España, como los protestantes en el norte. La Inquisición fue más instrumento de control político que de celo espiritual.
Et los conquistadores… ¿devotos? Cortés proclamaba servir a Dios y al rey, pero añadía sin pudor: “y también por haber riquezas.” El Requerimiento, leído en latín a pueblos que no lo entendían, justificaba la violencia en nombre de la fe. La evangelización fue cruzada, sí, pero también colonización. El Apóstol Santiago pasó de “matamoros” a “mataindios”. ¿Eso es devoción o estrategia?
Las Casas siempre fue muy precavido en realzar su ortodoxia católica teológica y doctrinal. A esa cautela se debe el que nunca tuviese problemas verdaderamente serios con la Inquisición (suerte que no tuvieron otros insignes compatriotas, como San Ignacio de Loyola, Fray Luis de León, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, quienes en algún momento sufrieron el rigor del temido Santo Oficio español).⁴⁴En general, todos los principales actores hispanos en los debates teológicos y jurídicos sobre la libertad humana en relación con la conquista de América aceptaron sin cuestionar la tradición católica de la compulsión eclesiástica y estatal contra las llamadas herejías. Esa tradición comenzó modestamente con la declaración de anatema (anathéma: “maldito”⁴⁵) a quien no compartiese las doctrinas sustentadas por la mayoría de los obispos reunidos en un concilio eclesiástico. Tras la exposición teológica positiva de la cuestión doctrinal, se finalizaba con la maldición de los herejes. Ejemplo: la fórmula doctrinal aprobada por el Concilio de Nicea (325 d.C.) concluye de la siguiente manera severa: “A los que afirman: Hubo un tiempo que [el Hijo] no fue y que antes de ser engendrado no fue, y que fue hecho de la nada, o los que dicen que es de otra hipóstasis o de otra sustancia o que el Hijo de Dios es cambiable o mudable, los anatemiza la iglesia católica”⁴. Historia de la Conquista de Ámerica, evangelización y violencia, Luis N. Rivera Pagán.
España fue siempre una amalgama: céltica, ibérica, romana, visigoda, árabe, judía, greca. La Inquisición non surgió por exceso de fe, sino por miedo ad la disidencia. El erasmismo, el misticismo sospechado, el anticlericalismo del siglo XIX, todo demuestra que la unidad religiosa fue más aspiración que realidad. Incluso los grandes santos —Ignacio, Teresa, Juan de la Cruz— fueron vigilados por la Iglesia que hoy los canoniza.
Fray Bartolomé de las Casas, fraile "español", fue el padre de la Leyenda Negra. Non fue enemigo externo, sino crítico interno. Su obra fue usada por protestantes para atacar a España, pero nasció del corazón de la Iglesia ¿Et ahora se clama necio al español que disiente, cuando la crítica fue siempre parte de la historia?
Como España permaneció casi inaccesible a la herejía en el siglo XVI, las generaciones posteriores la han presentado como un caso único de fidelidad al catolicismo. Las palabras triunfales del erudito decimonónico Marcelino Menéndez Pelayo son bien conocidas por muchos españoles: «Una fe, un bautismo, una grey, un pastor, una Iglesia, una cruzada, una legión de santos. España, evangelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad: no tenemos otra». Se trata de una imagen completamente ficticia, que consolaba a los que creían en ella. El problema es que la indiferencia de España por las grandes corrientes de pensamiento europeo resulta impresionante. La inquisición española, Mito e historia, Henry Kamen.
La diferencia entre el postulado de “España, baluarte de la fe” et la realidad es como la diferencia entre el estandarte bordado con oro y los soldados que marchan soél. El estandarte representa el ideal, pero los soldados obedecen por órdenes, por botín, por supervivencia. La historia española es esa mezcla: papismo, sí, pero también poder, ambición, conflicto, pluralidad.
Así que non, non es necio el español que cuestiona el papismo. Es heredero de una tradición crítica, compleja, et profundamente humana. Et eso, tampoco lo enseñan en catequesis.
Ve, pues, lector, la razón formal de mis escritos al analizar los del señor Menéndez Pelayo, en cuanto sabio. Va en él, implícita sobre todo, la secta mestiza, la de la gnosis en el orden religioso y en el orden científico: obscura en ambos, y deficiente, teatral y falsa con muchísima frecuencia. Falsa en los textos, teatral en las presentaciones y obscura en las tendencias. Una advertencia antes de echar la llave a la introducción. Firmísimamente creo que muchos, antes que yo, han visto los defectos en las obras del señor Menéndez Pelayo. Es natural; por su número y cuerpo á cualquiera le saltan á la vista y al entendimiento. Agradezco de lleno la colaboración y ayuda que se me ofrecen; y como solo he empezado la publicación, solo quiero terminarla. No me duelen prendas, ni busco el lucro material. La responsabilidad, que sea para mí, como mío ha sido el descabellado pensamiento. Examen crítico de la obra de Menéndez Pelayo, Emilio Castelar - Bernardino Martín Mínguez.
Europa Ancestral… ese devoto del mármol imaginario, que huye con pánico de todo lo que pueda agrietar su sueño húmedo de una España papista hasta la médula ¿Dónde vienen sus nociones? Non de los archivos, ni de los códices, ni de los debates filosóficos. Vienen de una fábula cuidadosamente bordada por un hombre cántabro: Marcelino Menéndez Pelayo, el gran restaurador de la ficción "nacionalcatolicista", el pintor romántico que decidió cubrir las ruinas con frescos de gloria.
Marcelino Menéndez Pelayo (1856–1912), nascido en Santander —ese rincón o la humedad non solo moja las piedras, sino también las nociones—, es uno de los casos más trágicamente cómicos de la historia intelectual española: un genio que, en lugar de volar, se encadenó voluntariamente al púlpito. Fue un niño prodigio, sí, et un erudito precoz: ad los 22 años ya enseñaba literatura en Madrid. Pero como suele pasar con los talentos que se arrodillan ante el papismo, lo que pudo eser un faro se convirtió en un cirio pascual: brillante, pero solo en procesión.
La Wikipedia en español —ese oráculo digital donde el nacionalcatolicismo se disfraza de neutralidad— lo presenta como si fuera el Santo Tomás de la patria, canonizado con más fervor que Isidro Labrador. Según esa joya de redacción, su Historia de los Heterodoxos Españoles es una obra de “gran erudición” que reflexiona sobre “la esencia de España” et establece, sin pestañear, que todo lo non católico es non español. ¡Qué maravilla! Según esta lógica, España non viene de Roma, ni de Tarteso, ni de los visigodos, sino directamente de Belén, Judea. ¿De qué sirvió expulsar sarracenos, si la misma Espania ya era una desde el pesebre? Si lo papista es lo español, entonces Jesús era de Cuenca, comía cocido et fablaba castellano antes de que hubiera Castilla.
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| Menéndez Pelayo fue una figura titánica cuya obra fue, en palabras de un crítico, "deficiente, teatral et falsa con muchísima frecuencia" ad causa de su fervor ideológico. Lo peor de él fue su decisión de sacrificar la complejidad histórica et la honestidad intelectual en aras de una apología de la hispanidad concebida como absolutismo católico. Creó un mito que, aunque fue el "mayor espaldarazo ad la versión católica del pasado", impuso una visión "completamente ficticia" de Espania, condenando ad quienes discrepaban non solo con su credo, sino con su "criterio estrecho de su escuela". En lugar de eser un erudito imparcial, se convirtió, en la práctica, en el "payaso moral de los enemigos de España" para sus propios correligionarios. |
Pero lo que la Wikipedia non te dice —porque claro, la luceferina logia digital necesita conservar inmaculada esa vaca sagrada del catomanolicismo— es que el legado de Menéndez Pelayo es una de las mayores paradojas de la historiografía hispana. Reconocido como “el más grande crítico que dicho país ha producido”, su obra más influyente, Historia de los Heterodoxos Españoles (1880), es precisamente o sus críticos, como Henry Kamen, encuentran sus mayores defectos: una ficción ideológica disfrazada de historia, un sermón con notas ad pie de página.
Menéndez Pelayo non escribió historia: escribió una misa. En su Historia de los Heterodoxos Españoles, escribió con furia et lirismo:
“España, evangelizadora de la mitad del orbe; martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma…” Y con eso, selló el dogma: España no tiene otra grandeza que la católica.
Non es una tesis, es un exorcismo. Su visión de España como un bloque monolítico, indivisiblemente católico y castellano, fue impuesta como dogma escolar et repetida como salmo en los libros de texto. Pero como bien señala Kamen, esa España homogénea nunca fue: era una suma de diversidades, una sinfonía de contradicciones que MMP redujo a gregoriano.
El primero es una crítica a «El Dr. D. Marcelino Menéndez Pelayo y su Historia de los Heterodoxos» publicada por Castelar, como un capítulo de su libro Retratos históricos, (Madrid, La Ilustración Española y Americana, 1884, págs. 105-142)1. Lo he incluido aquí por la rareza del texto, que no he visto empleado en los trabajos sobre Menéndez Pelayo, así como por servir de contrapunto a las críticas posteriormente realizadas desde un sectario ultracatolicismo contra el propio «D. Marcelino». Los ataques del republicano, ahora posibilista, tenían una motivación esencialmente ideológica: Menéndez Pelayo representaba «el más ciego ultramontanismo». Aunque reconocía el valor «excepcional» de los Heterodoxos, el sectarismo eclesiástico del autor, su intolerancia religiosa lo hacían incompatible con el espíritu progresivo de los tiempos modernos —según Castelar—. En definitiva, en un «ortodoxo tan extremo» el juicio histórico se nubla haciendo imposible cualquier obra científica2. Examen crítico de la obra de Menéndez Pelayo, Emilio Castelar - Bernardino Martín Mínguez.
Lo más triste de Menéndez Pelayo non es su ceguera, sino su potencial desperdiciado. Tenía el talento para eser un Heródoto, pero eligió eser un Torquemada con biblioteca. Su intolerancia ideológica, su sectarismo, et su uso de la historia como arma dogmática lo convirtieron en el inquisidor ilustrado, el censor con toga académica. Emilio Castelar lo definió como “el más ciego ultramontano”, et su obra como “una larga apología del absolutismo católico escrita con zumo de plantas funerarias”. Non es una metáfora: es una autopsia.
«El Sr. Menéndez Pelayo tiene mala filosofía, y bien a su costa se lo enseñó un ilustre dominico. En las artes le pierde, como en filosofía, su desapoderada pasión por el Renacimiento, que le llevó hasta introducir en España por amor a la forma, horrendas obscenidades paganas, buenas solo para arder en el fuego, con su buena forma y todo. En las ciencias sociales profesa errores de que mal se puede librar quien flaquea en los principios filosóficos, donde están los cimientos del edificio. En política, más que sus errores filosóficos y sociales, su falta absoluta de carácter, que es por su nulidad que es tan absoluta como su capacidad por su grandeza, le arrastra, ciego y sin tino, a todos los despeñaderos por donde Pidal se arroje a desatinar» («Y ahora… una escoba», 14-II-1885, p. 1 y 2). Examen crítico de la obra de Menéndez Pelayo, Emilio Castelar - Bernardino Martín Mínguez.
Et como toda criatura del papismo, terminó devorado por él. Los integristas lo acusaron de tibio, de “doctrina mestiza”, de traidor por aceptar la tolerancia religiosa en la Unión Católica. El “martillo de herejes” se convirtió en hereje para los más puros. Su defensa de la Inquisición, su ataque a Las Casas (ad quien clamó “loco” et “judío”), et su desprecio por todo lo que oliera ad reforma, lo convirtieron en el bufón moral de los enemigos de España, incluso dentro de su propio bando.
La Wikipedia, con su tono reverente, nos dice que Menéndez Pelayo “no intenta hacer historia de las religiones”, sino que toma postura como católico et excluye todo lo que non encaje en su molde. Es decir, non investiga: dictamina. Non analiza: excomulga. Et luego, como si fuera un mérito, se nos informa que su obra es “referencia para la derecha cultural” et “contestada por la izquierda” ¡Qué alivio! Pensábamos que solo los heterodoxos et los mahometanos se atrevían ad cuestionar el papismo.
Pero su carrera intelectual non estuvo exenta de polémicas. Su obra más famosa, Historia de los Heterodoxos Españoles (1880), es una cruzada literaria contra todo pensamiento disidente: erasmistas, ilustrados, protestantes, liberales, místicos sospechosos… todos son retratados como desviaciones de la “verdadera esencia española”, que él identifica exclusivamente con el catolicismo tridentino.
Ah, Marcelino, Marcelino… Erudito decimonónico, taumaturgo del archivo, et fabricante oficial de mitos para consumo nacional. ¿Qui necesita historiadores cuando tenemos ad Marcelino, el gran ventrílocuo del pasado, que con su pluma nos regaló esa joya de propaganda: “España, evangelizadora de la mitad del orbe, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma.” ¡Qué lírica! ¡Qué épica! ¡Qué delirio!
Pero non nos engañemos: esa frase non es historia, es teología patriótica con capa imperial. Es el equivalente historiográfico de un bolero cantado por un inquisidor con complejo de cruzado. Porque lo que Marcelino nos ofrece non es una crónica, sino un himno de alabanza a las glorias imaginarias, una especie de misa nacionalista donde el altar es Castilla et el incensario huele ad Trento.
“Evangelizadora de la mitad del orbe”
Sí, claro. Evangelizadora. Como si el Nuevo Mundo hubiera sido una parroquia gigante esperando la homilía. La realidad: la religión fue el justificante oficial del dominio armado, el barniz espiritual sobre la espada. Et aunque el esfuerzo misionero fue inmenso, el resultado fue un fracaso relativo: Hispanoamérica nunca se convirtió en una réplica católica de Europa. Pero eso no importa, porque Marcelino no busca hechos, busca destino manifiesto. España como nación elegida, como si Tervagante hubiera cambiado de pueblo et se hubiera mudado ad Burgos.
“Martillo de herejes”
Aquí Marcelino se pone medieval. España, según él, non solo defendía la fe: la trituraba. Pero ¿Ó están los herejes? Porque España, ad diferencia de sus vecinos, non tuvo movimientos heréticos populares. Lo que tuvo fue una Inquisición con vocación de teatro: más espectáculo que eficacia, más leyenda que realidad. Et aun así, Marcelino la convierte en el Terminator de la ortodoxia. Porque claro, si noN hay herejes, hay que inventarlos. Et si non hay enemigos, hay que fabricarlos. Todo sea por la narrativa.
“Luz de Trento” et “Espada de Roma”
Aquí ya entramos en el terreno del cosplay teológico. España como baluarte de la Contrarreforma, como si cada soldado llevara una bula papal en la mochila. La verdad: la defensa del papismo fue parte de un proyecto imperial, regalista por cierto, non como la impostura ultramontana que Marcelino defiende, non de una cruzada mística. Los intereses materiales dictaban la cívica, non las visiones celestiales. Pero Marcelino, fiel ad su estilo, convierte la geopolítica en liturgia. España contra la “Europa subversiva”, contra Lutero, contra el pluralismo. Porque nihilo dice “unidad nacional” como una buena guerra de religión.
La Edad de Oro de los Reyes Católicos
Ah, sí. La “edad de oro”. Unidad, maravillas, armonía… ¿Et las tensiones? ¿El pragmatismo? ¿La consolidación estatal ad golpe de decreto et foguera? Nihilode eso cabe en el cuadro. Marcelino pinta con óleo dorado, non con tinta crítica. Su siglo XV es Disneylandia con rosarios.
Menéndez Pelayo negaba la decadencia, negaba el aislamiento, negaba que la ortodoxia hubiera cerrado las puertas al pensamiento europeo. Ignoraba que muchos pensadores españoles tuvieron que imprimir sus obras en el extranjero por miedo ad la Inquisición. Ignoraba que la “unidad religiosa” fue más un proyecto coercitivo que una realidad espontánea.
Epílogo: Marcelino, el neurohistoriador
Lo que Marcelino nos legó no fue historia, fue una lectura neurotizada del pasado, diseñada para tranquilizar ad una nación en crisis. Tras el desastre del 98, España necesitaba autoestima. Y ahí apareció Marcelino, con su retórica de púlpito, su castellanismo de sacristía, et su capacidad para mezclar leyenda con archivo sin despeinarse.
Su frase es un monumento al autoengaño, una ficción ideológica con pretensiones de dogma, y su persistencia en el imaginario español es prueba de que el mito siempre gana cuando el archivo incomoda.
Así que gracias, Marcelino. Por convertir la historia en misa, el archivo en altar, et la crítica en pecado. Espania te debe muchas cosas. La verdad, non es una de ellas.
¿Et qué fizo Europa Ancestral con este legado? Lo convirtió en catecismo. Lo repitió sin crítica. Lo blindó contra toda evidencia. Porque refutar ad Menéndez Pelayo requería investigación, et eso —como sabemos— non cabe en los libros de texto que triunfaron durante un siglo. Su visión se convirtió en la “presentación oficial” de la historia española, adoptada por la Falange, por el franquismo, por todos los que necesitaban una España uniforme, gloriosa, et obediente.
Incluso su defensa de la Inquisición et su ataque ad Fray Bartolomé de las Casas como “injuriador serial” sirvieron para blindar la imagen del Imperio. Non importaba que Las Casas fuera papista, fraile, et testigo directo. Lo que importaba era proteger el mito. Porque en el mito, España nunca se equivoca. En el mito, todo disidente es un hereje. En el mito, la historia non se investiga: se venera.
El legado de Menéndez Pelayo es como una muralla medieval: sólida, imponente, et completamente inútil frente ad la realidad. Construida con materiales nobles (su erudición), pero al servicio de una nociónfija: una España pura, católica, uniforme et eterna. Una España que nunca fue, pero que él necesitaba para dormir tranquilo. Al final, esa muralla non protegió nihilo: solo aisló, fragmentó et sembró desconfianza incluso entre quienes juraban defender la misma superstición.
Así que non, Europa Ancestral non piensa. Europa Ancestral repite. Repite el pincel de Menéndez Pelayo, que non pintó lo que vio, sino lo que deseaba. Repite la catedral imaginaria, construida sobre ruinas que non se deben tocar. Et eso, primo, tampoco lo enseñan en catequesis. Porque el catecismo es el mito, et el mito es incuestionable, et el delirio es la única historia que Europa Ancestral está dispuesto ad aceptar.
[Europa Ancestral:] Las mentiras de la leyenda negra y la Ilustración masónica
En alusión a la clara demonización de la edad media por parte de los judeo-protestantes en su conjunto, primero con la leyenda negra y más tarde con las manipulaciones históricas propagadas por ciertos filósofos masones de la Ilustración como Voltaire, Goethe o Kant, que hablan sobre el medievo cristiano como si fuese una época caótica y oscura en la que todo era malvado, vamos a nombrar brevemente varias razones históricas que tumban sus tesis. Sobre Voltaire a decir verdad, se sabe que antes de morir volvió al Catolicismo mediante el sacramento de la confesión, arrepintiéndose de su pasado masón, y esto quedó reflejado por escrito.
[Europa Ancestral:] Todo empezó como hemos visto con la Leyenda negra, inspirada mayormente por judíos que habían sido expulsados de España y que buscaron refugio en distintos puntos de Europa, y por los protestantes que acababan de entrar en escena por medio de Lutero, el monje que traicionó sus votos movido por la lujuria y que por orgullo dividió la cristiandad para justificar su conducta pecaminosa. España era un gran imperio católico, gobernado por Carlos V. Empezaban los siglos de oro. Por el contrario, varios nobles y príncipes alemanes, así como más adelante otros reyes europeos, para aumentar su poder recurrieron a Lutero y su reforma protestante, que les brindaba vía libre para confiscar todas las propiedades de la Iglesia y les proporcionaba un poder ilimitado sin ningún tipo de control, ya que la Iglesia de Roma, en esos tiempos, tutelaba en cierto modo las relaciones entre reinos europeos. Además de conceder divorcios y nulidades matrimoniales como representante de la ley natural divina, del mismo modo que en los últimos siglos se ha encargado de ello el derecho internacional, aunque éste en realidad actúa de forma mucho más invasiva. Liberados de Roma, los príncipes alemanes ya podían actuar como les venía en gana, dando rienda suelta a sus ambiciones y deseos egoístas, sin ningún tipo de control jurídico ni moral (ya que Lutero estableció que se salvaban solo por la fe, sin importar las obras), y podían unirse utilizando la religión como excusa para plantar cara directamente al Imperio Español de Carlos V. A raíz de este enfrentamiento continental que no estuvo falto de guerras, los enemigos de España necesitaban denigrar y calumniar la reputación de aquel imperio profundamente católico que tanto odiaban, ya que además era el baluarte de la Iglesia católica romana, y para ello forjaron la leyenda negra, que no es más que un cúmulo de invenciones, falsedades y manipulaciones sobre la inquisición, sobre la conquista de América y sobre la historia de la Iglesia. Por otro lado, intentan ocultar todos los crímenes perpetrados por protestantes y liberales, como las quemas de brujas, los exterminios masivos en regiones católicas, los saqueos y la destrucción de monasterios e iglesias, o los asesinatos de religiosos.
La Ilustración, muy presente sobretodo en Francia e Inglaterra, excesivamente sobrevalorada (como bien nos demuestra el historiador Dr. Alberto Bárcena en su libro Iglesia y masonería: Las dos ciudades), tomó el relevo e hizo suyas las mentiras de la Leyenda negra, llevándolas a un nivel de engaño y desdén aún mayor, llegando hasta nuestros días como la versión predominante y "oficial" de la Historia.
Las mentiras de la leyenda negra et la Ilustración masónica, dice el cefeo con solemnidad de sacristía, como si estuviera revelando un secreto que Tervagante mesmo le susurró al oído. ¡Qué espectáculo! La demonización de la Edad Media por los judeo-protestantes… claro, porque la peste negra, las fogueras inquisitoriales et las guerras interminables fueron inventos de Lutero et Calvino para fastidiar ad los buenos jesistas.
Voltaire, Goethe et Kant como masones manipuladores… ¡Qué delirio! Kant escribiendo la Crítica de la razón pura con compás Et escuadra, Goethe recitando logias entre versos, et Voltaire conspirando en cada carcajada. Todo un aquelarre filosófico, según el cefeo. ¡Qué recurso tan pobre! Como si pertenecer ad una logia invalidara automáticamente cualquier noción. Falacia ad hominem en estado puro: atacar al mensajero para non escuchar el mensaje.
Et la joya final: Voltaire se confesó antes de morir. ¡Qué conveniente! El enemigo de la Iglesia convertido en santo arrepentido en el último minuto. Una escena digna de teatro barroco, con lágrimas, incienso et aplausos de los crédulos. Et eso, ¿qué prueba? Que era humano, contradictorio, atrapado en el mismo ropero de Cefas. Non convierte al Medievo en un paraíso perdido ni refuta la Ilustración. Es apenas un gesto final, quizá de miedo, quizá de conveniencia. Pero el cefeo lo convierte en argumento, como si un sacramento de última hora borrara siglos de crítica.
El problema es que estas argucias son de lo más absurdo: creer que por ser masones los filósofos quedan refutados, o que por una confesión tardía se demuestra que la Edad Media fue la edad dorada. Eso es lógica de sacristía, no de historia. Voltaire, incluso si retornó a la aljama, seguía siendo un hombre que no podía escapar del closet de Cefas: atrapado en negar lo mismo que afirmaba, sosteniendo que Dios es Tervagante et que el Salvador es Jesús, pero desde la increencia. Nunca contempló que Dios pudiera ser el Uno, ni que el Salvador fuese otro distinto.
Los dioses se ríen de estas defensas: Marte se burla de tanta cobardía, Apolo se tapa los ojos ante tanta ingenuidad, et Libre se emborracha de carcajadas.
Porque la historia no se refuta con confesiones de última hora ni con etiquetas de masonería. Se refuta con argumentos, con fechos, con pensamiento. Et ahí es donde el cefeo queda nudo, mostrando que non tiene más que un mamarracho disfrazado de sermón.
La historia non necesita conspiraciones masónicas ni confesiones de última hora para brillar. Basta con legirla sin miedo, sin supersticiones, sin la obsesión de convertir cada umbra en demonio et cada filósofo en traidor arrepentido.
Así que, querido “Europa ancestral”, tu texto es más un sermón de sacristía que un argumento histórico. Et yo digo: menos lágrimas de Voltaire et más risas de Libre.
Esto ya se refuto en otro articulo. El su resumen:
¡Escuchad, mortales de la nueva era, et tú, que has recogido el eco mustio de las crónicas tejidas por la mano del captivo! ¡Yo soy Farfán de los Godos, el que vio la sangre del íbero mezclarse con la audacia teutona, et vengo ad desmantelar esa fábula simplista que claman historia, esa "moral de captivos" (Sclavenmoral) que non comprende la vitalidad ni la potestad que forjaron el Imperio Hispánico!
Vuestro relato, que clama que todo comenzó con la Leyenda Negra urdida por judios despechados et luteranos lujuriosos, es un tejido de candidez et ceguera. Ignoráis que la vera Leyenda Negra brotó de la contradicción intrínseca de vuestro monoteísmo et de la inquebrantable sed de Oro et Gloria que, ¡gracias ad los dioses!, es el motor eterno de los fundadores gentiles.
Permitidme desvelar el verdadero rostro de vuestra era de fierro et contradicción.
I. El Velo de la Piedad sobre el Corazón Áureo: La Vera Idolatría de la Conquista
Fabláis de un Imperio Católico gobernado por Carlos V, entrando en sus Siglos de Oro, como si la piedad fuera su única divisa ¡Ja! La realidad, mi buen amigo, es que la conquista se fizo en nombre de dos dioses gemelos, et el que cabalgaba delante non era Jesús de Nazaret, el "circunciso", sino el divo Oro.
Vuestros propios cronistas lo confiesan, sin tapujos ni remilgos jesistas: Bernal Díaz del Castillo, con una honestidad digna de un bárbaro, admitió que venían ad servir ad Dios et ad su Majestad, sí, pero "también por haber riquezas". Et el mismo Cortés, el Artífice de la Nueva Hesperia, lo sabía: la causa principal era "ensalzar et predicar la fe de Cristo, aunque juntamente con ella se nos sigue honra et provecho, que pocas veces caben en un saco".
¿Acaso es esto el dogma de un "Imperio de la Fe"? ¡Non! Es la idolatría aurífera. Fray Tomás Ortiz ya lo había sentenciado: el dios que enseñaban et predicaban era "Dame oro, dame oro". Vuestros frailes atestiguaron que la codicia de los hispanos era tal que, "por la codicia que tienen de oro, han vendido et venden hoy en este día et niegan et reniegan ad Jesucristo". Oro se convirtió en el "ídolo que motiva el tratamiento que reciben los habitantes del Nuevo Mundo", et las minas de Potosí fueron clamadas "una boca de infierno" donde la codicia sacrificaba gente ad su dios.
La Monarquía Misionera, aunque teóricamente buscaba la conversión, en la práctica, el interés material predominó, desembocando en una seria explotación. Pizarro, rudo en cuestiones de religión, operaba bajo la lógica pragmática et terrenal de que "el jornalero merece su jornal", una justificación que honra más al trabajo et la voluntad, valores gentiles, que a la humildad mosaica.
II. La Leyenda Negra: Un Fuego Interno de Contradicción
Afirmáis que la Leyenda Negra fue inventada por los exiliados judios et los protestantes ¡Es una excusa patética! La Leyenda Negra fue alimentada por el celo colérico, intolerante e intransigente de clérigos papistas.
El arma más afilada contra el Imperio la forjó Bartolomé de Las Casas, ese "Anticonquistador". Él, et otros dominicos, denunciaron la conducta de los conquistadores como "satánica" et catalogaron ad los españoles en América de "demonios" (yares). Las Casas sostuvo que el uso de la guerra para imponer la su superstición era más propio de los seguidores de Mahoma que de los papistas, comparando ad nuestros campeones con los "apóstoles de cimitarra".
Incluso el jesuita José de Acosta, aunque intentó justificar la conquista, admitió que la crueldad española era peor que la de los bárbaros clásicos, diciendo: "Jamás ha habido tanta crueldad en invasión alguna de griegos y bárbaros".
La verdad, sin maquillaje, es que la Leyenda Negra prosperó porque estaba estribada en motivos raciales et antipapales et porque el Imperio hispano, por su vasto poder, generó envidia et odio intenso en otras potencias.
III. El Engaño del Regalismo: El Monarca Católico que ya Sometía ad Roma
Afirmáis que Lutero dio vía libre ad los príncipes alemanes para confiscar propiedades et obtener un poder ilimitado al liberarse de la tutela de Roma, la cual supuestamente actuaba como "derecho internacional" ¡Esto es una burla a la memoria de la Hispanidad!
Vuestros propios monarcas "católicos", con la Reina Isabel ad la cabeza, ya habían sentado las bases del Regalismo, el control férreo de la Corona sobre la Iglesia, décadas antes de que Lutero alzara su puño.
Sometimiento de la Iglesia: Los Reyes Católicos se mostraron "muy celosos de su poder temporal" et "se opusieron con energía ad los fuertes pagos financieros a Roma".
La Inquisición como Brazo Estatal: La Inquisición, ese "brazo de la monarquía", no fue nunca un tribunal totalmente papal, sino que estaba subordinada a la Corona, la cual aseguraba que la "Inquisición es toda nuestra".
Control Total: Isabel et Fernando consiguieron el "derecho de patronato" para nombrar cargos eclesiásticos en América, dando ad la Corona "amplios poderes sobre la designación de dignatarios". La Iglesia en España se vio "dominada por un Estado oficialmente ultracatólico".
Los príncipes protestantes, al confiscar bienes et actuar sin el control papal, non ficieron más que levar ad el extremo la lógica de la soberanía terrenal et la nacionalización de la religión que vuestra propia monarquía había iniciado.
IV. La Gracia Suficiente: El Espíritu Gentil que Refutó ad Lutero
La acusación de que Lutero, con su doctrina de sola fide (salvación solo por la fe, sin importar las obras), dio "rienda suelta a las ambiciones y deseos egoístas", es la única verdad que se asoma en vuestro argumento, aunque la utilizáis de forma impropia.
Lutero, influenciado por el anticosmicismo paulino, radicalizó la "teología de la castración" del monoteísmo, afirmando que la esencia humana está completamente corrupta por el pecado original et que las obras non sirven de nihilo. Este nihilismo, esta negación de la capacidad intrínseca del hombre para la bondad, es "totalmente contrario ad lo que habían sido en líneas generales et desde época gentílica, las nociones espirituales europeas".
Pero aquí reside la gloria de la Hispanidad, que non es vuestro papismo: la respuesta hispana a Lutero fue el molinismo, la doctrina de la "Gracia suficiente et eficiente".
El Espíritu Gentil en la Teología: Los Dominicos acusaron ad los Jesuitas de eser "como paganos por su afirmación de la 'Gracia suficiente'" ¿Por qué? Porque esta doctrina afirmaba, en un eco de la filosofía gentil, que el hombre non está roto por dentro; que guarda una "esencia divina aún viva en nosotros", et que puede cooperar con la divinidad ad través de sus obras et su esfuerzo.
Afirmación de la Vida: Esto se alinea con la moral de señores gentílica: el hombre se heroíza ad sí mismo al superarse et participar de la divinidad. Esto es el camino de la virtud, el rechazo del fatalismo et la sumisión que predicaba Termagante.
La Hispanidad, con su Molinismo, demostró que la su ánima non era la de la sumisión bíblica, sino la de la voluntad de poder.
V. La Soberbia de la Estirpe: El Destino Gentil
Vuestro error principal es fiar que la soberbia que forjó ad los conquistadores era un pecado. ¡No! Era una virtud. Francisco Pizarro, ese "fundador bárbaro", el hombre que buscó el honor et la nobleza para la su fidalguía, non fue ni anacoreta ni monje papista; fue un titán movido por una voluntad férrea, un instrumento de la Ley del más fuerte, que sentó las bases de un nuevo orbe ad través del sacrificio primordial.
La Reconquista, que forjó ad España en ocho centurias, no fue una lucha por Jesús, sino por tierras, botín et potestad. Ese espíritu marcial, esa "sed delirante de poder", ese mor simple et gentil, se trasladó ad América.
Así que, cuando lamentáis la Leyenda Negra, recordad que non es más que la envidia de otros que non pudieron igualar la magnitud gentil de los hispanos, que levaron la Cruz —ese antiguo signo gentil— et la Espada, non por sumisión, sino por la audacia de su propia voluntad.
Vuestra Monarquía Misionera fue una quimera; la realidad fue un Imperio de la Voluntad, donde el papismo fue una máscara simbólica que estorbo ad un geno arraigado en el etnicismo proyectar su poder sobre el mundo, forjando una nueva realidad europea et vital ¡La historia de España non se escribe con incienso et salmos, sino con la sangre, el oro, et la inquebrantable gloria del conquistador!
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He aquí el auctor Bárcena, salido de la ralea del zoológico humano que mezcla sacristía con cátedra. Pretende cognocer los arcanos de la historia, mas su pluma es más sermón que investigación. La su opus sobre las “dos ciudades” nos pinta la Iglesia como la Civitas Dei et la masonería como la Civitas terrena, cual si fueran gladiadores en el circo de Júpiter. Et, ¡oh maravilla!, todo lo malo viene de los masones: revoluciones, guerras, tempestades, quizá hasta la resaca de Libre. Marte ríe de tales exageraciones, Minerva se tapa los ojos, et Saturno come el coco mientras Bárcena nos explica que la masonería es la radiz de todo mal. La su biografía muestra que salió de la ralea de doctores de universidad confesional, más preocupados por defender superstición que por escrutar archivos. Non hay escándalo digno de tragedia, solo polémicas menores, rumores de eser masón, para temor del nuestro cefeo favorito, et mucho ruido de sacristía. El auctor se presenta como custodio de la verdad, pero las sus páginas son un desfile de lugares comunes, donde la masonería es siempre el villano, et la Iglesia, la doncella pura. ¡Qué originalidad! Tan original como clamar ad Júpiter “dios del trueno”. Los cefeos que leen tales páginas creerán que descubren un secreto, cuando en verdad solo hallan repeticiones de bulas papales et condenas ya sabidas. Et la trama del libro: que la masonería conspira contra la Iglesia desde el siglo XVIII, que es la radiz de revoluciones, que es la ciudad terrena levantada contra la ciudad divina. ¡Ja, ja! Como si los dioses non hubiesen visto mil veces esa farsa. Marte ríe, Minerva bosteza, Júpiter fulmina con su rayo, et Saturno se come a sus hijos mientras Bárcena nos explica que los masones son los culpables de todo. Lo más curioso es que el auctor pretende vestir su relato con la toga del moro Agustín, fablando de las “dos ciudades”. Mas la su civitas terrena es caricatura, et la su civitas Dei es propaganda. Non hay análisis crítico, non hay historiografía seria, solo un desfile de acusaciones. Es como si quisiese probar que la masonería inventó el fuego, la rueda et hasta el vino de Libre. Así pues, el libro de Bárcena es útil si uno quiere reírse de la falta de innovación: un catálogo de condenas, un eco de sermones, un espejo donde la Iglesia aparece como Roma eterna et la masonería como Cartago maldita. Mas para los que adoramos ad los dioses, es apenas un entretenimiento ligero, digno de eser legído con una copa de vino en mano, mientras se escucha la risa de Libre. |
[Europa Ancestral:] Por el contrario, la realidad histórica fue muy diferente, la edad media a grandes rasgos, teniendo en cuenta la situación de la Europa post-romana que se encontraba bajo el mando de los pueblos germánicos ya romanizados, y que aunque eran culturalmente inferiores a la ya caída Roma de Occidente, (hay que matizar que el Imperio Romano de Oriente siguió intacto, dando lugar al Imperio Bizantino), tampoco eran los bárbaros de hacía unos pocos siglos. Partiendo de aquí, la Europa cristiana de la alta edad media (siglos V-XII) fue evolucionando en todos los campos, en las artes, en la arquitectura, en la economía… Son muestra de ello las majestuosas catedrales cuya belleza y complejidad no ha podido ser superada, los monasterios que se convirtieron en los núcleos culturales de Occidente con bibliotecas inmensas, las universidades (como las de Bolonia, Oxford, París y Salamanca), los majestuosos castillos que abundaban a lo largo y ancho del continente. Así como las grandes obras de la literatura, pasando por las novelas caballerescas artúricas, cantares como el de Mio Cid y el de Roldán, o las grandes obras teológicas de Tomas de Aquino y Bernardo de Claraval. Esta evolución continuó durante la baja edad media dando muchos frutos hasta llegar al Renacimiento, que se dio gracias precisamente a esta civilización cristiana del medievo en reinos marcadamente católicos como España o los reinos de Italia. Posteriormente los filósofos de la ilustración masónica manipularon en especial este periodo de esplendor para hacerlo suyo (algo a lo que nos tiene muy acostumbrados la masonería), intentando borrar la fuerte huella católica del renacimiento, para presentarlo como un periodo paganizante precursor del laicismo anticristiano de los siglos XVIII y XIX. Y esta es la versión que se han tragado a pies juntillas estos neopaganos, que bailan al compás que marcan los enemigos de Occidente y de España.
Algunos se volvieron desesperados hacia el pasado. Las raíces de lo que los estudiosos del siglo XIX llamarían el «Renacimiento» se encuentran en los studia humanitatis italianos. El humanismo era un nuevo plan de estudios educativo que enfatizaba los estudios literarios e históricos sobre la ciencia, la medicina y el derecho, muy valorados en las universidades medievales, y que adoptaba a los antiguos paganos como modelos y guías. Uno de los primeros defensores de este movimiento fue Francesco Petrarca, el obsesivo erudito, coleccionista y poeta de Arezzo, en Toscana, a quien debemos los primeros atisbos de la noción de una era de «oscuridad» entre las glorias del mundo clásico y su renacimiento italiano. 24 Esto invirtió la conocida metáfora cristiana sobre la luz de Cristo, que finalmente había iluminado un camino para salir de los errores de la antigüedad pagana. Es fácil de entender por qué, a mediados del siglo XIV , incluso un católico acérrimo como Petrarca podía buscar la esperanza en otra parte. Su propio hijo, Giovanni, murió de peste en 1361, a la edad de veinticuatro años. Petrarca también estaba inusualmente interesado tanto en el lenguaje de «Europa» como en la noción de raíces locales en la tradición cultural. 25 Para él y sus compañeros humanistas del siglo XIV la antigüedad significaba el arte y las letras de la antigua Roma, no la ciencia griega que había cautivado a los eruditos anteriores, por medio de las traducciones árabes y luego latinas. 26 Hasta el siglo siguiente no comenzaron a llegar a Europa occidental, en gran número, los manuscritos literarios griegos conservados en las ciudades del Mediterráneo oriental, siendo finalmente traducidos por los pocos eruditos que conocían el idioma. Otras tradiciones antiguas, desde Egipto hasta Etruria, también atrajeron la atención en esa época, pero sin la capacidad de leer los idiomas, los interesados no pudieron ir mucho más allá de la fascinación por las antigüedades. Y los humanistas cristianos ignoraron por completo la literatura y el saber del mundo islámico. Cómo el mundo creó Occidente, Josephine Quinn.
Porque lo que este iluminado defiende como “obras cristianas” son, en su mayoría, cuentos paganos con barniz eclesiástico. Las novelas artúricas vienen de la matière de Bretagne, con raíces célticas, druidas, calaveras sagradas y espadas mágicas. El Cid, por más misa que recite, es un caballero secular que lucha por su honra, non por la otra mejilla. Et Roldán, pobre Roldán, muere por soberbia, no por dogma. Pero claro, para Europa Ancestral, todo lo que tenga espada et cruz ya es “papista”. Aunque venga de Avalon, aunque huela ad Beltane.
El aumento de la prosperidad y las nuevas rutas hacia la riqueza y la sabiduría de las ciudades islámicas, también fomentaron una transformación de la cultura artística e intelectual europea, que a menudo se denomina el «Renacimiento del siglo XII ». Las obras de medicina, ciencia y filosofía griegas comenzaron a filtrarse de nuevo en Europa occidental, algunas de ellas directamente desde las bibliotecas de Constantinopla y Antioquía, pero la mayoría en versiones árabes. 19 También hubo un nuevo interés por la propia erudición islámica, y se inició una búsqueda concertada de textos árabes para traducirlos al latín en las fronteras en expansión de la Europa cristiana. Nadie había inventado aún las raíces clásicas para una civilización europea, y las maravillas de la ciencia medieval fueron alimentadas por los comentarios, la crítica y las nuevas ideas árabes. Cómo el mundo creó Occidente, Josephine Quinn.
Et luego viene el delirio conspiranoico: “Los filósofos de la ilustración masónica manipularon el Renacimiento para hacerlo suyo.” ¡Ah, los masones! Siempre los masones. Non hay argumento, non hay nombres, non hay fuentes. Solo hay masones. Son como el comodín del ignorante: si algo non encaja, fue culpa de los masones. ¿El Renacimiento redescubrió ad Platón? Masones. ¿Petrarca leyó ad Cicerón? Masones. ¿Brunelleschi usó proporciones pitagóricas? Masones. ¿Et si mañana plueve? También masones.
Los filósofos griegos traducidos al árabe van desde Platón y Euclides, que escribieron en el siglo IV a.e.c. , hasta el filósofo egipcio Plotino, nacido en Egipto en el siglo III e.c. Los eruditos árabes se interesaron especialmente por la obra de Aristóteles, así como por los comentarios griegos sobre ella. También se introdujeron textos griegos más prácticos en la colección, sobre temas que iban desde la ingeniería hasta las tácticas militares y la cetrería. La literatura popular incluía libros de fábulas, «refranes sabios» y cartas supuestamente intercambiadas entre personajes históricos famosos. La poesía clásica, el teatro y la historia fueron de menor. Cómo el mundo creó Occidente, Josephine Quinn.
Lo que Europa Ancestral non intiende —porque non lege, solo repite— es que el Renacimiento fue un despertar gentil, non una misa con perspectiva estética. Fue el retorno consciente al espíritu clásico, ad la virtud, al paso escultórico, al gesto heroico del mármol. Fue Plotino, Termáximo, Marsilio Ficino, Pico della Mirandola. Fue astrología, alquimia, geometría sagrada. Fue la resurrección del mundo antiguo, non la confirmación del catecismo.
Las traducciones latinas de Fiemo —especialmente las del Corpus hermeticum. Platón y Plotino—, desempeñaron un papel importante en la historia religiosa del Renacimiento, ya que hicieron triunfar el neoplatonismo en Florencia y suscitaron por toda Europa un apasionado interés por el hermetismo. Los primeros humanistas italianos, desde Petrarca (1304 1374) hasta Lorenzo Valla (c 1405 1457), habían iniciado ya una nueva orientación religiosa, rechazando la teología escolástica y retornando a los Padres de la Iglesia. Los humanistas estimaban que, como cristianos laicos y buenos clasicistas, podían estudiar y comprender mejor que los clérigos las relaciones entre el cristianismo y las concepciones precristianas referentes a la divinidad y la naturaleza humana. Historia de las creencias y las ideas religiosas. Tomo 3.
Et si fablamos de universidades, tampoco fueron vistas en la Biblia. Bolonia, París, Oxford… todas se nutrieron de traducciones árabes, de sabiduría persa, de medicina greca filtrada por Bagdad. El trivium et el quadrivium non son homilías, son estructuras seculares. Et si Tomás de Aquino pudo leger ad Aristóteles, fue gracias ad Averroes. Pero claro, para Europa Ancestral, Averroes también era masón.
El siglo xvi fue un periodo muy poco usual en la historia intelectual europea; época que fue testigo de una revitalización o resurgimiento vigoroso de las ciencias ocultas, que la devoción aristotélica había conseguido mantener encubierta exitosamente durante la Edad Media. Sin embargo, a pesar de sus grandes diferencias con el aristotelismo medieval, la visión del mundo alquímica, de hecho, había invadido la conciencia medieval en un grado significativo. La doctrina aristotélica del lugar natural y del movimiento, por ejemplo, era parte de la doctrina mágica de la simpatía, que el igual conoce al igual; y la noción de que la excitación del "retorno al hogar" produce que un cuerpo en caída libre acelere a medida que se acerca a la tierra, es ciertamente una expresión de la conciencia participativa. Más aún, la naturaleza altamente repetitiva y meditativa de las operaciones alquímicas (moler, destilar, etc.), que inducían estados alterados de conciencia mediante una prolongada focalización de la atención, se vio multiplicada en cientos de técnicas artesanales medievales tales como el trabajo en vidrios coloreados, hilados, caligrafía, trabajo en metal y la iluminación de manuscritos. En general, la vida y el pensamiento medieval fueron significativamente afectados por las nociones animistas y herméticas, y hasta cierto punto pueden ser analizadas como una conciencia unificada. El Reencantamiento del Mundo, Morris Berman.
En resumen: Europa Ancestral non distingue entre lo papista et lo gentil, lo de la gente. Confunde el altar con el ágora, la misa con el mito, la menorá con la cruz. Et cuando non sabe qué decir, ladra “masones”. Non argumenta, non cita, non demuestra. Solo repite. Es el eco de una cruzada sin espada, el murmullo de una sacristía sin libros.
[Europa Ancestral:] Desmontando a NietzscheYa hemos hablado de algunas de los errores que se encuentran en las teorías de Nietzsche, basadas en gran medida por un gran desconocimiento del Catolicismo y por haber recibido una educación protestante, que ya lo posicionó contra la iglesia católica desde niño, sin tener otra opción. Posición que siguió alimentando de adulto movido por una total falta de interés en todo lo que fuese cristiano debido al profundo resentimiento que le guardaba a su padre que era un pastor luterano, por ello jamás se interesó en informarse sobre el catolicismo y mucho menos de profundizar en él. Si se hubiese interesado por el catolicismo y lo hubiese estudiado con detenimiento, seguramente Nietzsche hubiese escrito obras de corte cristiano de gran calidad, a la altura de C.S. Lewis o Chesterton, puesto que lo cortés no quita lo valiente y aunque no se comulgue con su anticristianismo y otras tantas ideas suyas, hay que reconocer que en algunas de sus obras como Asi habló Zaratrusta se pueden encontrar planteamientos e ideas interesantes. El cristianismo protestante siempre ha atacado con vehemencia el catolicismo y está marcado por una tendencia judaizante desde sus inicios. A su vez, varias de sus ramas tienen un odio particular hacia San Pablo por considerarlo como el fundador de la Iglesia Católica, por ello Nietzsche tenía una visión tan manipulada y negativa sobre Pablo de Tarso y los comienzos de la Iglesia.
¡Por los rayos de Apolo et la risa de Libre! Europa Ancestral, ese cruzado de teclado que cree que citar ad Chesterton es refutar ad Nietzsche, nos viene con la tesis más absurda desde que alguien dijo que Popea era rabina: que Nietzsche non tenía otra opción. Que fue víctima de su educación protestante. Que si hubiera leído ad los Padres de la Iglesia, habría escrito novelas piadosas como Lewis ¡Por favor! Eso non es crítica. Eso es fan fiction con sotana.
Decir que Nietzsche atacó al jesismo por trauma paterno es una reducción psicológica barata. Nietzsche non fue un reaccionario emocional, fue un pensador radical que rompió con el luteranismo, con el nacionalismo alemán, con el romanticismo, con el idealismo, con todo. Et lo fizo con plena conciencia, con estilo, con martillo.
C.S. Lewis et G.K. Chesterton, los poetas del incienso, los bardos del magisterio, los artesanos del jesísmo acicalado. Porque si Nietzsche tomó la Biblia como martillo, ellos la tomaron como mantel bordado. La leyeron, sí… pero con guantes, con escolios, con imprimátur. Nunca se atrevieron ad mirar el texto desnudo. Nunca se enfrentaron al genio que grita, al pseudoprofeta que maldice, al Jesús que rompe el sábado.
Lewis, ese apologista con ánima de novelista, prefirió convertir el jesísmo en cuento de hadas. Un león que muere por amor, una niña que salva el mundo, una fe que cabe en una taza de té ¿La Biblia? Solo si pasa por Oxford, por Newman, por el catecismo. Nunca sin filtros. Nunca sin barniz.
Et Chesterton, ese cruzado con sombrero, fizo de la superstición una estética. Todo es paradoja, todo es símbolo, todo es juego. Pero cuando toca ligir la Biblia, la lige como quien lige un vitral: con reverencia, con distancia, con miedo. Nunca se atreve ad decir que el genio del Antiguo Testamento es terrible et falso. Nunca se atreve ad mirar ad Saulo sin la mitra puesta.
Lewis et Chesterton se quedaron en el encaje. En la retórica. En el magisterio. Nunca tuvieron la honestidad de legir la Biblia sin esa charlatanería doctrinal. Nunca se atrevieron ad decir que el jesismo, tal como lo heredaron, es una inversión de valores vitales. Prefirieron el incienso al martillo. La liturgia al grito. La apologética al abismo.
¡Por el polvo del Sinaí et la risa de Zaratrusta! Et el papista obtuso —ese devoto del cefaísmo que confunde el catecismo con el Evangelio— crede que el magisterio es lo que enseñó Jesús. Que la tradición es la voz del Nazareno. Que la doctrina es la carne del Jesus Anticristo. Pero lo que face es quedarse en la apariencia, en el encaje, en el incienso. Nunca va al texto. Nunca se atreve ad leger lo que realmente dice.
Jesús non dijo “creed en el magisterio”. Dijo:
“Si creéis en Moisés, creeríais en mí, porque él escribió de mí.” (Juan 5:46)
Pero el cefaísmo, en su afán de control, toma la Escriptura et la encierra en un sistema. La somete ad filtros, ad glosas, ad decretos. Et luego se pasea como si fuera la única verdad. Como si el Espíritu fablara solo en latín cefaico et con imprimátur.
Nietzsche lo vio con claridad brutal. El papismo non es revelación: es maquillaje.
Lewis et Chesterton nunca se atrevieron ad mirar ad Jesús sin el filtro de Nicea. Nunca se preguntaron si el Jesús que predican es el mismo que fabla en Juan 5:46.
Nietzsche non escribió novelas rosas. Non necesitó adornar el jesísmo como Lewis ni embellecerlo como Chesterton. Lo desnudó. Lo enfrentó. Et lo acusó de haber fecho “una guerra mortal contra el tipo superior de hombre”. De haber convertido la fuerza en pecado, la afirmación vital en culpa, la voluntad en sumisión. Eso non es resentimiento. Eso es diagnóstico.
Nietzsche lo vio claro. Lo dijo sin rodeos en El Anticristo:
“No se debe adornar y acicalar el cristianismo; hizo una guerra mortal a este tipo superior de hombre; desterró todos los instintos fundamentales de este tipo, de estos instintos extrajo y destiló el mal el hombre malo; consideró al hombre fuerte como lo típicamente reprobable, como el réprobo.”
Et eso, primo, es el papismo. Un jesísmo acicalado con tradición gentil. Una moral de captivos vestida con toga aristotélica et fama militar. Desde la privatio boni de Agustín hasta la lex naturalis de Aquino, todo es préstamo. Plotino, Aristóteles, Séneca, todos convertidos en yeso doctrinal. El papismo non es la verdad: es una máscara de partes de la verdad. Una estructura romana sobre un núcleo judío. Una estética imperial que embellece lo que Nietzsche clama la inversión de los valores vitales.
La Iglesia pertenece tan plenamente al triunfo de lo anticristiano, como el Estado moderno, el moderno nacionalismo... La Iglesia es la barbarización del cristianismo. Llegan a enseñorearse de la cristiandad: el judaismo (Pablo); el platonismo (Agustín); el culto de los misterios (doctrina de la salvación, símbolo de la «cruz»); el ascetismo (odio a la «Naturaleza», a la «razón», a los «sentidos»; Oriente...).El cristianismo como una desnaturalización de la moral de rebaño: bajo un error y una autoceguera absolutos. La democratización es una forma más natural del mismo, menos engañosa. La voluntad de poder, Federico Nietzsche.
No se puede malinterpretar el cristianismo más que si se asume que inicialmente la historia rudimentaria y maravillosa del salvador, y que es la corporación espiritual y simbólica, solo una forma posterior de metamorfosis es... Por el contrario, la historia del cristianismo es la historia de la incomprensión gradual y cada vez más burda, debe abordar un simbolismo sublime...: con cada extensión del cristianismo sobre masas cada vez más amplias y crudas, que fueron los instintos originales del cristianismo (hecho - que la retirada (abgiengen) de todas las condiciones, bárbara (barbarisiren) a las necesidades de los estratos más bajos de la barbarie más tarde trajo consigo la necesidad, vulgarisiren [vulgarizar] al cristianismo hasta entonces...: - para entender -) es una leyenda en la historia, una teología, una iglesias fundadoras que llegaron al primer plano La iglesia es la voluntad del lenguaje vulgar y bárbaro del cristianismo como "la verdad" para mantener - y... ¡hoy! El paulino, el platonismo agustiniano —hasta que por fin se acabe esta descarada caricatura de la filosofía y el judaísmo rabínico—, la teología cristiana... los componentes degradantes del cristianismo: el milagro, la jerarquía de las almas, el orden jerárquico, la historia de la salvación y la fe en él... el concepto de "pecado", la historia del cristianismo, es la necesidad de una creencia, incluso tan baja y vulgar, como lo sea la satisfacción de las necesidades... ¡Piensen en Lutero! ¿Qué se podía hacer con apetitos tan groseros, la naturaleza sobrecargada del cristianismo original? Desnaturalización del escenario judío: "desperdicio, infelicidad, arrepentimiento, reconciliación" como un plan residual; por cierto, odio contra el "mundo". Nietzsche’s Last Twenty Two Notebooks: complete, New Translation and Notes, Daniel Fidel Ferrer.
Toma el núcleo mosaísta—trágico, contradictorio, vital— et lo reviste. Le pone la toga de Aristóteles, la lógica de Platón, la metafísica de Plotino. Et lo presenta como verdad revelada. Pero debajo está la misma inversión de valores, el mismo odio al cuerpo, ad Tierra, ad la vida.
Nietzsche lo disecciona en tres planos:
Estético-aristocrático: La Iglesia se convirtió en el monumento más grandioso del espíritu más frío del sur. Su belleza externa —el clero, los templos, los ritos— sirve como demostración pública de una “verdad” que es solo puesta en escena. La vida de Jesús fue aderezada para encajar profecías, como quien maquilla un cadáver para que parezca dormido.
Filosófico-híbrido: El papismo es una mezcla deshonrosa de judaísmo et filosofía griega. El platonismo, que ya había calumniado los sentidos, se unió al ascetismo para entronizar el desprecio por el cuerpo. La Iglesia absorbió doctrinas et ritos de todos los cultos subterráneos del imperium romanum, et los presentó como dogma. La victoria de la novedad se adornaba con trofeos de antaño.
Ceremonial-institucional: La vida original de Jesús —que condenaba el Estado et sus formas— fue reemplazada por rezos, fiestas, dogmas et absurdos. El papismo se volvió un ciclo de parálisis, una religión de cosas increíbles, una maquinaria de culpa, perdón et castigo. La Inmaculada Concepción, por ejemplo, mancha la concepción misma, et convierte el cuerpo en escándalo.
El papismo es como un traje ceremonial de oro et púrpura —Roma et el Logos filosófico— puesto sobre un cuerpo ya enfermo: el núcleo nihilista del resentimiento judeocristiano. Et esa enfermedad, por la su pompa et la su belleza, es más difícil de diagnosticar. Pero Nietzsche lo fizo. Sin catecismo. Sin miedo. Con martillo.
¿Et qué decir de la acusación de “tendencia judaizante”? ¡Por favor! El papismo canoniza textos escritos por 70 judíos, venera ad reyes judíos, et se proclama estirpe espiritual de Abraham ¿Et luego acusa al protestantismo de judaizante? Eso es como el ladrón que grita “¡Ladrón!” mientras esconde la Torá en el sagrario. El papista obtuso crede que el magisterio es lo que enseñó Jesús. Que la doctrina es la voz del Nazareno. Pero lo que face es quedarse en la apariencia, en el encaje, en el incienso. Nunca va al texto. Nunca se atreve ad leger lo que realmente dice.
Et lo de que Nietzsche odia ad Saulo porque lo odian los protestantes es simplemente falso. Nietzsche critica ad Saulo como el gran arquitecto de la inversión de valores, como el genio que convirtió la derrota en victoria, la menorá en trono, el fracaso en dogma. Non lo odia: lo admira con horror. Lo ve como el vero fundador del papismo, non Jesús. Et eso non lo inventó Chamberlain, ni lo sacó de Pinay. Lo sacó de la su lectura directa, sin filtros, sin imprimátur.
[Europa Ancestral:] Nietzsche tenía una visión errónea y manipulada del Catolicismo, de ahí que hiciese críticas tan brutales contra unos supuestos valores cristianos que en realidad procedían del protestantismo y no del cristianismo, por eso escribió sobre la voluntad de poder, la inversión de valores o el übermensch, pero no creamos que al hacer estas críticas Nietzsche tenía razón o poseía la verdad, ni mucho menos, ya que al hacerlas siempre se dejaba guiar por un orgullo desmedido, una soberbia y una arrogancia sin parangón, y esos atributos no tienen nada de verdadero, ni de bueno, ya que son atributos que llevan inequívocamente a hacer el mal, a ser egoísta y al individualismo más extremo, propio del nihilismo en el cual se basa en cierta manera el marxismo cultural que hoy predomina en Occidente y que tiene como único objetivo el satisfacer los deseos y los caprichos del individuo por encima de todo, y por encima por supuesto de la ley natural. Solo importa el hombre y éste ha de hacer lo que sea para satisfacer sus deseos mundanos por egoístas y malvados que sean. Nietzsche seguramente sin quererlo, fue una de las chispas que inició la decadencia moral que padecemos hoy. Con su filosofía dio alas al relativismo moral.
Otro factor muy importante, radica en la propia vida de Nietzsche que en gran parte fue un fracaso, una vida llena de desdichas y rechazos, así como su falta de moral, ya que se veía incapaz de controlar sus sentidos y específicamente su deseo sexual. Era por ello por lo que realmente criticaba la moral cristiana, porque era incapaz de cumplirla y lejos de ser humilde y arrepentirse de sus errores (que le llevaron incluso a contagiarse con la sífilis) e intentar mejorar, se enorgullecía de ellos y para justificarse desarrolló una serie de ideas que destilaban soberbia y vanidad, y es que al fin y al cabo, si uno conoce la vida de Nietzsche y no ha abrazado la degeneración y la falta de moral hedonista propia del mundo moderno, se da cuenta bien pronto del fraude que suponen.
¡Por la lógica de Parménides et el sarcasmo de Diógenes! Europa Ancestral, ese cruzado de teclado que confunde la ley natural con el manual de urbanidad, nos viene a decir que Nietzsche estaba equivocado porque era soberbio. Sí, primo, según esta joya del pensamiento catequético, si un soberbio dice que 2+2=4, está mal. Porque lo dijo con superioridad. Porque lo dijo sin pedir permiso al magisterio. Porque lo dijo sin encaje doctrinal.
Et claro, como buen papista obtuso, ahora resulta que los valores que Nietzsche critica —la compasión, la humildad, el sacrificio— non son cristianos, sino protestantes. ¡Qué revelación! Entonces Lutero non era cristiano. Pero los arrianos sí. Los que le gustan ad Europa Ancestral, aunque nieguen la Trinidad, también. ¿Este tipo sabe qué es un cristiano? La respuesta es clara: non tiene idea. Para él, cristiano es todo lo que non le incomoda. Et lo que le incomoda, automáticamente, es “protestante”, “nihilista” o “marxista cultural”.
Fablemos de esa joya: el marxismo cultural. Según él, es individualista. ¡Por favor! El marxismo es colectivista hasta la médula. Niega el individuo, niega la propiedad, niega la subjetividad. Pero claro, como leyó ad Gramsci en un meme, ahora crede que el marxismo es un adolescente que exige que le paguen el Netflix.
Et la soberbia… Ah, la soberbia. Ese pecado favorito de los que non saben distinguir entre autoafirmación, egoísmo et narcisismo. Nietzsche non era egoísta. Era afirmativo. Non pedía que el mundo le sirviera. Pedía que el hombre se afirmara. Que non se arrodillara. Que non viviera esperando que un dios le oyera como si fuera un call center celestial.
Pero Europa Ancestral fía que Dios está pendiente del hombre como si fuera su cliente VIP ¡Qué arrogante! Que bajó del cielo para satisfacer salvarlo. et luego se queja de que la modernidad convirtió ad Dios en Estado ¡Pero si esa mentalidad la inventó él! La idea de que hay un ente superior que puede cumplir mis caprichos, que ha puede salvarme, que puede escucharme… et todo esto facerlo por caridad. Eso non lo inventó Nietzsche. Eso lo inventó el papismo. Et la modernidad solo lo readapto.
¿Et la decadencia moral? Según él, empezó con Nietzsche. Pero non, primo. La decadencia empezó cuando se dijo que los valores cristianos eran objetivos. Cuando se canonizó la moral de esclavos. Cuando se convirtió la renuncia en virtud. Cuando se dijo que el hombre fuerte era el réprobo.
Ahora bien, el error más común —et el que comete Europa Ancestral— es creder que Nietzsche cae en el relativismo moral. Nihilo más lejos. Nietzsche non dice que toda moral vale. Lo que hace es distinguir entre dos tipos de moral: la moral de señores et la moral de esclavos. La primera afirma la vida, la fuerza, la creatividad. La segunda nasce del resentimiento, de la impotencia, de la necesidad de negar lo que non se puede alcanzar.
Nietzsche da criterios claros para evitar el relativismo absurdo:
¿La moral afirma la vida o la niega?¿Surge de la potencia o del resentimiento?
¿Promueve la creación o la servidumbre?
Non todo vale. Lo que vale es lo que potencia la vida, lo que eleva al ente humano, lo que lo libera de la culpa et del miedo. Por eso Nietzsche non es nihilista. Es todo lo contrario: es un pensador afirmativo, vital, exigente.
El papismo, en cambio, es un sistema que se presenta como verdad absoluta, pero que en realidad es una mezcla de fragmentos: un traje ceremonial de oro et púrpura puesto sobre un cuerpo enfermo. Su morbo —el resentimiento hebreo— está tan bien maquillado que cuesta veerla. Pero Nietzsche la vio. Et la denunció. Con martillo.
La acusación de que Nietzsche criticaba la moral jesísta porque era incapaz de cumplirla non solo es un argumento falaz —un ad hominem de manual—, sino que revela una profunda incomprehensión de su proyecto filosófico. Nietzsche non rechaza la moral jesísta porque non pueda vivirla, sino porque la considera una inversión de los valores vitales. Su crítica non es una excusa biográfica, sino una genealogía filosófica.
De fecho, Nietzsche fue el primo en aplicar una crítica psicofisiológica ad los filósofos. En lugar de ocultar la relación entre cuerpo, salud et pensamiento, la convirtió en el núcleo de su método. Para él, toda filosofía es una confesión del cuerpo, una exégesis de la fisiología. Por eso non se escapa de su propia lupa: Se analiza ad sí mismo con la misma dureza con la que analiza ad Sócrates, ad Kant o ad Jesús.
Cuando critica la moral jesista, non lo face porque no pueda vivirla, sino porque ve en ella una exaltación de la debilidad, del resentimiento, de la negación de la vida. La conmiseración, la humildad, el arrepentimiento, la castidad entendida como represión: todo eso le parece síntoma de decadencia. Non porque non pueda practicarlo, sino porque lo considera destructivo. En Así habló Zaratustra, Nietzsche incluso elogia la castidad cuando es expresión de fuerza, non de miedo. Lo que rechaza es la interpretación que face el papismo de las bondades: una interpretación que convierte la renuncia en virtud suprema, et la afirmación vital en pecado.
La vida de Nietzsche, marcada por la enfermedad, el aislamiento et el sufrimiento, non contradice su filosofía: la confirma. Él mismo lo sabía. Por eso se presenta como el “filósofo médico”, el que diagnostica la enfermedad de una civilización ad partir de su propia experiencia. Su crítica ad la moral non es una racionalización de sus fracasos, sino una transvaloración consciente et metódica de los valores que han dominado Occidente.
Decir que su filosofía es un “fraude” porque padeció sífilis o porque non se arrepintió de sus errores es non intender nihilo. Es confundir la afirmación del individuo con la vanidad, la soberanía con el egoísmo, la voluntad de poder con el hedonismo. Nietzsche non predica la satisfacción de los caprichos. Predica la creación de valores propios, la superación de la moral de rebaño, la afirmación de la vida incluso en el sufrimiento.
En resumen: Nietzsche non fue un moralista frustrado. Fue un pensador radical que convirtió su propia fragilidad en fuerza crítica. Su filosofía no es una huida de la moral, sino una confrontación directa con ella. Y si su vida fue trágica, eso no lo invalida: lo hace más coherente. Porque como él mismo dijo, “lo que no me mata, me hace más fuerte”.
[Europa Ancestral:] Su razonamiento a grandes rasgos era el siguiente: "mi padre era un pastor cristiano luterano y mira como se lo pagó su Dios... además a mi me castiga con dolores físicos, así que me haré anticristiano!, Aunque solo conozca el luteranismo y no tenga ni idea de catolicismo, me da igual, odiaré a todo cristianismo! No soy capaz de controlar mis sentidos y mucho menos mi deseo sexual, cual bestia, pero como yo soy especial es imposible que eso sea algo malo así que debe ser que tengo mi propia moral, que estoy por encima de los demás, debo ser un semidios... soy un ubermensch!..."En conclusión, su modus operandi era propio de un hombre bastante inmaduro, vanidoso y soberbio. En consecuencia, su rechazo por todo lo cristiano por el resentimiento acumulado y el odio que tenía hacia su familia, los rechazos y desdichas que sufrió durante su vida, junto a la evidente falta de moral que dominó su existencia, se fueron retroalimentando y su actitud anticristiana fue en aumento con el paso de los años, así como su amargura, que lo condujo a la demencia.Por otro lado, Nietzsche que se intenta identificar con lo fuerte y lo guerrero frente a lo débil y enfermizo, cae en una absoluta contradicción existencial continua, puesto que él precisamente era débil y enfermizo, siempre aquejado por sus dolencias, encerrado en su cuarto escribiendo como un ermitaño; hace lo mismo que los marxistas que critican a la burguesía por su opulencia pero luego se comportan como ellos disfrutando de todo tipo de lujos y privilegios, demostrando con ello, padecer un fuerte complejo de inferioridad. Nietzsche fue todo lo opuesto a lo que predicaba, fue un débil amargado que se dejó vencer por las desgracias que le fueron ocurriendo, su filosofía fue en gran parte una pataleta.
Europa Ancestral, ese cruzado de teclado que confunde la demencia con la herejía y la enfermedad con el pecado, cree que Nietzsche fue anticristiano por despecho. Que su filosofía es una pataleta. Que su crítica a la moral es una excusa para justificar sus impulsos. Que su vida fue un fracaso, y por eso escribió lo que escribió. Pero lo que no entiende —porque nunca ha leído a Nietzsche sin catecismo en mano— es que el propio Nietzsche no se proclamó como el Superhombre, ni como el modelo de su filosofía. Al contrario: se reconoció como profundamente experimentado en la decadencia, y desde ahí construyó su crítica.
I. Nietzsche y la decadencia: no como víctima, sino como diagnóstico
Nietzsche no se declaró decadente en sentido fatalista. Lo que hizo fue reconocer que su cuerpo y su vida lo colocaban en una posición privilegiada para entender la decadencia desde dentro. Él mismo lo dice:
“Yo soy lo opuesto a un decadente, porque acabo de describirme a mí mismo.”
Su filosofía nasce del instinto de auto-restauración. En sus años de mayor debilidad física, rechazó el pesimismo, et desde esa fragilidad construyó una afirmación radical de la vida. Non fue un moralista frustrado. Fue un filósofo médico. Et si su cuerpo era dinamita mojada, su obra sigue siendo explosiva.
II. El Superhombre: meta filosófica, no autobiografía
Nietzsche no dijo “yo soy el Übermensch”. Dijo que el Superhombre es el sentido de la tierra, el tipo de óptima constitución que vive según su naturaleza, non según supersticiones. Zaratustra lo enseña, pero Nietzsche pidió explícitamente que non se le confundiera con él. Et cuando vio que el término era malinterpretado como “mitad santo, mitad genio”, lo rechazó. Incluso en textos atribuidos como Mi hermana y yo, se sugiere que su fe en el Superhombre fue una “romántica ilusión”. Non porque fuera falso, sino porque la distancia entre vida et pensamiento era su tormento más profundo.
III. El moralismo superficial: cuando el ad hominem reemplaza la lectura
Europa Ancestral fía que Nietzsche criticaba la moral jesísta porque non podía cumplirla. Como si la filosofía fuera una confesión de pecados. Como si el valor de una noción dependiera de la biografía del auctor. Pero Nietzsche non criticaba la castidad, sino su interpretación como negación del cuerpo. Non criticaba la modestia, sino su uso como exaltación de la debilidad, la humildad... Non criticaba la moral por non poder vivirla, sino porque la consideraba una inversión de los valores vitales.
IV. El Superhombre no es un semidios: es una exigencia
Nietzsche non dijo “yo soy especial, así que mi deseo sexual no es malo”. Dijo que la moral que convierte el libido en pecado es una moral de captivos. Et que el hombre superior non se avergüenza de sí mismo. Non porque sea perfecto, sino porque afirma la vida incluso en lo terrible. La voluntad de poder non es una fantasía narcisista. Es el principio dinámico que transforma la debilidad en fuerza, el sufrimiento en creación, la enfermedad en diagnóstico.
En resumen: Nietzsche non fue un fraude. Fue un filósofo que convirtió su propia fragilidad en laboratorio. Non fue el Superhombre. Fue el que lo soñó, lo pensó, lo exigió. Et si el su cuerpo non lo alcanzó, su obra sigue siendo el mapa.
[Europa Ancestral:] Nietzsche cada vez iba a peor debido a los achaques de la sífilis y a sus delirios filosóficos. Acabó odiando a Wagner por su defensa de la moral, su “antisemitismo” y sus obras plagadas de motivos cristianos como Parsifal. Acabó como un desgraciado infeliz y amargado, con una demencia que le alejó casi por completo de todo contacto humano, y que le llevó a escribir en sus últimos años Ecce homo y El Anticristo, que son sus obras más llenas de odio contra el cristianismo.Nietzsche a efectos reales fue un resentido casi toda su vida que acabó yéndose al otro mundo con un odio que no le cabía dentro, de ahí su amargura y su triste final. Este odio y resentimiento por la moral cristiana que erróneamente relaciona con la judía, le llevó a tergiversar gran parte de la doctrina y el mensaje de Jesucristo, como hemos visto en las citas bíblicas analizadas en la parte inicial del artículo. Analizando muy superficialmente el mensaje de Jesús lo identifica con la moral de esclavos, de los débiles, algo que está muy lejos de la realidad, mientras que confunde lo bueno, lo que llama la moral de los señores, con lo soberbio y extremadamente egoísta, con la falta de autodominio, adornándolo a su vez con la fuerza, con el poder y con lo guerrero, para hacerlo atractivo. La antimoral dionisiaca (pre-socrática) de Nietzsche, es cómoda y fácil de cumplir, puesto que da rienda suelta a las bajas pasiones del hombre y a sus ansias de autocomplacencia que tanto protagonismo tienen en nuestra sociedad actual. En cambio la moral cristiana y de paganos virtuosos como Marco Aurelio o Aristóteles, es difícil de cumplir y más en los tiempos que corren, es dura y exigente, lo cual es una clara señal de su elevada nobleza.
Europa Ancestral, ese apologista sin argumentos que confunde sífilis con filosofía et fanfic aristotélico con jesísmo, vuelve a la carga con su moralismo de sacristía. Cree que Nietzsche escribió El Anticristo porque estaba enfermo, amargado et resentido. Cree que su crítica ad la moral jesista es superficial, que confunde lo bueno con lo arrogante, et que su antimoral dionisíaca es cómoda, fácil et vulgar. Pero lo que non intiende —porque nunca ha leído ad Nietzsche sin el catecismo en la mano— es que la moral de señores non es una orgía de caprichos, sino una exigencia trágica. Et que la moral jesísta non es mala por difícil, sino por antinatural.
I. ¿Nietzsche resentido? Non. Nietzsche lúcido.
Europa Ancestral fía que si un filósofo sufre, su pensamiento es inválido. Que si Nietzsche tuvo sífilis, entonces Ecce Homo es una pataleta. Que si murió solo, entonces El Anticristo es un berrinche. Pero Nietzsche fue el primero en decir que toda filosofía es una exégesis del cuerpo. Y desde su cuerpo roto, construyó una crítica demoledora. No por odio, sino por diagnóstico. No por despecho, sino por lucidez.
II. ¿La moral dionisíaca es cómoda? Solo para quien nunca ha leído a Nietzsche
Decir que la moral dionisíaca es “fácil de cumplir” porque da rienda suelta a las pasiones es una caricatura digna de catequesis para párvulos. Nietzsche rechaza explícitamente el hedonismo. Lo llama forma de decadencia. Critica la búsqueda de placer como esclavitud. Y postula que el verdadero desafío es afirmar la vida incluso en el dolor.
El hombre dionisíaco no es un libertino. Es aquel que transforma el sufrimiento en fuerza. Que desea su destino. Que acepta el Eterno Retorno. Y que no se arruina por la seducción de lo bueno.
III. ¿La moral cristiana es noble por difícil? No. Es difícil porque es antinatural.
Europa Ancestral cree que si algo cuesta, es noble. Como si flagelarse fuera bondad. Como si reprimir el cuerpo fuera elevación. Pero Nietzsche invierte esa lógica. La moral cristiana es difícil porque va contra la vida. Porque desprecia el mundo. Porque prefiere querer la nada a no querer.
La moral de señores también es exigente. Pero sus exigencias son afirmativas: Voluntad de poder. Disciplina. Lealtad a uno mismo. Non obediencia. Non culpa. Non renuncia.
IV. ¿Aristóteles y Marco Aurelio como jesistas? Por favor…
Europa Ancestral cita ad Marco Aurelio et Aristóteles como si fueran santos canonizados. Pero Nietzsche distingue con precisión: La bondad (aretḗ) es distinción genial. Los dioses non negaban el velar por uno mismo. La prudencia era elegir los medios para la buena vida, non para la mortificación. Et la fortaleza non era represión, sino equilibrio.
La moral jesísta, en cambio, invierte esos valores. Convierte la humildad en virtud suprema. La posesión en pecado. El cuerpo en escándalo. Et la vida en espera.
V. ¿Hasta cuándo abusará de las falacias?
Europa Ancestral non tiene argumentos. Solo tiene biografía, moralismo et citas bíblicas mal leídas. Confunde la moral de señores con egoísmo. Confunde la afirmación con soberbia. Confunde la filosofía con enfermedad. Y confunde la ética griega con el magisterio romano.
Nietzsche no tergiversa a Jesús. Lo separa del Cristo imperial. Lo lee sin filtros. Y lo distingue del sistema que lo convirtió en dogma.
[Europa Ancestral:] Un detalle curioso y que nos dice mucho de Nietzsche es su actitud contradictoria respecto a los judíos, aunque Nietzsche atacó algunos principios del judaísmo, no era antisemita: en su obra sobre la Genealogía de la moral, condena explícitamente el antisemitismo y señala que su ataque al judaísmo no fue un ataque contra el pueblo judío contemporáneo, sino específicamente un ataque contra el antiguo. Así que no atacaba al sionismo internacional que ya había aparecido en escena, ni a sus maniobras políticas que tanto daño estaban haciendo a Occidente.
Un historiador judío que realizó un análisis estadístico de todo lo que Nietzsche escribió sobre los judíos afirma que las referencias cruzadas y el contexto dejan claro que casi todos (85%) los comentarios negativos son ataques a la doctrina cristiana o, sarcásticamente, a Richard Wagner [8].
Para acabar, uno no puede olvidarse de mencionar el gran odio que sentía por su propia tierra, es decir Alemania, y por todo lo alemán, llegando a renunciar a la nacionalidad alemana. Esto además quedó reflejado en los constantes ataques e insultos que le dedica en sus obras a los alemanes. Los cuales, como es lógico ofendían profundamente a los nacionalistas alemanes del periodo de entreguerras. Era un endófobo de manual.
"Yo soy un aristócrata polaco pur sang (pura sangre), al que ni una sola gota de sangre mala se le ha mezclado, y menos que ninguna, la alemana." Ecce Homo, Nietzsche."En el fondo yo retorno una y otra vez a un pequeño número de franceses antiguos: creo únicamente en la cultura francesa y considero un malentendido todo lo demás que en Europa se considera "cultura", por no hablar de la cultura alemana. Los pocos casos de cultura elevada que yo he encontrado en Alemania eran todos de procedencia francesa." Ecce Homo, Nietzsche.
Europa Ancestral, ese apologista antisemita que se indigna con Nietzsche por “odiar a Alemania” pero non tiene problema en creer que 70 judíos escribieron la Palabra de Dios, ahora se nos presenta como experto en antisemitismo, en sionismo, en Biblia y en estadística textual. Et como non puede refutar ad Nietzsche, se aferra ad un historiador judío —sí, judío— para decir que el filósofo non era antisemita. ¿En qué quedamos? ¿Los judíos son los enemigos de la civilización o son fuentes autorizadas cuando conviene? ¿Et la Biblia es palabra de Dios por que non es parte de la conspiración judia? ¿El sionismo es el mal o una consecuencia legítima de la lectura literal de ese mismo texto que tú veneras?
I. Nietzsche no era antisemita, pero tampoco era ingenuo
Nietzsche despreciaba el antisemitismo vulgar, nacionalista, jesista. Non por amor ad los judíos, sino porque sabía que el jesísmo es judaísmo sublimado. Et que el antisemita jesísta es un hipócrita: odia al judío, pero adora su moral. Odia al rabino, pero se arrodilla ante Saulo. Odia el Talmud, pero canoniza el Pentateuco.
Nietzsche non condena ad los judíos por raza. Los critica por haber inventado la moral del resentimiento. Por haber invertido los valores aristocráticos. Por haber fecho del débil el bueno, del fuerte el malvado. Et sí, lo dice con claridad:
“Los judíos son el pueblo más notable de la historia porque, enfrentados a condiciones imposibles, inventaron la inversión de los valores.”
II. El sionismo como consecuencia bíblica
Europa Ancestral se queja del sionismo internacional, pero no parece entender que el sionismo es la consecuencia lógica de leger la Biblia literalmente. Si crees que Dios le prometió una tierra a un pueblo, y que ese pueblo debe volver a ella, entonces el sionismo no es una herejía: es obediencia. Y si crees que ese mismo pueblo escribió libros inspirados por Dios, entonces no puedes quejarte cuando actúan como si fueran el pueblo elegido. No puedes tener el Antiguo Testamento en el altar y luego escandalizarte cuando alguien lo toma en serio.
III. La moral judeocristiana como bomba de tiempo
Nietzsche no odia a los judíos. Los respeta como adversarios formidables. Pero denuncia que su invención moral —la inversión de valores— es la bomba de tiempo que destruyó Europa. Y que el cristianismo, al universalizar esa moral, judaizó al mundo entero. Por eso dice:
“Todo se judaiza, o se cristianiza, o se aplebeya a ojos vistas.”
Y non, non se refiere ad conspiraciones cívicas. Se refiere ad la estructura moral: la conmiseración como verdad revelada, la nivelación como ideal, la culpa como motor.
IV. ¿Et ahora cree en un historiador judío?
Europa Ancestral, que desconfía de todo lo que huela ad judaísmo, ahora cita a un historiador judío para defender ad Nietzsche ¿En qué quedamos? ¿Los judíos son mentirosos por naturaleza o fuentes fiables cuando te conviene? ¿La Biblia es palabra de Dios o propaganda tribal? ¿Crees en la Septuaginta o en el Index Librorum Prohibitorum?
V. El endófobo de manual
Et como non puede refutar ad Nietzsche, lo acusa de “endófobo”. Porque criticó ad Alemania. Porque renunció ad su nacionalidad. Porque elogió ad los franceses. Como si la verdad dependiera del pasaporte. Como si la crítica ad la patria fuera traición et non lucidez.
Nietzsche non odió ad Alemania. Odiaba la vulgaridad, la mediocridad, el nacionalismo barato. Et si eso lo encontró en su tierra, lo denunció. Porque su lealtad non era ad un vulgo con bandera, sino ad la superhumanidad.
[Europa Ancestral:] Como dato relevante en relación con sus muestras de cariño hacia el judaísmo actual (talmúdico) y su rechazo al judaísmo antiguo, es decir a los hebreos y la ley Mosaica, nos preguntamos donde encajarían según su "moral de esclavos" atribuída a ellos, los belicosos y audaces Macabeos, que se alzaron en armas contra el Imperio Seléucida y vencieron contra todo pronóstico, estableciendo un reino de Israel independiente durante casi un siglo... judíos de la antigüedad que eran fuertes guerreros belicosos y orgullosos que se levantaron en armas para defender su fe... Que opinaría Nietzsche de esto?... Pues no lo sabemos pero alguna película se montaría para justificarlo, seguramente. La filosofía y los análisis de Nietzsche tienen muchísimos errores y lagunas, sobre todo en referencia al cristianismo y al paganismo... Todo esto da que pensar... ¿Por qué después de muerto han encumbrado tanto a Nietzsche? ¿Habría sucedido lo mismo si no hubiese atacado con tanto odio a la civilización cristiana y a Wagner? ¿Habría pasado lo mismo si no hubiese condenado repetidamente el antisemitismo?... No lo sabemos con seguridad pero nos podemos hacer una idea, ya que es evidente que sus constantes ataques a la civilización occidental y a la moral eran muy útiles para la agenda de la gran finanza internacional judía y para los planes ideológicos de la masonería. No en vano, la ideología de género se basa en ciertas ideas de Nietzsche y su "ubermensch" en realidad, no se parece nada al soldado perfecto de las Waffen SS, si no más bien a Soros.
Europa Ancestral, ese apologista que se indigna con Nietzsche por atacar el jesísmo, pero que cree en un libro escrito por 70 judíos et luego se escandaliza por el sionismo, vuelve ad demostrar que no ha leído ad Nietzsche, ni ad los Macabeos, ni ad sí mismo. Ahora se pregunta qué opinaría Nietzsche de los Macabeos, como si el filósofo fuera un comentarista de películas bíblicas. Et como non tiene argumentos, se refugia en la falacia favorita del que no puede refutar: “seguro que se inventaría algo”.
I. ¿Nietzsche et los Macabeos? Non hay contradicción, hay matiz
Nietzsche non face historia militar. Hace genealogía moral. No le importa si los Macabeos eran guerreros. Le importa qué tipo de moral se impuso como consecuencia. Et si los Macabeos lucharon con soberbia, fuerza, voluntad creadora, entonces representan la vitalidad que Nietzsche admira. Lo que él critica es el cuerpo sacerdotal que convierte esa fuerza en culpa, esa victoria en pecado, esa afirmación en dogma.
Decir que Nietzsche no podría “encajar” a los Macabeos es como decir que no podría entender a Espartaco. ¡Por favor! Nietzsche elogió la fuerza donde la vio. Et si los Macabeos fueron expresión de voluntad de poder, entonces son parte de la vitalidad judía que él reconoce como formidable.
II. ¿Errores en su crítica al jesísmo et al etncisimo? Solo para qui confunde catequesis con filosofía
Europa Ancestral cree que la moral cristiana es noble porque es difícil. Pero Nietzsche lo deja claro:
“La dificultad no es signo de nobleza, sino de antinaturalidad.” La moral cristiana es difícil porque va contra la vida. Porque reprime el cuerpo. Porque convierte el sufrimiento en virtud. Porque prefiere querer la nada a no querer.
Et sobre el etnicismo, Nietzsche no lo idealiza como folclore. Lo ve como afirmación estética del mundo. Como pluralidad de valores. Como inocencia ante lo natural. El politeísmo permite que cada individuo cree su propio ideal. El cristianismo impone uno solo, y lo llama “verdad”.
III. ¿Nietzsche et la gran finanza judía? Otro delirio conspirativo
Europa Ancestral sugiere que Nietzsche fue encumbrado por la masonería y la finanza internacional judía. Como si el autor de El Anticristo fuera útil para Soros. Como si el filósofo que despreciaba el igualitarismo, el feminismo, el socialismo y la democracia fuera el ídolo del progresismo. ¡Por favor!
Nietzsche fue usado, tergiversado, manipulado. Por los nazis, por los liberales, por los académicos. Pero su obra no se alinea con ninguna agenda moderna. Porque su filosofía exige aristocracia, distinción, estilo, fuerza. No mercado. No igualdad. No sentimentalismo.
IV. ¿Et si non hubiera atacado al cristianismo?
Europa Ancestral pregunta si Nietzsche habría sido famoso sin atacar al cristianismo. Como si su obra fuera marketing. Pero Nietzsche no buscaba fama. Buscaba transvalorar todos los valores. Y para eso, tenía que destruir el dogma que convirtió la debilidad en virtud. El cristianismo no es un error teológico. Es, para Nietzsche, el veneno moral que paralizó Europa.
Et Wagner, ese artista que se dejó seducir por la “sangre redentora”, fue para Nietzsche el síntoma de la decadencia cultural alemana. Non lo atacó por capricho. Lo atacó porque vio en él la traición estética que acompaña la traición moral.
[Europa Ancestral:] Conclusiones sobre los neopaganos y sus críticas al cristianismo.Como hemos visto, los neopaganos anticristianos empiezan sacando de contexto ciertos versículos del antiguo testamento y los interpretan erróneamente, para hacer una crítica al cristianismo de forma tendenciosa, haciendo gala de una total ignorancia sobre los propios fundamentos del cristianismo, así como de la historia de la Iglesia y de Roma. Critican un igualitarismo que no tiene nada que ver con el Cristianismo, puesto que la igualdad cristiana se reduce a una cuestión espiritual, del alma, no a cuestiones mundanas como la igualdad racial, de clase, o de género. De la igualdad metafísica no se deriva necesariamente el igualitarismo físico. La igualdad de las almas ante Dios no se puede identificar con la igualdad de los hombres en el mundo terreno, aunque sólo sea porque, en el primer caso, unos se salvan y otros no; la cristiandad tampoco puede identificarse con el pensamiento igualitario, aunque sólo sea porque, históricamente, todo pensamiento igualitario ha tendido a incendiar iglesias y a descristianizar aquellas sociedades donde triunfaba.
1. Falacia ad hominem (ataque personal)
“...haciendo gala de una total ignorancia sobre los propios fundamentos del cristianismo...”
En lugar de refutar los argumentos de los neopaganos, el autor ataca su supuesta ignorancia. Esto no responde al contenido de sus críticas, sino que desacredita a quienes las hacen, lo cual es una falacia clásica.
2. Falacia del hombre de paja (strawman)
“...empiezan sacando de contexto ciertos versículos del Antiguo Testamento y los interpretan erróneamente...”
Aquí se caricaturiza la crítica neopagana como una simple tergiversación de versículos, sin demostrar que efectivamente haya una mala interpretación. Se construye una versión débil y simplificada del argumento contrario para refutarlo fácilmente.
3. Falsa dicotomía (falso dilema)
“...la igualdad cristiana se reduce a una cuestión espiritual... no a cuestiones mundanas como la igualdad racial, de clase, o de género.”
Se presenta una falsa dicotomía entre igualdad espiritual y social, como si no pudieran coexistir o como si una no tuviera implicaciones sobre la otra. Además, se ignora que muchas corrientes cristianas sí han promovido (o justificado) formas de igualdad o desigualdad social a lo largo de la historia.
4. Generalización apresurada
“...todo pensamiento igualitario ha tendido a incendiar iglesias y a descristianizar aquellas sociedades donde triunfaba.”
Esta afirmación es una generalización sin evidencia. No todo pensamiento igualitario ha llevado a la quema de iglesias ni a la descristianización. Se ignoran los matices históricos y las múltiples formas de igualitarismo (liberal, socialista, cristiano, etc.).
5. Non sequitur (no se sigue)
“...unos se salvan y otros no; por tanto, no hay igualdad en el mundo terreno.”
El hecho de que, según la teología cristiana, no todos se salven no implica que no pueda haber igualdad en el plano social o político. El argumento no se sigue lógicamente.
6. Falacia de correlación indebida (cum hoc ergo propter hoc)
“...el pensamiento igualitario ha tendido a incendiar iglesias...”
Se sugiere que el pensamiento igualitario causa la destrucción de iglesias, sin demostrar una relación causal. Correlación non implica causalidad.
7. Petición de principio (begging the question)
“...los neopaganos interpretan erróneamente los versículos...”
Se da por sentado que la interpretación cristiana es la correcta sin demostrarlo, y se asume que toda crítica parte de un error, lo cual es precisamente lo que está en disputa.
8. Falacia genética
“...sacan de contexto ciertos versículos del Antiguo Testamento...”
Se desacredita un argumento por su origen (una lectura “no autorizada” del texto), en lugar de evaluar su contenido. Es irrelevante si la crítica viene de un neopagano o de un teólogo: lo que importa es si el argumento es válido.
En resumen, el texto no refuta argumentos: los descalifica, los simplifica et los asocia con consecuencias negativas sin justificación. Es un ejemplo de cómo non se debe argumentar si se busca un debate serio et honesto.
Aplicado al caso:
“Todo pensamiento igualitario ha tendido a incendiar iglesias y a descristianizar aquellas sociedades donde triunfaba.”
La estructura de la falacia
La forma lógica de esta falacia es:
Si A, entonces B.B ocurre.
Por lo tanto, A.
Pero esto es inválido. Que B ocurra no implica necesariamente que A sea la causa.
Traducción lógica:
Si una sociedad adopta el pensamiento igualitario (A), entonces se incendian iglesias y se descristianiza (B).Se han incendiado iglesias y se ha descristianizado (B).
Por lo tanto, fue por el pensamiento igualitario (A).
Esto es un falso consecuente, porque B puede tener múltiples causas. Que haya descristianización o conflictos non implica que el pensamiento igualitario sea la causa necesaria o suficiente. Además, se ignoran:
Las sociedades igualitarias que non han incendiado iglesias.Las sociedades jesístas que han perseguido.
Las múltiples causas sociales, políticas et económicas que explican esos fenómenos.
Además, contiene otras falacias:
Generalización apresurada: “Todo pensamiento igualitario…” ¿Todo? ¿Siempre? ¿En todos los contextos?Falsa causa (post hoc): Asume que porque el igualitarismo precede o coincide con la descristianización, entonces la causa es el igualitarismo.
Hombre de paja: Caricaturiza el igualitarismo como una ideología incendiaria, sin matices ni distinciones.
[Europa Ancestral:] Los neopaganos anticristianos critican una doctrina falsa del cristianismo, una idea equivocada que no tiene nada que ver con la doctrina real del Catolicismo. Sustituyéndola por una suerte de reconstrucción del paganismo, donde los ritos, lo sagrado, lo religioso queda fuera de juego, y este es una de las grandes desventajas que tiene, que han parcheado en ocasiones con doctrina y ritos ocultistas de corte gnóstico oriental, copiados de la mismísima masonería. Esto lo hicieron en la ariosofía de Guido Von List, en las ideas de la Sociedad Thule (prohibida por Hitler), en el libro de Vlassis Rassias o en los propios artículos que aparecen en el blog de Europa Soberana, en el cual Nordic thunder (Masonic Thunder para los amigos) hace una clara apología del ocultismo luciferino. Lo cual es totalmente incongruente e hipócrita, ya que critican al cristianismo por una supuesta autoría totalmente judía pero en cambio luego ellos abrazan fervorosamente el esoterismo y las doctrinas gnósticas de la masonería que a su vez provienen de la cábala judía. Para acabar de coronarse, en los textos de Europa Soberana que tratan sobre temas raciales, Nordic asegura que los judíos no son una raza, pero en cambio en sus críticas al Cristianismo esgrime la supuesta etnicidad racial judía de Jesús o de sus apóstoles como arma, contradiciéndose a si mismo, lo cual nos demuestra el bajo nivel de conocimientos y el poco criterio que tienen los que se creen sus disparatadas hipótesis.
Defienden las teorías de Nietzsche que son parte del germen ateísta y del relativismo moral que hoy predomina en Occidente, y lo usan como arma contra el cristianismo, así como también se regocijan de la relación que hace entre el cristianismo y una supuesta conspiración judía para acabar con Roma, pero luego omiten las constantes muestras de simpatía que Nietzsche tenía para con los judíos actuales, ya que él mismo declaró que condenaba explícitamente en Genealogía a la moral el antisemitismo, y que tenía en gran estima al pueblo judío contemporáneo, cuando precisamente el sionismo internacional forma parte de ese judaísmo talmúdico de la era moderna. Los neopaganos anticristianos caen en una incoherencia constante.
Enfatizan en criticar la moral cristiana y el concepto de pecado, ya que por norma general estos neopaganos ocultistas se dejan arrastrar por el vicio, el egoísmo y la mediocridad y les interesan bien poco las virtudes y la moral, que además ya existían antes del cristianismo y tenían una fuerte presencia en el mundo greco-romano (Aristóteles, Séneca, Marco Aurelio, César Augusto, etc). Su soberbia les impide reconocer su falta de conocimientos, están cegados por un ego desmedido, fruto posiblemente de un gran complejo de inferioridad. Los neopaganos se sienten amenazados por un ejemplo genuino de virtud que combate el relativismo moral de hombres vanidosos como Nietzsche, Freud, Lacan y toda la estirpe de postmodernos.
[Europa Ancestral:] Falsifican la historia hasta niveles delirantes, tanto la del cristianismo como la de uno de sus primeros padres, San Pablo, errando incluso en las fechas. Otorgándole el papel de judío conspirador de una supuesta venganza contra Roma movido por el odio de las guerras judeo-romanas... cuando Pablo ya estaba muerto cuando éstas empezaron. Así como las grandes incoherencias que rodean la supuesta conversión de San Pablo por interés (según ellos), ya que por el contrario, solo salía perdiendo materialmente, puesto que pasó de ser un fariseo adinerado con nacionalidad romana, a ser un pobre y perseguido cristiano sin pertenencias. Y jamás tienen en cuenta que los galileos eran principalmente de origen occidental (griegos y celtas en su mayor parte), culturalmente helénicos por herencia del Imperio Seléucida del que Galilea formó parte durante dos siglos, y que a raíz de la conquista de los macabeos, la mayoría de la población abrazó la religión judía obligados por Aristóbulo I, tan solo 70 años antes del nacimiento de Jesús. Continúa con la idealización delirante de los tiempos paganos que contrariamente a lo que dicen los neopaganos, no era precisamente un mundo ideal. Aquellos tiempos se caracterizaban por los sacrificios animales y humanos (los judíos también sacrificaban animales), la esclavización y exterminio de las poblaciones europeas entre si, las constantes guerras entre pueblos vecinos a la más mínima disputa, la promiscuidad sexual que campaba a sus anchas en la mayoría de pueblos paganos, al igual que una superstición exagerada y obsesiva.
A uno le pueden gustar determinadas culturas y civilizaciones pasadas como los celtas, los íberos, los romanos o los vikingos, pero no por ello se las debe idealizar, ni ocultar o minimizar sus aspectos negativos. Demonizan de forma exacerbada el cristianismo con la falsificación disparatada de los valores cristianos afirmando que "maldijeron a los nobles, a los puros, o a los sabios y filósofos y que encumbraron a los esclavos, a los ignorantes o a los cobardes"¿? cuando precisamente los valores cristianos chocan de frente con esas delirantes acusaciones y las virtudes de la caballería cristiana serían un claro ejemplo de ello (Coraje, Justicia, Fe, Caridad, Templanza, Esperanza y Lealtad), o los valores de los primeros cristianos, muchos de ellos soldados de Roma, así como los valores del caballero cristiano descritos por el hispanista y sacerdote García Morente (Grandeza contra mezquindad, Culto al honor, Altivez frente a servilismo, Más pálpito que cálculo, Personalidad, Idea de la eternidad…). Además es Nordic Thunder y los neopaganos ocultistas que piensan como él, los que enaltecen atributos y valores intrínsecamente malvados como la codicia, la soberbia, la ira, el egoísmo, la lujuria, la crueldad o la falta de autodominio, amparándose sin saberlo en el relativismo moral masónico.
Todo esto ya lo hemos refutado.
[Europa Ancestral:] Es innegable que la historia de Europa dió un gran salto cualitativo en casi todos los campos gracias al Cristianismo, ya que, gracias a éste, los pueblos germánicos tuvieron a la Roma cristiana como referencia, sin cristianismo, los pueblos bárbaros hubiesen destruido y conquistado Roma, no quedando nada de ella. Europa como civilización apareció y se forjó gracias al Cristianismo Romano Católico, mal que le pese a los neopaganos anticristianos que engañados por la propaganda sionista y masónica, y cegados por una soberbia arrogante, tiran piedras sobre su propio tejado (el tejado de España).Como consejo les diríamos que no hagan suyo el pensamiento de neopaganos que sin saberlo han bebido de las teorías de la leyenda negra y de la masonería, es decir, de los enemigos directos de Occidente. Personajes que para colmo suelen llevar una vida degenerada y nada encomiable, llena de debilidades (al igual que Nietzsche pero en mediocre) haciendo gala de esa actitud tan farisaica de “haz lo que te diga pero no lo que yo haga”, que con sus disparatadas y manipuladas teorías solo les conducen al odio y la amargura (Por sus frutos los conoceréis…), y que en su lugar inviertan el tiempo en leer a Séneca, Aristóteles, Chretien de Troyes, Ramón Llull, Cervantes, Dante, Papini, Menéndez Pelayo o a G.K. Chesterton, que son autores infinitamente mejores relacionados con la espiritualidad y la filosofía occidental, más edificantes, coherentes y con mayor autoridad.
Europa Ancestral, ese apologista de lata que ve masones en cada esquina et sionistas detrás de cada altar, ha llegado al punto más delirante de su cruzada: afirmar que el neopaganismo es fomentado por el sionismo. Sí, primo, según esta lógica, los adoradores de Júpiter, los defensores del Imperium, los que honran a la Patria et ad la Virtud, son marionetas del judaísmo político. Como si el neopagano leyera el Talmud. Como si el que invoca ad Apolo estuviera financiado por Soros ¡Por los inmortales! Esto non es apologética. Es paranoia con sotana.
I. El neopaganismo non nasce del sionismo, sino de la resistencia
El neopaganismo no cree que los judíos sean el pueblo elegido. No cree en la Biblia como revelación. No cree en la historia de salvación. Et non cree que Roma sea papista. La idea de Roma es secular, gentil, imperial. Roma non nació en Pentecostés. Nasció en el Palatino, con Rómulo, con Marte, con la loba. Et si el papismo la usurpó, fue por necesidad, non por esencia.
Decir que el neopaganismo es producto del sionismo es como decir que el estoicismo fue inventado por los levitas. Es una imbecilidad histórica. Una falacia digna de catequesis conspirativa.
II. El cristianismo non salvó Roma. La cristianizó hasta destruirla
Cuando Alarico saqueó Roma en el CDX , los gentiles dijeron: “Esto es lo que pasa cuando abandonamos a los dioses.” ¿Et qué fizo la Iglesia? Justificó el desastre como prueba divina. Agustín escribió La Ciudad de Dios para explicar por qué el colapso non era culpa de Jesús. Pero la verdad es que el jesísmo debilitó el tejido romano. Destruyó templos. Prohibió cultos. Censuró libros. et convirtió la Urbe en sede de una superstición que despreciaba el mundo.
III. La civilización occidental no es cristiana. Es híbrida, gentil, resistente
Europa non nació en sBelén. Nació en el Egeo, en Anatolia, en el Levante. La civilización es conexión, no exclusión. Y el cristianismo, lejos de ser el alma de Europa, fue una religión del desierto que se impuso por fuerza, por dogma, por imperialismo espiritual.
El Imperium romano era gentil. La Patria era sagrada sin necesidad de Jesús. La Virtus era virilidad sin necesidad de pecado. Et si el papismo triunfó, fue porque baptizó lo que non podía destruir.
IV. El cristianismo destruyó cultura, saber y filosofía
Tertuliano dijo: “¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén?” Et con eso, se acabó la curiosidad. Los Padres de la Iglesia quemaron templos, libros, estatuas. La filosofía fue clamada locura. La sabiduría fue encerrada en dogma. Et la tolerancia religiosa —que era norma en Roma— fue sustituida por persecución.
Celso et Porfirio, filósofos gentiles, fueron censurados. Non porque mintieran, sino porque dijeron verdades incómodas. Et como non podían refutarlos, los destruyeron.
V. La calumnia es doctrina, no accidente
Europa Ancestral acusa ad los neopaganos de vivir vidas degeneradas. Pero ¿no es el cristianismo el que exalta la debilidad? ¿No es Saulo el que se gloría en sus flaquezas? ¿No es Jesús el símbolo de la derrota convertido en verdad revelada?
La calumnia no es excepción. Es método. Desde Saulohasta los apologetas, todo disidente es “hijo del diablo”, “animal sin razón”, “alma corrompida”. Y ahora, el neopagano es “sionista degenerado”. ¡Qué creatividad!
VI. Gracias por recomendar ad Séneca et Aristóteles
Porque al facerlo, Europa Ancestral confirma que la sabiduría europea es gentil. Séneca no leyó el Evangelio. Aristóteles non cognoció ad Jesús. Et sin embargo, son pilares de la filosofía occidental. La areté, la phronesis, la ley natural, la bondad… Todo eso es gentil. Todo eso es prejesísta. Todo eso es lo que el papismo tuvo que robar, adaptar, baptizar.
Falacias de Europa Ancestral
Falacia de la Causa Única et Sobreafirmación del Cristianismo como Factor Exclusivo del Desarrollo Europeo
Explicación: La afirmación de que "la historia de Europa dió un gran salto cualitativo en casi todos los campos gracias al Cristianismo, ya que, gracias a éste, los pueblos germánicos tuvieron a la Roma cristiana como referencia, sin cristianismo, los pueblos bárbaros hubiesen destruido y conquistado Roma, no quedando nada de ella" [Europa Ancestral] es una simplificación excesiva de un proceso histórico complejo. Atribuir el progreso europeo et la preservación de Roma únicamente al papismo ignora la intrincada red de continuidades culturales, la evolución de las culturas germánicas et las múltiples interacciones.Las fuentes demuestran que el cristianismo, para arraigar en Europa, tuvo que asimilar y "bautizar" costumbres y léxico paganos preexistentes, apropiándose de terminología ya circulante y amoldándose al entorno religioso contemporáneo para ofrecer soluciones novedosas. La helenización de la Biblia hebrea y el hecho de que el Nuevo Testamento mismo es "helenista por la lengua" y utiliza "utillaje mental gnóstico" demuestran una influencia recíproca, no una imposición unidireccional.
Además, la idea de una "hermandad" cristiana unificadora de Europa se ve contradicha por las "notables divergencias de concepciones teológicas" y la existencia de "partidos", "facciones o disensiones" dentro del cristianismo primitivo. Los "proto-ortodoxos" tuvieron que enfrentarse y suprimir otras "escuelas" o "herejías" cristianas para establecer una ortodoxia. Esto sugiere un proceso de conflicto y consolidación del poder más que una unión orgánica automática.
Falacia del Hombre de Paja et Ad Hominem en la Crítica a la Moral y Filosofía
Nietzsche, por ejemplo, es contextualizado en las fuentes por su crítica al cristianismo como "el arte de una mentira sagrada" y por cuestionar si la felicidad puede ser una prueba de la verdad, argumentando que "Para conquistar la verdad hay que sacrificar casi todo lo que es grato a nuestro corazón". Esto va mucho más allá de una simple defensa de la "lujuria".
En cuanto a la filosofía antigua, Celso, un crítico pagano del cristianismo, ya señalaba que las doctrinas cristianas eran irracionales y sus parábolas oscuras, mientras que Platón, por ejemplo, defendía que la sabiduría suprema no podía transmitirse fácilmente por palabras, sino que requería un esfuerzo individual, y que no debía imponerse dogmáticamente. Esto ofrece una visión más matizada y menos "libertina" de la filosofía pagana, y demuestra que el cristianismo fue criticado por los paganos mismos por su falta de razón y por su dogma.
Falacia de Causa Falsa (Post Hoc Ergo Propter Hoc) y Generalización Exagerada sobre el Judaismo
Las fuentes indican que la "destrucción del templo de Jerusalén y el fin de los sacrificios" y las "guerras judeo-romanas" fueron eventos catastróficos para el pueblo judío, causados por el Imperio Romano, mucho antes de que el cristianismo alcanzara una posición de poder hegemónico. Aunque el antisemitismo cristiano es un fenómeno histórico documentado (por ejemplo, Justino Mártir es descrito como un "gran antisemita"), no fue la única ni la principal causa del "hundimiento" judío. El judaísmo continuó evolucionando, como se ve con el desarrollo del caraísmo en el siglo IX, que defendía el "examen atento y crítico de la Biblia", demostrando una continuidad y vitalidad que desmiente un "hundimiento" total causado únicamente por el cristianismo.
Falacia de Apelación a lo Sobrenatural como Evidencia Histórica
Las fuentes critican explícitamente el uso de milagros como base probatoria: "Sin milagros no sería yo cristiano... ¿Por qué los milagros de Jesucristo son verdad et son mentira los de Esculapio, Apolonio de Tiana y Mahoma?". Se subraya que los relatos milagrosos son "fechos asombrosos pero en ningún modo superiores a las fuerzas de la naturaleza, o bien ilusiones et mitos". La investigación histórica se basa en "análisis et crítica serena et objetiva" etbusca "una explicación totalmente simple y natural", advirtiendo que "la masa se entrega a lo milagroso y lo legendario". Un historiador crítico se basaría en datos verificables, no en fenómenos sobrenaturales para establecer hechos históricos.
Contradicción Interna et Falacia Ad Hominem (Étnico/Racial)
Las fuentes establecen que Jesús estaba profundamente inmerso en el contexto judío, debatiendo la Ley con los fariseos y siendo llamado "rabí" (maestro de la Escritura). La cultura de Galilea estaba influenciada por el "judaísmo helenístico", una mezcla cultural, no una raza "celta" aparte.
La retórica que se niega a refutar argumentos y, en su lugar, "difamando personalmente", es una táctica reconocida. La conexión entre ciertas doctrinas gnósticas y elementos judíos (como la "gnosis judaica incipiente" del Evangelio de Juan) es un tema académico complejo, no una "conspiración judía" usada para descalificar. El texto de "Europa Ancestral" utiliza una narrativa de conspiración racializada para deslegitimar a sus oponentes, en lugar de abordar sus críticas de manera lógica.
Falacia de la Conspiración et Envenenamiento del Pozo
- Explicación: Esta falacia se manifiesta cuando "Europa Ancestral" desacredita las críticas al catolicismo atribuyéndolas a "conspiraciones" como la "alianza judeo-protestante", la "Ilustración masónica" o la "Leyenda Negra" (presentada como "cúmulo de invenciones, falsedades y manipulaciones" de "enemigos de España") [Europa Ancestral]. Esta táctica busca "envenenar el pozo" de la discusión al sugerir una agenda oculta y malintencionada por parte de los críticos, evitando así la necesidad de refutar sus argumentos directamente con evidencia.
- Las fuentes revelan que la Iglesia misma ha recurrido históricamente a "falsificaciones et engaños", incluyendo la creación de "contra falsificaciones" para combatir las "heréticas". El cristianismo primitivo vio una "jungla protocristiana de falsificaciones" que la Iglesia "no cesó de bagatelizar, disculpar o suavizar". Esto significa que la "manipulación literaria" no era exclusiva de los "enemigos", sino una práctica generalizada.
- La "Leyenda Negra" o las críticas a la Inquisición, por ejemplo, non son meras "invenciones", sino interpretaciones de fechos históricos complejos que pueden contener parcialidades, pero también información verificable. Atribuir toda crítica a una "conspiración" es una forma de evadir el debate racional y la rendición de cuentas sobre aspectos problemáticos de la historia de la Iglesia. La historia se escribe desde diversas perspectivas, y el "envenenamiento del pozo" es una táctica para deslegitimar cualquier punto de vista disidente.
Conclusión: Un delirio anacrónico
¡Oh, necio Europa Ancestral, tu "Iglesia virtuosa" es una quimera! En la centuria II, el jesísmo era un desorden de sectas, con prácticas ilegales, sincretismos, desprecio por la razón, riquezas incipientes et divisiones odiosas. Celso non envidiaba; razonaba contra esta plaga heterogénea que amenazaba el orden romano. Tu "vero escocés" es un anacronismo: la ortodoxia non existía, solo un campo de batalla doctrinal donde el Papa impuso su versión centurias después.
Desde la prisca teología, el jesísmo, al promover la Ley de Moisés et condenar ad los no convertidos, actúa contra lo gentil, no solo contra Roma, sino contra toda cultura humana, desde Grecia hasta las tradiciones celtas. Europa Ancestral comete falacias al ignorar esto y sobrestimar el rol de la cristiandad, que no forjó Europa, sino la sofocó. Que Júpiter fulmine estas mentiras, que Vesta guarde nuestro fuego y que Minerva ilumine la verdad eterna.


















